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El Incordio

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Me llamo Javier Cuchí y soy miembro de la Asociación de Internautas y de Hispalinux.

El conocimiento corre hoy serio peligro como derecho universal que existe desde el alba de la Humanidad. Me preocupan, y mucho, las crecientes maniobras de varios sectores financieros (bajo denominaciones sugerente y falsariamente industriales o artísticas) y de sus factótums políticos, que no pretenden otra cosa que la apropiación ilegítima y fraudulenta de ese conocimiento para convertirlo en un valor puramente especulativo, restringido y escaso, fuente de aún mayores desigualdades y exclusiones de personas, sociedades y pueblos, y causa de pobreza y de subdesarrollo

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Jueves, 12 de enero de 2006

Elogio del charlatán y la maruja

De la serie: «Los jueves, paella»

Alguna vez me viene a la memoria la figura del charlatán, así le llamaban en mi Asturias infantil, no sé si también en otros lugares. Me refiero al probo vendedor de diversos géneros y artilugios que, a lomos de una furgoneta o incluso de un camión, si era un charlatán próspero, y provisto de un micrófono, un potente amplificador y unos altavoces suficientes, voceaba las excelencias de su mercancía con pretendidamente ingeniosos -a veces lo eran- ripios y reclamos por los mercados semanales de diversos pueblos. Lo recuerdo especialmente cuando pelo patatas utilizando una simple e ingeniosa herramienta ad hoc, hoy común y habitual en casi todos los hogares, pero que yo conocí hace cuarenta años de voz de un charlatán que vendía el interesante artilugio exponiendo a grandes voces primeramente el problema que, en última instancia, resolvía: «¡Esta es la patatita, tan rica de comer pero tan dura de pelar..!». Y después, con una habilidad que jamás he vuelto a ver igualada, pelaba una patata en un abrir y cerrar de ojos; cuando ya tenía al auditorio arrobado ante la rapidez y la perfección del resultado, nuestro hombre ponderaba que esa era solamente una de sus posibles y eficientes aplicaciones y, seguidamente, se ponía a pelar, mondar o limpiar, con igual rapidez y eficacia, todo tipo de frutas y hortalizas: manzanas, zanahorias, peras, berengenas y un sinfín de productos de cualquier vega. Seguidamente, se ponía a vender el instrumento en cuestión y, sí, algunas unidades colocaba. Yo siempre me preguntaba si rentabilizaba con las ventas todas las hortalizas que había empleado para la demostración; quizá las utilizase para su consumo, aunque mucho consumo me parece porque repetía el número decenas de veces en una misma mañana y cada día acudía a un mercado diferente (como todos los demás comerciantes, claro: incluso hoy sigue funcionando así la cosa en todos los pueblos de España que tienen día de mercado y que no son pocos).

La figura del charlatán ha decaído. Apenas los he visto en Asturias en los últimos años y ya ni me acuerdo de cuándo fue la última vez que vi uno en Cataluña, aunque aquí no era una figura tan frecuente, ni mucho menos. Supongo que lo arcaico del sistema, para las mentalidades de hoy, y alguna que otra normativa comercial o de consumo que habrán puesto demasiadas trabas para que pudiera soportarlas tan escaso margen comercial, habrán dado al traste con el entrañable caballero (que ya que estamos en ello, por cierto, habrá que decir que prácticamente siempre era hombre).

El único comerciante que hoy se parece al charlatán de mis años mocitos es el hombre de la tómbola, el que intenta vender al público lo fácil que es ganar en su efímero establecimiento (por seis u ocho euros, cabe aspirar incluso al regalo seguro). Pero, aunque los hay verdaderamente resalaos, la vulgaridad de la mercancía, en contraste con algunos de los artilugios que predicaban los charlatanes, hace que se pierda mucha de aquella gracia ancestral.

Hay, no obstante, una tienda que aún me recuerda no al charlatán de aquel entonces, pero sí a su mercancía: la ferretería Soriano, situada muy cerquita de mi trabajo y cuyos veteranísimos escaparates han visto muchos minutos de las pausas para el desayuno con mis narices pegadas a sus cristales. Es increíble lo que se puede ver ahí y más increíble aún pensar en lo que puede tener y que no exhibe (probablemente por falta de espacio, ya que el del escaparate está materialmente abarrotado). Pero se puede encontrar de todo, de todo, hasta las cosas aparentemente más peregrinas, como una ínfima sartén que parece sacada de una fireta infantil y que simplemente obedece a la función de hacer un (1) huevo frito: uno por vez, no cabe más; pero... qué ahorro de aceite y de energía, si uno realmente sólo quiere hacerse un (1) huevo frito. Y no es, en absoluto, el artilugio más estrambótico. Desde luego, es una referencia del barrio y todo visitante de Gracia que se precie de ser buen turista urbano no puede dejar de pasar por allí, en la calle Gran de Gràcia número 53, a unos dos o trescientos metros del principio de la calle, subiendo a mano izquierda.

Hay otro establecimiento parecido -un pelín más pretencioso, pero no muy distinto en su propuesta comercial- que si aún existe está ubicado en la ronda de la Universitat, entre la Rambla y Balmes; si acierto a pasar cerca antes del jueves, daré más detalles. Y seguramente habrá algunas tiendas más de este tipo en Barcelona, ferreterías, generalmente, que llevan en su propia naturaleza el constituir un buen cajón de sastre. Si algún lector conoce más de estas, le ruego se sirva de los comentarios para compartir tan entrañable información.

Quizá mi tirón hacia las ferreterías se deba a que ese es el comercio que practicó mi abuelo en la segunda mitad de su vida laboral (en la primera fue moldeador-fundidor, y de los buenos) en cuyo establecimiento enfrente del mercado de Sama, hoy desaparecido (el establecimiento, no el mercado, aunque el que había entonces se desplomó una buena noche y ahora es nuevo y flamante), tantísimas buenas horas habíamos pasado mi hermano y yo con mi tío y mi abuelo.

El caso es que a mi madre le había propuesto muchas veces la compra del práctico pelapatatas y siempre se negó porque decía que hacía el corte muy grueso y aprovechaba poco la patata. Dado que el precio de las patatas era -entonces- muy asequible, pensé que mi madre era un poco roñica con tanto aprovechamiento. Luego, con los años, aprendí que el tiempo tiene un valor pero que, cuando ese tiempo no se retribuye, hay que emplearlo en el ahorro, por más que la relación tiempo-ahorro sea desproporcionadísima. Este ha sido el principio de la incomprensión hacia las denostadas marujas y este es el principio de la tremenda injusticia que se ha cometido con ellas no permitiéndoles ni siquiera equiparar su situación a la de activo cotizante, a los efectos de la Seguridad Social. Yo veía a mi madre dar vueltas y más vueltas en el mercado (entre las de reconocimiento y las de adquisición del objetivo, podía tirarse la mujer cerca de veinte minutos, más los necesarios para la cola y para comprar) para, al final, ahorrar una cantidad equivalente a la cuarta parte de ese tiempo en sueldo de peón de albañil (de aquellas épocas, ojo).

Pues claro que había que pelar finas las patatas: en el dinero ahorrado por el ama de casa se medía su eficiencia, ya que no había (ni hay) un mercado salarial que lo evaluara de otra manera. Aunque el dinero llegara holgado a fin de mes, había que ahorrar porque esa era la única cera que ardía para la pobre maruja.

Y la pobre maruja ha pasado al imaginario popular como el prototipo de la lerda, de la improductiva, de la retrógada familiar, social y hasta política.

Sin embargo, la maruja, con toda su ignorancia (cuando la había y no era siempre, ni mucho menos, el caso) fue todo lo contrario: un valor familiar y social que aún no sabemos valorar pese a lo doloroso e incómodo que resulta haberlo perdido (doloroso e incómodo, siempre que la maruja lo fuera por vocación, y ojo que lo era en muchísimos casos, probablemente en la mayoría de ellos). El sistema nos tendió una trampa y para que se sostuviera una familia hubimos de trabajar los dos miembros de la pareja cuando antes bastaba con uno; por supuesto, el gasto adicional que supone la falta de maruja ha devaluado de hecho esos ingresos al crear unas necesidades (guarderías infantiles, menor eficiencia en la compra, alimentación más costosa -restaurantes, comida rápida, precocinados...- e instauración de la poco sostenible cultura del usar y tirar) que antes no existían.

No nos equivoquemos: no estoy combatiendo la incorporación de la mujer al mundo del trabajo; simplemente estoy dando valor a una figura que, muy injustamente, ha sido tratada como una nulidad y una carga, cuando ha sido, precisamente, lo contrario. Y muchas, muchísimas mujeres que están limpiando mierda (o comiéndosela, según se mire) en muchísimos sitios, darían los dientes por poder hacer lo mismo pero únicamente en su propia casa, solamente con la mierda de su familia; por eso decía antes lo de la estafa: para no pocas mujeres, lo ha sido y de las buenas. También es necesario precisar que si la figura se recuperara, habría que tener en cuenta muy seriamente el ingreso -quizá en número importante- de hombres en el oficio.

La desaparición del ama de casa -vamos a llamarla bien, por su verdadera denominación profesional- ha causado perjuicios que la ceguera y la estupidez de lo políticamente correcto nos impiden ver. Las lacras que nuestra salud está padeciendo a causa de una alimentación deficiente devenida del sistema actual de horarios y de trabajo, causa al año más muertes que la carretera y el tabaco juntos, y si no, que lo pregunten a cardiólogos, vasculares y endocrinos. La suculenta sabiduría instintiva y ancestral de la maruja nos preservaba de colesteroles, azúcares, hipertensiones y demás bazofia físico-química intracorpórea, al menos hasta cierta edad, no como ahora, que estamos putrefactos en vida apenas tocar los treinta. Los niños ya no viven en casa: pernoctan en ella; los horarios de sus padres los machaca a actividades extraescolares, cuando antes pasaban con la madre muchas horas y adquirían las necesarias referencias, esas referencias que cuando se pierden se asesina a la pareja con una katana o se quema viva a una mendiga en un cajero de la Caixa. Y como todo tiene su importancia, la maruja era un elemento de continuidad de la cultura autóctona, en lo gastronómico, en lo tradicional, hasta en aquella modesta medicina que tan potente resultaba contra esas pequeñas afecciones que sufrimos con frecuencia y que aquel jarabe casero, esas hierbas o ese anís de guindas... Todo ello a beneficio de las multinacionales de la comida basura, de las pastillas basura o de esa basura asquerosa vestida de rojo (por CocaCola, precisamente) que nos revienta las navidades mediterráneas.

Adiós, charlatán. Adiós, maruja. Vuestra muerte nos ha matado a todos un poco.

Y no es un decir.


Por: Javier Cuchí | Los jueves, paella | Comentarios (4) | Referencias (1)

Comentarios

"La figura del charlatán ha decaído. Apenas los he visto en Asturias en los últimos años y ya ni me acuerdo de cuándo fue la última vez que vi uno en Cataluña"

¿Hago algún comentario, o huelga por lo obvio? ;-D

Bacci abondanti...

Monsignore | 12-01-2006

Me ha gustado mucho tu texto y el "rescate" de las marujas.

En Gijón de vez en cuando aparece (en la Semana Negra está siempre) un genuino charlatán con un camión lleno de figuras, figuritas y estatuas de mediano tamaño. Es impresionante el rollo que tiene "le voy a cobrar sólo 12 euros... y además se va a llevar ésta y ésta otra..." El tío logra marcharse siempre con el camión vacío. Un auténtico crack.

pululante | 12-01-2006

En la Plaza Mayor de Valladolid existe una ferretería, similar a la que describes, en la que puedes pasar la mañana viendo los más diferentes e insospechados artilugios que nunca he visto.

Desde la sartén para un huevo, los pela-ponga_aqui_lo_que_quiera, los abrebotellas para sidra, cava, bricks y cualquier otro chisme seguro que también lo encuentras ahí.

PerroVerd | 12-01-2006

El jueves pasado, como otros, imprimí la paella para leerla en el bus o en el metro de camino a casa. No se por qué pero elegí el metro i he decidido que si hay paella, en formato papel, los jueves toca bus:

Estación de metro de Paseo de Gràcia: Empecé a leer la paella i el tema me recordó a mi infancia en la que estaba presente la figura del charlatán moderno, aquel que vendía colchones, fundas de sofá o melones en verano, que ya hace unos años que ha desaparecido de las calles de mi pueblo. Seguí leyendo y me hizo especial gracia el tema de la ferretería de la calle Gran de Gràcia, que descubrí cuando hace dos años cambiamos de edificio y que curiosamente comenté a mi padre su existencia i que igual que Javier Cuchí fuimos a ver su escaparate por lo original que resulta. Levanto la cabeza i estoy en Plaça de Sants. Ostras!!!! Me he pasado de estación, qué rabia sólo por una, bajo del metro, camino unos metros y me dispongo a coger el metro en el sentido contrario, una vez en el andén se oye por la megafonía un mensaje que pide que el operario responsable de la señalización se ponga en contacto con Radio Metro; minutos más tarde se repite el mensaje esta vez con el nombre y apellidos del operario en cuestión. Minutos más tarde el comunicado que me temía, por cuestiones técnicas el servicio de metro estaba parado en la línea cinco. Entre tanto ya tenia la paella terminada, la verdad es que me gustó tanto que me pasé de parada i lo demás un cúmulo de despropósitos. Al final terminé mi periplo i llegué a casa, donde me esperaba un despropósito más: mi mascota se había emancipado.

Conclusión a partir de ahora, los jueves, bus por que el final de línea coincide con mi destino i no hay peligro de terminar en Tombuctú.

Rosa Carol | 16-01-2006

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El Incordio » Blog Archive » Paella (o sartenazo) educacional | 2008-02-22 17:40:37
[...] elogio de la maruja en el que sostenía, entre otras muchas cosas, que la figura del ama de casa y la vida familiar distinta a la actual que esa figura suponía y que, a los efectos que me interesan para el caso, consistía en una mayor con [...]