
Me llamo Javier Cuchí y soy miembro de la Asociación de Internautas y de Hispalinux.
El conocimiento corre hoy serio peligro como derecho universal que existe desde el alba de la Humanidad. Me preocupan, y mucho, las crecientes maniobras de varios sectores financieros (bajo denominaciones sugerente y falsariamente industriales o artísticas) y de sus factótums políticos, que no pretenden otra cosa que la apropiación ilegítima y fraudulenta de ese conocimiento para convertirlo en un valor puramente especulativo, restringido y escaso, fuente de aún mayores desigualdades y exclusiones de personas, sociedades y pueblos, y causa de pobreza y de subdesarrollo
Un grito de alerta, un silbato que clama «¡Al ladrón!», una voz de protesta, un «no convencéis y está por ver si vencéis»

© Javier Cuchí
Barcelona, 2005-2006
Jueves, 05 de enero de 2006
De la serie: «Los jueves, paella»
Vaya, me sabe mal ponerme sarcástico con Amnistía Internacional, que me merece un respeto y un tal, no como esos otros que buscan pederastas por el centro de la Tierra, pero es que el tema de la censura lo tengo tan a flor de piel que cuando oigo hablar de regular según qué cosas ya acerrojo el fusil de asalto. La de hoy no es nueva: la criminalización de los juegos calificados como violentos. De los juegos electrónicos, por supuesto. Hace unos meses ya dediqué un artículo a este tema a caballo de otro de Daniel Rodríguez, quien también ha escrito sobre la materia nuevamente y por la misma razón. Se queja Amnistía Internacional de la facilidad con que los menores acceden a juegos electrónicos de contenido violento y clama por la correspondiente regulación. Y a todo el mundo -irreflexivamente- le parece muy bien, sí, señor, que se regule. Digo irreflexivamente porque en esa suerte de fobia a la red que se está implantando -y que tiene un estupendo terreno abonado en la ignorancia general sobre ella- las exigencias de regulación calan pronto y hondamente. No nos damos cuenta nunca del efecto rebote que suele tener tanta regulación: hoy se pide que le tapen la boca a Jiménez Losantos -prestoso sí que lo sería, la verdad, pero no es cuestión- y mañana, en este país, no habla nadie que no sea Gabilondo. Darle un martillo a un psicópata para que le abra la cabeza al vecino conlleva el peligro de que la cabeza abierta, y quizá antes que la del vecino, sea la nuestra.
Este tipo de cosas siempre me induce a reflexionar sobre otras más cotidianas para la gente: ¿qué hubiera sucedido si, a principios del siglo XX, alguien hubiera querido poner coto al desarrollo del automóvil alegando -y hasta probando, pongamos por hipótesis- la matanza que iba a haber en las carreteras de todo el mundo? En todo el siglo XX y lo que llevamos de XXI, el número de muertos en accidentes de carretera se cuenta por millones y ya me gustaría a mí comparar esa cifra con la de guerras importantes. Puestos a hacer demagogia, podríamos preguntarnos si la carretera no habrá supuesto en España tantos muertos como la guerra civil (quizá más) y, por tanto, si no habría que ir suprimiendo las carreteras; dados los casos de slamming abusando de los ancianitos en su propia casa, habría que prohibir la venta o las promociones domiciliarias (uf, con lo engorrosas que son...); habría que prohibir hasta los autobuses, puesto que las estadísticas demuestran que la práctica totalidad de los ciudadanos fallecidos en los últimos treinta años ha tomado el autobús al menos una vez en su vida (después de todo, esa estúpida ley antitabaco prohibe regalar a los niños los tradicionalísimos cigarrillos de chocolate tan clásicos en Reyes).
No hace muchos días leí que los videojuegos más comprados transcurren en el ámbito del automovilismo (el "Fernando Alonso", el "Collin McRae", etc.), cosas nada violentas -a no ser que se les culpe de la mortalidad en carretera- y que les acompañaban en los primeros puestos de esa clasificación de ventas otras aplicaciones lúdicas que poco tienen que ver con el tiroteo.
Las prohibiciones, por lo demás, no tienen otro efecto que el de hacer atractivo lo prohibido. ¿Queréis pruebas, amigos de Amnistía Internacional? Mirad las fotografías de los distintos salones de ocio navideño (Salón de la Infancia de Barcelona, el más clásico y sus hermanos de Valencia, Madrid y tantas otras ciudades) y mirad los pabellones militares: abarrotados de niños encaramados en carros de combate y jugando al artillero con cañones de 120 mm. Y que conste que no tengo nada, por principio, contra la presencia de esos stands militares; la vida militar forma parte, guste o no, de la normalidad de nuestra estructura social, aquí y en todo el mundo. Pero ese ya sería otro tema.
Por: Javier Cuchí | Los jueves, paella | Comentarios (1) | Referencias (0)
Cuando son otros los que nos privan de nuestros derechos nos preguntamos "¿Dónde está la Guardia Urbana? Seguramente recaudando: poniendo multas a los coches mal aparcados...?"
Cuando durante años he tenido que soportar el humo de mis compañeros trabajo (alergia menor agravada hasta tener que tomar antihistamínicos) donde estaba la policía que hiciera respetar mis derechos. Ah, que no la podía llamar!!!
Pues eso: "Tener derecho y no poder, es como no tener derecho"
Saludos
Alguna Vez | 09-01-2006