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El Incordio

¿Quién soy yo?




Me llamo Javier Cuchí y soy miembro de la Asociación de Internautas y de Hispalinux.

El conocimiento corre hoy serio peligro como derecho universal que existe desde el alba de la Humanidad. Me preocupan, y mucho, las crecientes maniobras de varios sectores financieros (bajo denominaciones sugerente y falsariamente industriales o artísticas) y de sus factótums políticos, que no pretenden otra cosa que la apropiación ilegítima y fraudulenta de ese conocimiento para convertirlo en un valor puramente especulativo, restringido y escaso, fuente de aún mayores desigualdades y exclusiones de personas, sociedades y pueblos, y causa de pobreza y de subdesarrollo

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¿Qué es «El Incordio»?


Un grito de alerta, un silbato que clama «¡Al ladrón!», una voz de protesta, un «no convencéis y está por ver si vencéis»

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Jueves, 26 de enero de 2006

Pasta al dente

De la serie: «Correo ordinario»

Hace unos años, poco más de diez, alguien propuso a los monjes de Silos grabar un disco con canto gregoriano. Fue una moda efímera (el canto gregoriano no es apto para almas de gilipollas y todo el que sigue una moda sin más lo es por definición), pero hicieron su pequeño y pasajero agosto. Sí, pequeño, pese a los miles de discos que vendieron, pues ya sabemos quién se lleva la parte del león en estos asuntos, incluyendo a la $GAE, que seguro que levantó su suculenta comisión canónica (nunca mejor dicho) pese a que los autores del canto gregoriano siglos ha que crían malvas y ya no devengan derechos económicos de autor. Hace unas pocas semanas, el invento de los frailucos castellanos ha sido emulado por otros frailes, éstos de una organización budista pese a que la mayoría de ellos son de raza caucásica y de cultura y educación judeocristiana, instalados en lo alto de un peñasco del Garraf en el que se entretienen tocando el tambor y comiendo verduritas. También esos forofos de la religión asiática estarán levantando una pastita (salvada la discográfica -que es autóctona, por cierto- y la inevitable $GAE, ni que decir tiene), si hacemos caso de los cuarenta primordiales -o como quiera que se llame ese invento- para que los bolsillos incautos extraigan sus parneses. A 15,50 euros puede comprarse en esa página, aunque en realidad se van prácticamente a 20 euros, supongo que por los gastos de envío (porque el IVA no me cuadra); como no hay manera de ver el desglose bien especificado si no se compra y tengo muy claro que no voy a comprar, me quedo sin saberlo. Pero una cosa está clara: CD en mano, nos vamos más allá de las tres mil trescientas de las viejas. ¿Quién es el tonto aquí? ¿Los frailes estos? ¿La discográfica? ¿La $GAE? ¿El Corte Inglés (que es quien vende)? No. Aquí el único tonto es el que compra. Pues con el pecado lleva la penitencia. Aire.

No sé si el Vaticano habrá tenido noticia alguna del hallazgo del frailado garrafal (es que no me sé el gentilicio de Garraf), pero lo cierto es que se apunta al negocio, pero al modo vaticano: a lo grande. De modo y manera que el papado va a ejercer de modo inmisericorde los derechos económicos de autor «todos los escritos, los discursos y las alocuciones del Papa y los documentos de los organismos de la Santa Sede», según el director de la Editorial vaticana, Claudio Rossini. Tomo la noticia del rotativo argentino «Clarín» y a su responsabilidad fío la veracidad de la noticia en sus exactos términos. También el periódico americano nos avanza un resumen de tarifas: del 3 al 5% del precio del libro u opúsculo o periódico que contenga el magisterio del Papa; también habrá que pagar por anticipado un 5% por publicar una encíclica y el 4% por los documentos vaticanos; por los discursos de Benedicto XVI: el porcentaje a abonar baja al 3%. En todo caso, sépase que no ha habido desmentido alguno y que «Clarín» cita a su vez a algún otro medio solvente («La Stampa», por ejemplo).

Todo esto se puede mirar desde un par de puntos de vista, alternativos o -más probablemente, cumulativos. En primer lugar, el que inmediatamente salta a la ídem: el afan de lucro, ese filantrópico espíritu que ilumina y guía a todos los que buscan las páginas culturales de un periódico en la sección de bolsa y cuyos más hermosos ejemplares conocemos ya sobradamente. El otro es el del control de la información: saber por anticipado quién va a publicar qué e incluso la posibilidad de negarle la autorización para publicarlo.

Algunas bitácoras que he leído -incluyendo los comentarios que los lectores han ido publicando- debaten sobre los derechos económicos de autor en un entorno de prédica ideológica -religiosa en este caso- en el que algunas editoriales establecen también su negocio. Si el papa suministra material para que se edite un libro que se va a distribuir bajo precio, es justo, dicen algunos, que perciba una parte; si del libro saltamos al periódico, la discusión ya va al tema, más delicado, de la libertad de expresión y del derecho del público a ser informado y del deber de los medios de comunicación a informar y la pregunta es entonces si ambos derechos pueden ser puestos bajo precio. Algunos han hecho mención de las licencias Creative Commons, una de cuyas modalidades permite hacer cualquier cosa con la obra menos comercializarla sin permiso específico y comisión económica correspondiente del autor. Recuerdo, por cierto a mis lectores, que si bien esta bitácora está protegida por esa misma licencia, la finalidad no es, por mi parte, la de asegurarme la comisión sino la de impedir llanamente el uso comercial de mi obra.
Lo explico específicamente aquí. Otras bitácoras o sus comentaristas creen que más allá del interés económico que el Vaticano pueda tener -y sin desdeñarlo como un agradable efecto secundario- lo que se busca es controlar el uso de toda esa documentación (que se remonta a la obra de los papas de los últimos cincuenta años, es decir, que alcanzaría hasta Pío XII) para que solamente sea usada por medios afectos a la Iglesia, dado que se insiste mucho en la autorización previa para publicar, aparte del factor dinero. Esta teoría de la secundarización del ingreso económico se ve apoyada por el hecho de que la práctica totalidad de la documentación puesta ahora bajo férreo copyright está disponible en Internet para su uso por particulares para fines propios y, por supuesto, no comerciales. Los exagerados -que no han faltado- que ya especulaban con la cantidad que el párroco tendría que pagar por leer en el templo un discurso del Papa, se han pasado, más que evidentemente, algún que otro pueblo.

También es interesante ver cómo torearán este copyright los enemigos de la institución católica, sobre todo si es verdad que toda esta movida se ha llevado adelante pensando en ellos. Porque ese toreo implicará un debate sobre el alcance del derecho de cita que, recordemos, también está puesto en cuestión por los apropiacionistas. Volveremos a oir discusiones -a veces, aunque no siempre, bizantinas- sobre si un cinco por ciento es cita y un diez por ciento es reproducción sujeta al impuesto privado correspondiente. En el caso concreto que nos ocupa vemos que sobre este derecho de cita se está construyendo, o derrumbando, una parcela importante de la libertad de expresión.

Resulta curioso como siempre que se habla de derechos económicos de autor o de propiedad intelectual, la cosa acaba derivando -no puede ser de otra manera- hacia la libertad de expresión que, a su vez, siempre termina malparada. En este caso, está implicada, además, la Iglesia Católica, que no goza de un historial precisamente limpio en materia de libertades, en materia de libre expresión, en materia de tolerancia ideológica.

A mí, la verdad, me cuesta llegar a una conclusión clara sobre todo esto. Me parece más que evidente la mala imagen que representa para el Vaticano esta medida, tal como en el artículo de «Clarín» expresa Vittorio Messori, escritor que ha colaborado frecuentemente con Ratzinger y con Wojtyla. Me cuesta pensar en motivaciones puramente económicas en una institución en la que el dinero no falta, aunque a nadie le amarga un dulce y el ejercicio de este copyright puede aportar una inmensa y permanente fortuna. Es tentador, por otra parte, amordazar al adversario pero no parece muy inteligente -y de lo único que nunca se ha podido acusar a los gestores de la Iglesia es de tontos- poner palos a la rueda de su propia divulgación doctrinal, precisamente en un momento en que el panorama no les debe estar produciendo demasiadas alegrías por la constante laicización de las sociedades noroccidentales (que son, por cierto, las que pagan el gasto).

No me gusta, en cualquier caso. No importa qué otro interés pueda haber detrás, el apropiacionismo es siempre bandidaje, el apropiacionismo es algo que, de modo permanente y sin excepción alguna, cualquiera que sea su sujeto y su objeto, hay que perseguir siempre con saña.

Con la Iglesia hemos topado. Otra vez.

Por: Javier Cuchí | Correo ordinario | Comentarios (3) | Referencias (0)

Comentarios

El primer párrafo del post es la razón por la cual existe un suciedad de gestión llamada AIE (intérpretes y ejecutantes) que se desgajó de la innombrable. Es que había gente no muy conforme en el cortijo del osito, entre otras razones por esa que comentas de autores criando malvas desde tiempo ha.

el espia | 27-01-2006

Carissimi fratelli, sois unos ingenuos.

La Santa Madre Iglesia (que es la única verdadera) lleva dos mil años en el negocio, y, a estas alturas de la película, poco vais a enseñar a la curia vaticana.

A pesar de las voces que la acusan de medieval y oscurantista, la Iglesia Católica (que - no sé si lo he dicho ya - es la única verdadera) se halla inmersa en el mundo actual, siempre atenta a las corrientes de pensamiento imperantes. Y, en su infinita sabiduría (para un determinado valor de "infinito", al menos), ha hallado la forma de extender su prédica hasta en las ovejillas más recalcitrantes del aprisco.

Tenéis a gala hacer oídos sordos a la Palabra de Dios. Pero, cuando la Voz de su Representante en la Tierra es sujeta a retribución, ponéis el grito en el cielo. ¿Por qué? Pues porque habéis crecido acostumbrados a la concepción de que todo lo que tiene un precio tiene un valor.

A partir de ahora, las redes P2P rebosarán de homilías del Santo Padre, de Encíclicas en latín, de triduos y novenas, salmos en mp3, y misas del gallo oficiadas por prelados florentinos.

Y la Palabra del Señor llegará a todos los rincones de esta su Iglesia (que - creo recordar haberlo comentado con anterioridad - es la única verdadera). Y habrá gran regocijo.

Y, caro figlio, como muestra de que lo que la Santa Madre Iglesia (q.e.l.u.v.) pretende no es el lucro, sino la evangelización, no tienes sino observar que se tarifica la prédica. Si realmente pretendiéramos forrarnos, estableceríamos un canon a la blasfemia; ahí es donde está el dinero.

Reflexionad, carissimi fratelli, si es lícito condenar a la Iglesia (u.v., por si alguno no lo recuerda), por esforzarse en extender su pPalabra, sea como sea.

Hala, a enmendarse.

Monsignore (ya más tranquilo) | 27-01-2006

Generalmente, sólo respondo a los comentarios para aclarar cosas que pueden no haber quedado claras o que pueden darse a malas interpretaciones. Pero nunca polemizo ni jaleo (ni denigro, por supuesto) a los comentaristas de mi bitácora.

Pero esta vez voy a hacer una excepción, porque el caso lo merece: Monsignore, has estado totalmente sembrado. Hay comentarios ingeniosos que me han hecho más o menos gracia, pero este ha logrado hacerme caer de la silla.

Muchas gracias. Ya sabes dónde tienes tu casa.

Laus Deo.

Javier Cuchí | 27-01-2006

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