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El Incordio

¿Quién soy yo?




Me llamo Javier Cuchí y soy miembro de la Asociación de Internautas y de Hispalinux.

El conocimiento corre hoy serio peligro como derecho universal que existe desde el alba de la Humanidad. Me preocupan, y mucho, las crecientes maniobras de varios sectores financieros (bajo denominaciones sugerente y falsariamente industriales o artísticas) y de sus factótums políticos, que no pretenden otra cosa que la apropiación ilegítima y fraudulenta de ese conocimiento para convertirlo en un valor puramente especulativo, restringido y escaso, fuente de aún mayores desigualdades y exclusiones de personas, sociedades y pueblos, y causa de pobreza y de subdesarrollo

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Un grito de alerta, un silbato que clama «¡Al ladrón!», una voz de protesta, un «no convencéis y está por ver si vencéis»

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Lunes, 06 de febrero de 2006

Estudiar y/o morir

De la serie: «Correo ordinario»

Entra mi hija mayor -trece años ya largos- en la edad en que ya empieza a plantearse qué carrera quiere estudiar, qué va a hacer en la vida y esa inquietud es cada vez tema central más frecuente de nuestras cenas, que es la única comida que compartimos todos los miembros de la familia. Ella va dando repasos a las distintas titulaciones, intenta averiguar qué son y qué se puede hacer con ellas y yo le respondo que, de momento, olvide etiquetas y que se centre más en autoanalizar sus tendencias en base a áreas de conocimiento, que la elección de la titulación ya llegará en su momento y que no hay ninguna razón para tomar una decisión firme e irrevocable ni un minuto antes del momento en que haya que rellenar el formulario (el de la selectividad, imagino). O sea que hay tiempo. Es bueno que se lo vaya planteando, pero hay tiempo...

En trance menos remoto está la elección del Bachillerato. Hay ahora no sé cuántos: humanistico, sociológico, científico, técnico y no sé si más. Esta es una de las mayores cabronadas del sistema educativo y, cosa rara, no es un invento moderno. Ya en mi época (y mucho antes), en los catorce o quince años (dependiendo de si ibas adelantado o normal), al terminar el Bachillerato elemental, había que decantarse por el Bachillerato superior de Letras o de Ciencias. Para mí es una vieja aspiración -que algún día habré de colmar- saber quién fue el imbécil, el subnormal profundo al que se le ocurrió obligar a abrir una tamaña zanja cultural a una edad tan temprana. Si se optaba por lo Letras, se estudiaba latín y griego en vez de las matemáticas, física y química que estudiaban los que se decantaban por Ciencias. En realidad, era una fuga, que era lo único que cabía a esa edad: nos íbamos a Letras los que no podíamos con las mates y se iban a Ciencias los que no sufrían la gramática. Dado el reparto numérico, está claro que una aplastante mayoría prefería enfrentarse a las tablas de logaritmos antes que a las oraciones subordinadas sustantivas de complemento directo, lo cual es perfectamente comprensible sólo con oir ese enunciado. Aunque en aquella época no existía esa estupidez de la selectividad y teóricamente uno podía matricularse en la escuela o facultad que le diera la gana sin más que ir a la elegida, rellenar el formulario y abonar las tasas, ya se comprende que era bastante suicida matricularse en arquitectura o en ingeniería industrial sin más bagage técnico y científico que la física, la química y las matemáticas del 4º de Bachillerato, y eso que ya quisieran los de 4º de ESO llevar el fondo que llevábamos los de 4º de Bachillerato (dos teóricos peldaños escolares por detrás). En cambio, los que habían hecho el Bachillerato de Ciencias tenían a su entera disposición todo el campus, puesto que para estudiar Derecho, por ejemplo, no hacía ni puñetera falta haber traducido a Cicerón o a Jenofonte. Como, además, las librerías son igual de caras para todos y las bibliotecas igual de asequibles, pero en ninguno de ambos casos piden titulación previa para suministrar su producto, cualquier científico puede hacerse una cultura humanística estupenda cuando quiera -y la prueba está en la clase médica que, no sé por qué, es una corporación muy leída- para los desgraciados literarios es más fácil emprender unas notarías que afrontar un simple primer curso de carrera técnica. Que me lo digan a mí, que tengo un mono de ciencia y de tecnología que no me lamo y no veas lo que me cuesta entender el poco material que puedo asimilar del mucho que debería conocer. Precisamente yo, que soy de los que dicen que no le daría el título de ingeniero a un tío que hiciera faltas de ortografía (y los hay a puñados) ni el de abogado a un pavo que no supiera explicarle a un niño de ocho años, de forma a sequible a su mentalidad y conocimientos, qué es y cómo funciona una central nuclear (prácticamente no hay apenas ninguno en condiciones de hacerlo).

En conclusión, mi hija ya sabe que mientras el que tenga que firmar al pie del formulario sea yo, por aquello de la menor edad y tal, de humanidades, unas narices; y lo de las ciencias sociales, ya veremos: preferiblemente, tampoco. Puede que me equivoque, ya lo sé, pero eso son los gages del oficio, son los riesgos que debe correr un padre; pero no voy a permitir que mi hija se cierre la mayoría de los caminos interesantes y con futuro solamente porque las matemáticas le cuesten un poco (que tampoco le vienen tan cuesta arriba, cuando se pone). En todo caso, una cosa es segura: es muchísimo más fácil, más rápido y menos doloroso un reciclaje de ciencias hacia letras que en sentido inverso. Punto pelota al respecto.

Luego viene la danza de las carreras y siguen las pegas: en un país que no investiga, hay ámbitos del conocimiento maravillosos que, después de cursados, aún brillantemente, catapultan a su licenciado o incluso doctorado, a sobrevivir en la enseñanza media. Según está la enseñanza media hoy día, es mejor la Legión. Por tanto, hay que ser prudentísimo con cosas como la biología, la física y otros ámbitos que requieren el ejercicio profesional en un entorno I+D amplio y/o sofisticado; ya saben mis cinco o seis lectores lo que pienso al respecto: en España el aroma del entorno es el de extremidades inferiores que se lavan más bien poco. Es mejor que las especialidades científicas cedan el paso a las técnicas: siempre será necesario disponer de personal cualificado para traducir los manuales escritos en el idioma de los países que sí investigan (o sea, el inglés, prácticamente) y para ponerlos en práctica sin romper nada. Ahí (y en todo lo que no sea lo de las letras) ya no voy a ser exigente, es su decisión, pero a mí me volvería loco de alegría si decidiera estudiar cualquier ingeniería y complementarla con una buena formación en el idioma ese bárbaro. Ya sé que no es muy patriótico, eso de mirar por el condumio, y que si todos hicieran lo mismo, etcétera, etcétera, pero los experimentos con gaseosa, no con mis hijas. O, en todo caso, los experimentos que los haga la CEOE multiplicando por diez su inversión en I+D y cuando lleve diez años así, hablaremos: para la pequeña aún llegarán a tiempo.

Por cierto que he hablado de carreras, pero hay otros niveles de estudio que también pueden ser muy interesantes: en el ámbito de la FP (¡ay, no! ahora le llaman ciclos formativos, que no quiere decir nada, pero que viste muy bien, el caso es andar dando por el culo con el lenguaje) hay especialidades muy interesantes, muy creativas y hasta incluso alimenticias, así que el problema se reduce, en este caso, a desdeñar los ámbitos oficinistas y sanitarios y a encontrar un centro con cara y ojos, porque el campo este de la FP (bueno, lo otro) está lleno de atracadores legalizados -privados casi todos ellos, claro- de los que hay que cuidarse mucho.

Yo no sé si los padres -y, por supuesto, los muchachos- de otros países tendrán este tipo de problemas. Imagino que sí, en mayor o menor medida. De todas maneras, probablemente sea menos difícil estudiar filosofía y vivir de ella en Alemania o estudiar astrofísica y ejercer de astrofísico en los Estados Unidos que en esta triste España que saca el revólver en masa cada vez que oye la palabra cultura (y lo peor es que muchas veces con razón), cuyos políticos manipulan la educación hasta la burrez más abyecta y cuyos empresarios son los más cafres, los más trapaceros, los más tramposos y los más incompetentes de todo el orbe. Los que observamos Internet día a día en profundidad (o, al menos, lo intentamos) lo vemos a cada minuto en este ámbito, y este ámbito cada vez es más extenso y más cotidiano para casi todos.

Españolito que aspiras a ir a la Universidad, te guarde Dios, que cien de cada diez ministros han de helarte el corazón. Y no: no me he equivocado en el orden de las cifras.

¡Ah! Esto, con Franco, ya pasaba. No avanzamos.

Por: Javier Cuchí | Correo ordinario | Comentarios (1) | Referencias (0)

Comentarios

Sea usted buen padre y enfoquela hacia el funcionariado o la politica, para que viva bien trabajando poco... :-)

lamastelle | 07-02-2006

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