
Me llamo Javier Cuchí y soy miembro de la Asociación de Internautas y de Hispalinux.
El conocimiento corre hoy serio peligro como derecho universal que existe desde el alba de la Humanidad. Me preocupan, y mucho, las crecientes maniobras de varios sectores financieros (bajo denominaciones sugerente y falsariamente industriales o artísticas) y de sus factótums políticos, que no pretenden otra cosa que la apropiación ilegítima y fraudulenta de ese conocimiento para convertirlo en un valor puramente especulativo, restringido y escaso, fuente de aún mayores desigualdades y exclusiones de personas, sociedades y pueblos, y causa de pobreza y de subdesarrollo
Un grito de alerta, un silbato que clama «¡Al ladrón!», una voz de protesta, un «no convencéis y está por ver si vencéis»

© Javier Cuchí
Barcelona, 2005-2006
Sábado, 14 de enero de 2006
De la serie: «Correo ordinario»
Hace unos días vio la luz un informe de la Comisión Europea del que se desprende que, en la crucial materia de innovación y desarrollo, España ocupa el número 16 en la Unión Europea de los 25 y, además, es uno de los únicos cuatro que, además de ir por detrás, va hacia atrás. Como el cangrejo, sí señor. Además, en relación a la antigua UE-15, estamos los últimos y, en no pocos indicadores, ampliamente superados por países procedentes del viejo telón de acero.
Hay un breve, seco y certero comentario de Pepe Cervera -que, por supuesto, suscribo en su integridad- que dice, al respecto, las verdades del barquero. Pero no las dice todas.
A mí, ahora, lo que me pide el cuerpo es coger a la $GAE, a Teddy Bautista, a la Rosa de España y a todo el resto de esta cutre santa compaña que sufrimos día sí y día además y echarles la culpa de todos nuestros males y de todas nuestras desgracias. Y es cierto que tienen su cuota alícuota en el asunto, como no pocos denunciamos casi a diario, pero no tienen toda la culpa. Es más: si todo el problema consistiera exclusivamente en las barbaridades, las atrocidades y los despropósitos que ellos cometen, casi no tendríamos problema; después de todo, aunque este sea un país muy desgraciado, tres o cuatro pringados no son aún suficientes para reducirlo a la postración y al mal aliento histórico. Porque después de todo, don Teddy y demás gremio, no serían otra cosa sino patético material circense de no ser por unos apoyos -dotados de poder de edición en el BOE y en otras publicaciones oficiales- que hacen y deshacen al gusto de la peña esa.
Y ahí es donde realmente duele. Porque tampoco habría problema grave, en términos históricos, si esos apoyos -los políticos, vamos a llamar a las cosas por su nombre- se limitaran a hacer y deshacer al dictado de la farándula. El problema -grave, sangrante o, mejor dicho, desangrante- reside en la inmensa y al parecer infinita ignorancia y en la nada desdeñable tasa de desvergüenza, de deslealtad (hacia el ciudadano, claro, no hacia la maquinaria del tinglado), de venalidad, de corrupción, de insolvencia cívica y de indigencia moral, que aqueja -en medida mayor o menor pero con indudable presencia- a la totalidad de partidos -sin excepción alguna- del arco parlamentario, que le dicen.
Y ahora empiezo una disgresión, por la que pido perdón, pero que creo necesaria.
Cuando murió Franco, éramos treinta y cinco millones de españoles y había en España treinta y cinco millones de aspiraciones, de deseos, de ideologías, de anhelos y hasta de modelos de país distintos: sólo en dos cosas estábamos de acuerdo: una, nunca más resolver a hostias nuestras diferencias; otra, ser, de una puta vez y para siempre, europeos. Este europeos, además del significado político-administrativo de nuestras ansias de pertenecer a lo que entonces se denominaba «Mercado Común», implicaba una firme intención de modernidad social y tecnológica, de no volver a ser jamás comparados -al menos, con razón- con africanos. Nos propusimos derribar los Pirineos, en el punto en que eran entendidos como una barrera a esa europeidad.
Y los derribamos. Nos costó Dios y ayuda. Tragamos muchísima bilis: los rojos convivieron con los fachas y -inaudito en España- se les vio a ambos discutiendo ¡sin llegar a las manos! al amor de sendos carajillos; los fachas sacrificaron su sacrosanto modelo de país y aceptaron -mejor o peor, pero aceptaron- que los rojos también tenían su lugar en el nuevo proyecto. Hubo bestiajos estúpidos y hubo sangre dramática e innecesaria (sin contar a los hijos de la gran puta de ETA, que iban por libre tratando de arrimar el ascua a su sardina asquerosa y maloliente), pero se superó y, a trancas y barrancas, se siguió adelante. Hubo hasta la reminiscencia decimonónica de un pavía de mercadillo que en vez de entrar a caballo llegó en autocar, que nos asustó en un primer momento y que nos avergonzó (¡otra vez africanos, joder..!) durante muchos años, como no nos ha asustado, pero sí avergonzado hace semana y media otro de esos. Olvidamos (o, más que olvidar, archivamos en la copia de seguridad, es decir, en un cajón, pero fuera del ordenador) despropósitos, atrocidades, crímenes y agravios que todos los españoles, unos por ser de un bando, otros por ser del otro y el resto por vergüenza colectiva, habíamos sufrido en las últimas décadas, en propia carne o como miembros de una sociedad deconstruída. Y aguantamos, con los intestinos corrompidos, pero en resignado silencio, cómo asesinos y sinvergüenzas de los antiguos y ya obsoletos bandos nos daban lecciones de moralidad y de salud política celebradas por todos los medios de comunicación del país (y, sobre todo, del Sistema).
Los políticos pescaron sin pudor alguno en ese río revuelto. Sabiéndonos domados por nuestros propios miedos, condicionados por nuestros implícitos pero sinceros y esforzados pactos sociales de convivencia, apaciguados por nuestro único deseo de paz y de trabajo, hicieron lo que les dio la gana, nos manipularon a todos, instauraron su dictadura de la estafa democrática, implantaron su constitución deleznable y se pusieron a medrar. Y nosotros lo pagamos en moneda de paro, de retroceso social y de crisis de valores (una sociedad ideológicamente fuerte no es fácilmente manipulable) que fueron sustituidos por su putrefacto concepto de lo políticamente correcto impuesto a la trágala: la «Rebelión en la granja», versión España fin de siglo (ya habría tiempo después de traer «1984» y su Gran Hermano, y no me refiero ahora al cagallón de la tele berluscona). Trabajamos durante treinta años como burros, tragamos con todo, atendimos prestamente a sus histerias tipo «¡que viene el lobo!» pese a las ganas que teníamos más de uno de que llegara el jodido lobo de una vez, pero conseguimos ser, en todos los sentidos, europeos con todas las de la ley.
Fin de la disgresión, volvemos al momento presente.
Si en los últimos treinta años nos ha gobernado la iniquidad unánime -es decir, procedente de la totalidad de las opciones políticas- ahora se añade a ésta la incompetencia y el analfabetismo más abyectos. Da pena y asco -sobre todo, asco- oirles pronunciar palabras y frases rimbombantes -estúpidas muchas ellas- que no saben ni lo que significan. Materialmente: no saben lo que significan. Pero es igual, el asesor les dice que eso queda bien y ellos tiran millas. Hacen y deshacen aprovechando la ignorancia tecnológica en la que ellos mismos han sumido a la ciudadanía, y montan, por ejemplo, distritos 22@ (© Joan Clos, alcalde de Barcelona) como quien monta gallineros donde -sabiéndolo previa y sobradamente- no hay gallinas, para simular la instalación de una granja mediambientalmente sostenible donde, en realidad, han montado un vertedero incontrolado de purines (o sea, de especulación inmobiliaria) pomposamente coloreado con el nombre de Fòrum. Es una muestra: Clos no es el peor, solamente uno más entre iguales. Otros, organizan -con nuestro dinero- pomposos simposiums, jornadas y cagarelas diversas para hablar de innovación y de I+D en lo que no son sino inmensas, vacuas y alucinantes ceremonias de efusión de especuladores bursátiles a la búsqueda de léxico con el que timar a la asamblea de compromisarios o a la junta general de accionistas con un lenguaje ininteligible y tecnocrático que no significa absolutamente nada. Mientras tanto, la investigación, la innovación de verdad, por los suelos, a cargo de investigadores heróicos (en España no cabe otro adjetivo a ese sustantivo) dotados -que le dicen- con sueldos y becas de verdadera miseria, cuando no, encima, explotados en jornadas ilegalmente dobles o ejerciendo de administrativos si no de ordenanzas (que les pregunten a los EUS, si no).
Hablan al dictado (¡al dictado literal!) de grandes corporaciones, siempre foráneas, a las que no les interesa lo más mínimo -al contrario, les perjudicaría- que en España haya innovación, investigación y desarrollo. Los bloquean con monstruosidades del tipo neutralidad tecnológica; si los antiguos franquistas hubieran descubierto el término, seguramente lo hubieran aplicado de una manera no esencialmente distinta (todo es matar: personas o esperanzas): «Al amanecer de hoy, martes, se ha dado cumplimiento a la neutralidad tecnológica dictada contra Pepito Pérez en consejo de guerra celebrado el tantos de tantos». Quizá la autarquía de los viejos tiempos franquistas no fue sino una manifestación de neutralidad tecnológica y puede que no muy distinta a la que estos de ahora quieren llevarnos.
Según están las cosas, no tenemos esperanza. No tenemos alternativas políticas dentro del sistema actual, estamos atrapados en una náusea verdaderamente sartriana; no, mejor dicho, antisartriana: Sartre describió el vértigo ante la libertad y lo que sufrimos ahora es la asfixia y la claustrofobia del estrecho encadenamiento. Nuestras ansias de modernización no sirven sino como fútiles argumentos -llevados al paroxismo de la demagogia- para que el opositor de turno siegue la hierba bajo los pies del gobernante de turno, hasta que la tortilla dé la vuelta y cambien las siglas del opositor y del gobernante... las siglas, que no la demagogia y el chalaneo. Lo hemos visto, en vivo y en directo, hemos visto cómo en el Senado primero y en el Congreso después nos han tomado el pelo -todos- y lo han hecho, además y en el colmo de la desvergüenza, del oprobio y del cinismo, venteando la representación que ostentan de nosotros y de nuestros intereses. Y aún no han acabado: el festival de puñaladas traperas al ciudadano se intensificará, con casi toda seguridad, durante este año que estamos empezando.
Mientras tanto, retrocedemos a marchas forzadas dentro de una Europa que tampoco es una alegría, precisamente. Vamos camino acelerado de la depresión noventayochista, y vamos a ello sin alternativa, sin que dentro de lo que hay tengamos esperanza alguna. Nuestro futuro, si los ciudadanos no tomamos a una la firme y resuelta decisión de cambiar este estado de cosas, sólo pasa por la supervivencia material y ¿moral? del consumo desaforado, del conformismo acrítico... mientras haya. Porque ese conformismo acrítico no nos llevará sino otra vez al burro, al botijo y al ancho de via español.
A nosotros, claro. No a esos políticos de la verborea innovadora y de la neutralidad tecnológica a los que ya han provisto el futuro con holgada suficiencia quienes todos sabemos.
Actualización 15.1.2006
No sin retraso, algunos -aunque siempre de los pequeños, de los que todavía no están perdidos para el verdadero servicio al ciudadano- se caen del guindo. He aquí la reflexión de un político local zaragozano sobre lo que verdaderamente significa eso de la neutralidad tecnológica.
Gracias a Fernando Acero, que lo menciona en un lúcido artículo publicado en Derecho Internet.
Por: Javier Cuchí | Correo ordinario | Comentarios (2) | Referencias (0)
Hola Javier
Te veo muy agitado. No digo que no tengas algunas razones, pero seguramente el famoso informe no es una de ellas.
Un vistazo rápido a las fuentes muestra que estamos ante una caída leve en un ranking, en el que ha cambiado la metodología, los indicadores.... O sea, nada. De eso no se puede sacar ninguna gran conclusión, ni positiva ni negativa, o corremos el riesgo de hacer malaprensa.
Por otra parte, el informe sobre España repite todo lo que se viene diciendo hace muchos años sobre el tema, y que más o menos todo el mundo que se interesa por el tema conoce.
Y la verdad es que todo el mundo sabe explicar el problema, pero nadie sabe resolverlo. No sólo los políticos. Los académicos,los empresarios... Todo el mundo lleva años sabiendo que tenemos un problema, pero no parece que es nada fácil empujar al I+D donde no lo hay.
O es más complicado de lo que parece. Y en otros países con las mismas preocupaciones también pasa. No es como hacer carreteras o aeropuertos.
Por todo eso, y porque quizá soy más inocente o más benévolo que tú, pero tampoco echaría tanta culpa de nuestro retraso a los políticos.
Josu | 14-01-2006
Buen y dominial día, Josu.
El problema está sobre todo en lo que tú has dicho: que hace tiempo -mucho tiempo- que venimos clamando ante este estado de cosas. Tienes razón cuando dices que las magnitudes que refleja el estudio quizá no son exageradas, pero si no se invierte la tendencia -que, a mi modo de ver, es lo que sí importa- éstas llegarán a lo espeluznante. Y no hay la menor señal de que vaya a invertirse la tendencia.
Todos los planes gubernamentales (los del PP antes y los del PSOE ahora) no han servido para nada más que para beneficiar a una pequeña serie de empresas (las de siempre, por otra parte) y a la subsiguiente circulación de tresporcientos. Pero eso, siendo malo, no es lo peor: lo peor es que el fracaso y el despilfarro de estos planes se veía venir anticipadamente y no menos anticipadamente se denunció desde muchísimos ámbitos, sin que dichas denuncias sirvieran para nada más que para que la oposición de turno las dedicara a la noble tarea del acoso y derribo del Gobierno no menos de turno.
Es verdad que estoy agitado. Es que una panorámica de la situación es para asustar a cualquiera: se quejan las universidades de todo el país, se quejan los centros de investigación, se quejan las entidades en red, se quejan también muchas empresas que intentan dedicarse a la innovación, pero son quejas en medio del desierto de la ignorancia ciudadana -cuidadosamente planificada, por otra parte- que así aparentan proceder de sectores minoritarios. Mira, si no, la queja de la Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico.
Mi artículo, en esta ocasión, no intentaba valorar el estudio sino, a caballo del mismo, poner de relieve políticamente el estado de postración de la investigación científica y tecnológica en España poniendo en primer lugar -porque es así y no soy en absoluto el único en verlo así- la estulticia y la mala fe de los políticos.
Como siempre, gracias, Josu, por tu importante atención y por tu no menos valiosa opinión.
Javier Cuchí | 15-01-2006