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El Incordio

¿Quién soy yo?




Me llamo Javier Cuchí y soy miembro de la Asociación de Internautas y de Hispalinux.

El conocimiento corre hoy serio peligro como derecho universal que existe desde el alba de la Humanidad. Me preocupan, y mucho, las crecientes maniobras de varios sectores financieros (bajo denominaciones sugerente y falsariamente industriales o artísticas) y de sus factótums políticos, que no pretenden otra cosa que la apropiación ilegítima y fraudulenta de ese conocimiento para convertirlo en un valor puramente especulativo, restringido y escaso, fuente de aún mayores desigualdades y exclusiones de personas, sociedades y pueblos, y causa de pobreza y de subdesarrollo

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¿Qué es «El Incordio»?


Un grito de alerta, un silbato que clama «¡Al ladrón!», una voz de protesta, un «no convencéis y está por ver si vencéis»

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Jueves, 23 de febrero de 2006

Vergüenza, vergüenza, vergüenza...

De la serie: «Los jueves, paella»

Indisimulado júbilo, claro jolgorio en algunos casos: han venido los alemanes a ponerles las peras al cuarto a los catalanes. La OPA que lanzó Gas Natural sobre Endesa se ve ahora comprometida por la de la multinacional alemana E.ON, que apuesta fuerte por el dominio en Europa y en América (Endesa sería su pata en el cono sur).

Personalmente, pienso que, como el dinero no tiene patria, andarse con nacionalismos es aún más estúpido de lo habitual cuando es la pasta lo único que cuenta. Que me esquilme la Caixa o que me esquilme su homóloga teutona, me trae al completo fresco. Es más, ya puestos, igual los alemanes nos esquilman con elegancia porque, por más que se engominen sus yuppies, más MBA que se saquen de la manga y más lenguaje tecnoguay que utilicen, las empresas españolas no acaban de perder ese hedor cutre y salchichero que tradicionalmente las ha caracterizado. Y, a fin de cuentas, siempre es un detalle que a uno le den por el culo con un preservativo nuevo.

En cuanto a lo otro, la situación no puede ser ética y estéticamente más patética: la patria corría el peligro de que su industria energética estuviera en manos del tripartito; gracias a Dios, han venido los alemanes a salvar a España de los polacos.

Puro olor a pies en su más concentrada esencia.

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«¿Qué hiciste en la guerra, papi?», es el título de una película de los años sesenta -quizá setenta- que no llegué a ver, pero es la clásica pregunta de un niño curioso sobre la biografía de su padre. Hoy, afortunadamente -y pese a las más que evidentes ganas de algunos-, ya no hay guerra por la que los niños puedan preguntar a sus padres. Hace unos años pudieron preguntar «¿qué hiciste en mayo del 68, papi?», pero esa pregunta ya es ahora solamente propia de nietos para sus abuelos. Para abuelos bastante cebolletas, todo sea dicho, porque en el 68 estábamos todos aquí comiendo mierda como pepes, por más que en el 88 media España fardara de que andaba por París. Menos lobos, Caperucita: yo -que aseguro que sí estaba aquí- no estaba tan ancho como hubiera debido si las fantasmadas fueran ciertas. Eso es como cuando los Beatles vinieron a Barcelona: si fuera cierto que estuvo en la plaza de toros Monumental toda la gente que dice que estuvo aquel beatliano día, nuestro coso sería tres veces más grande que Maracaná. Y no parece.

Pero para fantasmadas las que se podrían soltar -y seguramente se estarán soltando- al responder la pregunta infantil más realista hoy día: «¿Que hiciste el 23-F, papi?». Para el 99,9 por 100 de los españoles -entre los que, por supuesto, me incluyo- sólo hay una honrada y verdadera respuesta posible: «Mira, hijo, estaba debajo de la cama, con la oreja pegada a un transistor y dándome tal chute de "Fortasec" que las almorranas estaban flipando».

Hoy hace 25 años de aquella pachangada. Bueno, ahora es muy fácil decir lo de pachangada, pero durante quince o diecisiete horas a los españoles se nos vino el mundo encima; no porque fuéramos unos demócratas (en el sentido de esto) forofos y acabados -que no lo éramos entonces ni lo somos ahora, ya pueden decir misa- sino porque volvíamos otra vez a las mismas, porque de nuevo se hundían las esperanzas de modernidad ante el cuartelazo de un chusquero, porque, terminando ya el XX, volvíamos como catapultados a los más siniestros momentos del XIX.

Pasadas esas horas, se nos fue el miedo; nos quedó el susto que, con el transcurso de los días, fue trocándose en vergüenza, al ser conscientes del numerito que habíamos montado, en el espectáculo de la España de pandereta que habíamos dado. «Habíamos» ¿os dáis cuenta? Asumimos como propios aquellos hechos pese a que no habíamos tenido arte ni parte, ni material ni intelectual, en aquel show. Pero veíamos al tricornio del mostacho, automática en mano, subiéndose al entarimado del hemiciclo y gritando «¡Quieto todo el mundo! ¡Que no se mueva nadie!» (como si los diputados estuviesen allí bailando) en el mismo tono de voz que si estuviera ordenando presentenarmas en el patio del cuartel; y veíamos a su panda de guindillas barbudos, subfusil en mano, arreando estopa a las molduras del techo; y pensábamos en esas mismas escenas contempladas por suecos, británicos, alemanes, franceses y demás, cabeceando sarcásticos, viéndoles a los españoles el pelo de la dehesa: «ya decía yo que esos marranos de allá abajo no iban a durar mucho intentando llevar adelante un proyecto civilizado». Y nos avergonzamos profundamente.

Quizá fue esa vergüenza, esa asunción implícita de que nosotros, ciudadanos de a pie, formamos parte de la cosa, probablemente -¡seguramente!- por pasiva, lo que evitó un ulterior y quizá definitivo tejerazo a cargo de algún iluminado de los que íbamos -y vamos- sobrados. Yo creo que aquellos militares (los que no participaron, pero apludieron y sacaron brillo al sable), tan chulos ellos tradicionalmente, se avergonzaron de haber sido la causa de esa vergüenza general y, por fin, por primera vez en la Historia, agacharon bien agachada la testuz ante el poder civil. De otra forma no se explica cómo Serra pudo meterlos en cintura de una manera aún peor, si bien mucho más hábil y sibilina, que lo hizo -o pretendió hacerlo- Azaña.

Es bueno recordarlo ahora que parece que hemos perdido esa sensación de vergüenza, cuando todavía tenemos buenos motivos -no tan truculentos, afortunadamente- para sentir, de vez en cuando, un cierto resquemor en las mejillas y en las orejas.

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¡Hombre, hablando de vergüenza..! Esta semana hubo sentencia de la Audiencia provincial de Madrid desestimatoria de la apelación de la Asociación de Internautas contra la condena en primera instancia en el pleito que nos pusieron la $GAE y don Teddy. Ya hice los correspondientes comentarios cuando la sentencia en primera instancia y dense por reproducidos a los efectos de la presente.

Víctor Domingo ha anunciado recursos sistemáticos hasta llegar al propio Tribunal europeo si hace falta. Lógico: sus señorías se han pasado por el forro una ley (la LSSI) y, concretamente, un pormenor de la misma (la no responsabilidad del prestador de servicios) que, precisamente, impuso una directiva europea que, dicho sea de paso, está perfectamente vigente.

Pero yo no estoy de acuerdo con Víctor. Yo propongo a la AI que se recurra en casación -si cabe- ante el Tribunal Supremo y si la sentencia del Supremo es asimismo desestimatoria, no recurrir más, ya habrá jurisprudencia en materia tecnológica esencial y una jurisprudencia bien castrante. No, hombre, no, no matarse. Pagarle a la $GAE y al Teddy sus 36.000 (la AI no desaparecerá por ello, que no se hagan ilusiones los cantachifles) y dejar que toda la palangana de mierda caiga con todo su contenido sobre la sociedad española.

Y que la sociedad española pague en vergüenza (si aún le queda), en pringue de caca y en atraso tecnológico y económico importante, su menfoutisme, su indiferencia y su ignorancia burrera.

Quizá, aunque sea a costa de la Asociación de Internautas, le haga falta a esta ciudadanía de sangre de horchata un revulsivo así.

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Queridos lectores, será hasta el próximo jueves, segundo día de marzo, mes ventoso -dice el refranero-, mes astronómicamente primaveral a su fin, mes del cambio horario -los que cenamos prontito casi lo haremos con luz de día- y ¡ojo! mes con un eclipse total de sol. Será el miércoles 29 y la máxima ocultación del astro en Barcelona será a las 12:15 (hora oficial, ya GMT+2). Ya lo iremos viendo más adelante.

Por: Javier Cuchí | Los jueves, paella | Comentarios (0) | Referencias (0)

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