
Me llamo Javier Cuchí y soy miembro de la Asociación de Internautas y de Hispalinux.
El conocimiento corre hoy serio peligro como derecho universal que existe desde el alba de la Humanidad. Me preocupan, y mucho, las crecientes maniobras de varios sectores financieros (bajo denominaciones sugerente y falsariamente industriales o artísticas) y de sus factótums políticos, que no pretenden otra cosa que la apropiación ilegítima y fraudulenta de ese conocimiento para convertirlo en un valor puramente especulativo, restringido y escaso, fuente de aún mayores desigualdades y exclusiones de personas, sociedades y pueblos, y causa de pobreza y de subdesarrollo
Un grito de alerta, un silbato que clama «¡Al ladrón!», una voz de protesta, un «no convencéis y está por ver si vencéis»

© Javier Cuchí
Barcelona, 2005-2006
Viernes, 17 de febrero de 2006
De la serie: «Correo ordinario»
Vía Escolar.net me entero de que a Antonio Burgos no le caemos bien los bitacoristas y llego al enlace de un artículo suyo al respecto. Nos compara con los graffitis de letrina, nos llama «cobardes amparados en el anonimato» (no lo dirá por mí, imagino), nos califica de bandoleros serranos, desvalijadores de la verdad (¡co-ñó!), ladrones de famas, honores y credibilidades y, en fin, talibanes, fundamentalistas y no sé qué mas. Ahí está el artículo. ¡Ah! Y cuando se cansa de los blogs la emprende, equiparándolos, con los foros. Y finaliza metiéndonos en la misma danza que la salsa negra que se está montando acerca de la salud de Rocío Jurado; y en la crítica a esa salsa sí estoy de acuerdo con él, al menos en la escasa medida en que conozco el asunto: ya podrían tener un poco de consideración con el sufrimiento de una persona y de su familia (por más que, temporibus illis -no tan lejanos-, esa familia haya puesto en el público tendal y dinero mediante, bragas, calzoncillos y zurrapas).
Bueno, no es la primera vez que nos escriben dedicatorias así de hermosas y no será la última, al contrario, irán a más. Y es que las bitácoras suponen para ellos, para los media y sus comparsas a sueldo, problemas muy graves, los he mencionado ya alguna vez y no profundizaré en ellos: pérdida de negocio, pérdida de credibilidad y pérdida de control de la información. Se comprende que el asunto les produzca escozores sin cuento.
Es que no están nada acostumbrados a que el ciudadano se exprese libremente y cuando por fin aparece un medio que se lo permite, sin censura y sin mediatización empresarial o política, pierden entonces el norte, el oremus y hasta el dominustecum, como decía el impagable alcalde de Guareschi.
Y, sí, es posible que en la blogosfera se digan muchas burradas... ¿y qué? Decir burradas -con las limitaciones que establecen las leyes- es también un derecho ciudadano de libre expresión. ¿O es que ha de haber algún organismo que decida qué es una burrada -y por tanto impublicable- y qué no lo es? Porque ese elíptico organismo -que ha existido desde hace muchos siglos y hasta hace muy poco y aún cabe preguntarse si de algún modo no seguirá existiendo- tiene un nombre muy feo, un nombre que debiera ser impronunciable -y menos aún impropugnable- para cualquier comunicador. Además -también lo he dicho anteriormente, me repito como el ajo- a ver quién me garantiza a mí la veracidad de lo que se cuenta en los medios del señor Polanco, del señor Luca de Tena, del señor Conde de Godó, del señor Jiménez Losantos, del signore Berlusconi, o del señor Asensio; es más, más de uno de los citados -por no decir todos- tiene su credibilidad seriamente puesta en duda por los ciudadanos aunque sólo sea -que no sería solo por eso- por su dependencia de ciertos lobbys y/o su adscripción a intereses políticos concretos.
La credibilidad, señor Burgos (y usted lo sabe) no es algo que puedan destrozar terceros, al menos, fácilmente: la credibilidad la pierde uno mismo en muchísima mayor medida en que se la puedan echar abajo los demás. Si yo dijera que usted es un embustero, su credibilidad no saldría apenas dañada; si resultara ser (estamos en el campo de las meras hipótesis, ojo) que usted fuera pública, notoria y evidentemente un embustero, su credibilidad se derrumbaría y la culpa sería sólo suya, no mía. Es lo que está pasando con muchos medios: atribuyen -al menos, en parte- su jamás reconocida pérdida de influencia y de mercado a la blogosfera, a la que persiguen con saña utilizando, entre otras cosas, a gente como usted y no quieren ver que no somos nosotros, los bitacoristas, la causa de esa pérdida sino su efecto. Nosotros, los ciudadanos -que no otra cosa somos los llamados bloggers- no sentimos nuestras ideas ni nuestras opiniones reflejadas en los medios (que, por otra parte, se parecerían uno a otro como fotocopias si no fuera por el formato); los ciudadanos vemos en los medios un antipático catecismo (como el Astete aquel) que nos indica a la trágala qué es lo que es bueno y qué es lo que resulta inconveniente; los medios no son para nosotros sino el boletín oficial de lo políticamente correcto. Y ya estamos hartos, señor Burgos. Por eso, en cuanto encontramos un medio para expresarnos libremente, lo hacemos sin contemplaciones.
¿Cobarde anonimato? Bien, reconozco -aunque no sea mi caso, como es notorio- que muchos blogs son anónimos (aunque no los más seguidos, véalo usted mismo en cualquier ranking); pero si una bitácora anónima comete un ilícito civil o penal contra el honor de alguien, una simple orden judicial al dueño de la entidad que presta servidor y hospedaje electrónico a la bitácora en cuestión y el autor deja de ser anónimo inmediatamente, para eso existen los tags en los servidores (para eso, no para lo que los quiere el PSOE). No me venga usted con idioteces falaces, señor Burgos, que sabe perfectamente que el seudónimo existe desde que existe la literatura y sabe que ha sido intensivamente utilizado en el periodismo. Haría mejor en preguntarse qué hace que haya tanto [frágil] anonimato, por qué la gente tiene tanto miedo de dar la cara y el apellido, qué clase de represalias teme y de quién. Eso sí es preocupante, señor Burgos, y no que se utilicen nicks, apodos, alias o como usted quiera llamarles.
Le guste a usted o no le guste, señor Burgos, la blogosfera es algo con lo que van a tener que seguir conviviendo ad libitum. Yo comprendo que esté usted escocido porque los principales perjudicados no son las agencias de noticias -en general, nadie usa las bitácoras para difundir o para buscar en ellas noticias de última hora, aunque vaya a saber cómo evolucionará esto- sino los comentaristas como usted, los que hasta ahora decían de sí mismos que son creadores de opinión; porque es precisamente esa opinión, fuera del control de usted y de sus colegas, lo que creamos y lo que buscamos en la blogosfera. Vaya acostumbrándose a convivir con nosotros.
Finalmente, nos llama talibanes y fundamentalistas. ¿De qué idea o de qué religión? Porque uno de los encantos más atractivos de la blogosfera es que hay de todo, que cada cual va a su bola. Usted mismo lo dice: «Piense un tema, por raro que le parezca, y de eso hay setenta foros y siete docenas de blogs. Enlazados y conectados unos con otros». Aún suponiendo que cada cual sea un talibán de lo suyo, los unos compensaríamos a los otros y la blogosfera sería, entonces, un diálogo entre talibanes. Y si hay diálogo... ¿cómo puede haber fundamentalismo? El fundamentalismo, señor Burgos, no dialoga; emplee las palabras con propiedad, aludiendo a su significado y no a su acepción peyorativa.
Lo dicho: vaya acostumbrándose. Y si no le gusta, se jode usted.
Que a mí -como a tantos millones- me han tenido con las entrañas corroídas durante muchos años aguantando sus falsas, putrefactas y unilaterales verdades sin poder siquiera rechistar.
Por: Javier Cuchí | Correo ordinario | Comentarios (0) | Referencias (0)