
Me llamo Javier Cuchí y soy miembro de la Asociación de Internautas y de Hispalinux.
El conocimiento corre hoy serio peligro como derecho universal que existe desde el alba de la Humanidad. Me preocupan, y mucho, las crecientes maniobras de varios sectores financieros (bajo denominaciones sugerente y falsariamente industriales o artísticas) y de sus factótums políticos, que no pretenden otra cosa que la apropiación ilegítima y fraudulenta de ese conocimiento para convertirlo en un valor puramente especulativo, restringido y escaso, fuente de aún mayores desigualdades y exclusiones de personas, sociedades y pueblos, y causa de pobreza y de subdesarrollo
Un grito de alerta, un silbato que clama «¡Al ladrón!», una voz de protesta, un «no convencéis y está por ver si vencéis»

© Javier Cuchí
Barcelona, 2005-2006
Jueves, 12 de enero de 2006
De la serie: «Los jueves, paella»
Alguna vez me viene a la memoria la figura del
charlatán, así le llamaban en mi
Asturias infantil, no sé si también en otros lugares. Me refiero al probo
vendedor de diversos géneros y artilugios que, a lomos de una furgoneta o
incluso de un camión, si era un charlatán próspero, y provisto de un micrófono,
un potente amplificador y unos altavoces suficientes, voceaba las excelencias de
su mercancía con pretendidamente ingeniosos -a veces lo eran- ripios y reclamos
por los mercados semanales de diversos pueblos. Lo recuerdo especialmente cuando
pelo patatas utilizando una simple e ingeniosa herramienta
ad hoc, hoy común y habitual en casi
todos los hogares, pero que yo conocí hace cuarenta años de voz de un charlatán
que vendía el interesante artilugio exponiendo a grandes voces primeramente el
problema que, en última instancia, resolvía:
«¡Esta es la patatita, tan rica de comer pero
tan dura de pelar..!». Y después, con una habilidad que jamás he vuelto a
ver igualada, pelaba una patata en un abrir y cerrar de ojos; cuando ya tenía al
auditorio arrobado ante la rapidez y la perfección del resultado, nuestro hombre
ponderaba que esa era solamente una de sus posibles y eficientes aplicaciones y,
seguidamente, se ponía a pelar, mondar o limpiar, con igual rapidez y eficacia,
todo tipo de frutas y hortalizas: manzanas, zanahorias, peras, berengenas y un
sinfín de productos de cualquier vega. Seguidamente, se ponía a vender el
instrumento en cuestión y, sí, algunas unidades colocaba. Yo siempre me
preguntaba si rentabilizaba con las ventas todas las hortalizas que había
empleado para la demostración; quizá las utilizase para su consumo, aunque mucho
consumo me parece porque repetía el número decenas de veces en una misma mañana
y cada día acudía a un mercado diferente (como todos los demás comerciantes,
claro: incluso hoy sigue funcionando así la cosa en todos los pueblos de España
que tienen día de mercado y que no son
pocos).
La figura del charlatán ha decaído. Apenas los he visto en Asturias en los
últimos años y ya ni me acuerdo de cuándo fue la última vez que vi uno en
Cataluña, aunque aquí no era una figura tan frecuente, ni mucho menos. Supongo
que lo arcaico del sistema, para las mentalidades de hoy, y alguna que otra
normativa comercial o de consumo que habrán puesto demasiadas trabas para que
pudiera soportarlas tan escaso margen comercial, habrán dado al traste con el
entrañable caballero (que ya que estamos en ello, por cierto, habrá que decir
que prácticamente siempre era hombre).
El único comerciante que hoy se parece al charlatán de mis años mocitos es el
hombre de la tómbola, el que intenta
vender al público lo fácil que es ganar
en su efímero establecimiento (por seis u ocho euros, cabe aspirar incluso al
regalo seguro). Pero, aunque los hay
verdaderamente resalaos, la vulgaridad
de la mercancía, en contraste con algunos de los artilugios que predicaban los
charlatanes, hace que se pierda mucha de aquella gracia ancestral.
Hay, no obstante, una tienda que aún me recuerda no al charlatán de aquel
entonces, pero sí a su mercancía: la
ferretería
Soriano, situada muy cerquita de mi trabajo y cuyos veteranísimos
escaparates han visto muchos minutos de las pausas para el desayuno con mis
narices pegadas a sus cristales. Es increíble lo que se puede ver ahí y más
increíble aún pensar en lo que puede tener y que no exhibe (probablemente por
falta de espacio, ya que el del escaparate está materialmente abarrotado). Pero
se puede encontrar de todo, de todo,
hasta las cosas aparentemente más peregrinas, como una ínfima sartén que parece
sacada de una fireta infantil y que
simplemente obedece a la función de hacer
un (1) huevo frito: uno por vez, no cabe
más; pero... qué ahorro de aceite y de energía, si uno realmente sólo quiere
hacerse un (1) huevo frito. Y no es, en
absoluto, el artilugio más estrambótico. Desde luego, es una referencia del
barrio y todo visitante de Gracia que se precie de ser buen turista urbano no
puede dejar de pasar por allí, en la calle Gran de Gràcia número 53, a unos dos
o trescientos metros del principio de la calle, subiendo a mano izquierda.
Hay otro establecimiento parecido -un pelín más pretencioso, pero no muy
distinto en su propuesta comercial- que si aún existe está ubicado en la ronda
de la Universitat, entre la Rambla y Balmes; si acierto a pasar cerca antes del
jueves, daré más detalles. Y seguramente habrá algunas tiendas más de este tipo
en Barcelona, ferreterías, generalmente, que llevan en su propia naturaleza el
constituir un buen cajón de sastre. Si algún lector conoce más de estas, le
ruego se sirva de los comentarios para compartir tan entrañable información.
Quizá mi tirón hacia las ferreterías se deba a que ese es el comercio que
practicó mi abuelo en la segunda mitad de su vida laboral (en la primera fue
moldeador-fundidor, y de los buenos) en cuyo establecimiento enfrente del
mercado de Sama, hoy desaparecido (el establecimiento, no el mercado, aunque el
que había entonces se desplomó una buena noche y ahora es nuevo y flamante),
tantísimas buenas horas habíamos pasado mi hermano y yo con mi tío y mi abuelo.
El caso es que a mi madre le había propuesto muchas veces la compra del práctico
pelapatatas y siempre se negó porque
decía que hacía el corte muy grueso y aprovechaba poco la patata. Dado que el
precio de las patatas era -entonces- muy asequible, pensé que mi madre era un
poco roñica con tanto aprovechamiento. Luego, con los años, aprendí que el
tiempo tiene un valor pero que, cuando ese tiempo no se retribuye, hay que
emplearlo en el ahorro, por más que la relación tiempo-ahorro sea
desproporcionadísima. Este ha sido el principio de la incomprensión hacia las
denostadas
marujas
y este es el principio de la tremenda injusticia que se ha cometido con ellas no
permitiéndoles ni siquiera equiparar su situación a la de activo cotizante, a
los efectos de la Seguridad Social. Yo veía a mi madre dar vueltas y más vueltas
en el mercado (entre las de
reconocimiento y las de
adquisición del objetivo, podía tirarse
la mujer cerca de veinte minutos, más los necesarios para la cola y para
comprar) para, al final, ahorrar una cantidad equivalente a la cuarta parte de
ese tiempo en sueldo de peón de albañil (de aquellas épocas, ojo).
Pues claro que había que pelar finas las patatas: en el dinero ahorrado por el
ama de casa se medía su eficiencia, ya que no había (ni hay) un mercado salarial
que lo evaluara de otra manera. Aunque el dinero llegara holgado a fin de mes,
había que ahorrar porque esa era la única cera que ardía para la pobre
maruja.
Y la pobre maruja ha pasado al
imaginario popular como el prototipo de la lerda, de la improductiva, de la
retrógada familiar, social y hasta política.
Sin embargo, la maruja, con toda su
ignorancia (cuando la había y no era siempre, ni mucho menos, el caso) fue todo
lo contrario: un valor familiar y social que aún no sabemos valorar pese a lo
doloroso e incómodo que resulta haberlo perdido (doloroso e incómodo, siempre
que la maruja lo fuera por vocación, y
ojo que lo era en muchísimos casos, probablemente en la mayoría de ellos). El
sistema nos tendió una trampa y para que se sostuviera una familia hubimos de
trabajar los dos miembros de la pareja cuando antes bastaba con uno; por
supuesto, el gasto adicional que supone la falta de
maruja ha devaluado de hecho esos
ingresos al crear unas necesidades (guarderías infantiles, menor eficiencia en
la compra, alimentación más costosa -restaurantes, comida rápida,
precocinados...- e instauración de la poco sostenible cultura del
usar y tirar) que antes no existían.
No nos equivoquemos: no estoy combatiendo la incorporación de la mujer al mundo
del trabajo; simplemente estoy dando valor a una figura que, muy injustamente,
ha sido tratada como una nulidad y una carga, cuando ha sido, precisamente, lo
contrario. Y muchas, muchísimas mujeres que están limpiando mierda (o
comiéndosela, según se mire) en muchísimos sitios, darían los dientes por poder
hacer lo mismo pero únicamente en su propia casa, solamente con la mierda de su
familia; por eso decía antes lo de la estafa: para no pocas mujeres, lo ha sido
y de las buenas. También es necesario precisar que si la figura se recuperara, habría que tener en cuenta muy seriamente el ingreso -quizá en número importante- de hombres en el oficio.
La desaparición del ama de casa -vamos a llamarla
bien, por su verdadera denominación
profesional- ha causado perjuicios que la ceguera y la estupidez de lo
políticamente correcto nos impiden ver.
Las lacras que nuestra salud está padeciendo a causa de una alimentación
deficiente devenida del sistema actual de horarios y de trabajo, causa al año
más muertes que la carretera y el tabaco juntos, y si no, que lo pregunten a
cardiólogos, vasculares y endocrinos. La suculenta sabiduría instintiva y
ancestral de la maruja nos preservaba de
colesteroles, azúcares, hipertensiones y demás bazofia físico-química
intracorpórea, al menos hasta cierta edad, no como ahora, que estamos
putrefactos en vida apenas tocar los treinta. Los niños ya no
viven en casa: pernoctan en ella; los
horarios de sus padres los machaca a
actividades extraescolares, cuando
antes pasaban con la madre muchas horas y adquirían las necesarias referencias,
esas referencias que cuando se pierden se asesina a la pareja con una katana o
se quema viva a una mendiga en un cajero de la
Caixa. Y como todo tiene su importancia, la
maruja era un elemento de continuidad de
la cultura autóctona, en lo gastronómico, en lo tradicional, hasta en aquella
modesta medicina que tan potente resultaba contra esas pequeñas afecciones que
sufrimos con frecuencia y que aquel jarabe casero, esas hierbas o ese anís de
guindas... Todo ello a beneficio de las multinacionales de la comida basura, de
las pastillas basura o de esa basura asquerosa vestida de rojo (por CocaCola,
precisamente) que nos revienta las navidades mediterráneas.
Adiós, charlatán. Adiós,
maruja. Vuestra muerte nos ha matado a
todos un poco.
Y no es un decir.
Por: Javier Cuchí | Los jueves, paella | Comentarios (4) | Referencias (1)
"La figura del charlatán ha decaído. Apenas los he visto en Asturias en los últimos años y ya ni me acuerdo de cuándo fue la última vez que vi uno en Cataluña"
¿Hago algún comentario, o huelga por lo obvio? ;-D
Bacci abondanti...
Monsignore | 12-01-2006
Me ha gustado mucho tu texto y el "rescate" de las marujas.
En Gijón de vez en cuando aparece (en la Semana Negra está siempre) un genuino charlatán con un camión lleno de figuras, figuritas y estatuas de mediano tamaño. Es impresionante el rollo que tiene "le voy a cobrar sólo 12 euros... y además se va a llevar ésta y ésta otra..." El tío logra marcharse siempre con el camión vacío. Un auténtico crack.
pululante | 12-01-2006
En la Plaza Mayor de Valladolid existe una ferretería, similar a la que describes, en la que puedes pasar la mañana viendo los más diferentes e insospechados artilugios que nunca he visto.
Desde la sartén para un huevo, los pela-ponga_aqui_lo_que_quiera, los abrebotellas para sidra, cava, bricks y cualquier otro chisme seguro que también lo encuentras ahí.
PerroVerd | 12-01-2006
El jueves pasado, como otros, imprimí la paella para leerla en el bus o en el metro de camino a casa. No se por qué pero elegí el metro i he decidido que si hay paella, en formato papel, los jueves toca bus:
Estación de metro de Paseo de Gràcia: Empecé a leer la paella i el tema me recordó a mi infancia en la que estaba presente la figura del charlatán moderno, aquel que vendía colchones, fundas de sofá o melones en verano, que ya hace unos años que ha desaparecido de las calles de mi pueblo. Seguí leyendo y me hizo especial gracia el tema de la ferretería de la calle Gran de Gràcia, que descubrí cuando hace dos años cambiamos de edificio y que curiosamente comenté a mi padre su existencia i que igual que Javier Cuchí fuimos a ver su escaparate por lo original que resulta. Levanto la cabeza i estoy en Plaça de Sants. Ostras!!!! Me he pasado de estación, qué rabia sólo por una, bajo del metro, camino unos metros y me dispongo a coger el metro en el sentido contrario, una vez en el andén se oye por la megafonía un mensaje que pide que el operario responsable de la señalización se ponga en contacto con Radio Metro; minutos más tarde se repite el mensaje esta vez con el nombre y apellidos del operario en cuestión. Minutos más tarde el comunicado que me temía, por cuestiones técnicas el servicio de metro estaba parado en la línea cinco. Entre tanto ya tenia la paella terminada, la verdad es que me gustó tanto que me pasé de parada i lo demás un cúmulo de despropósitos. Al final terminé mi periplo i llegué a casa, donde me esperaba un despropósito más: mi mascota se había emancipado.
Conclusión a partir de ahora, los jueves, bus por que el final de línea coincide con mi destino i no hay peligro de terminar en Tombuctú.
Rosa Carol | 16-01-2006
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El Incordio » Blog Archive » Paella (o sartenazo) educacional | 2008-02-22 17:40:37
[...] elogio de la maruja en el que sostenía, entre otras muchas cosas, que la figura del ama de casa y la vida familiar distinta a la actual que esa figura suponía y que, a los efectos que me interesan para el caso, consistía en una mayor con [...]