Jueves, 29 de diciembre de 2005
De la serie: «Los jueves, paella»
La noticia apareció en la página de las noticias de última hora de «El Periódico» de anteayer, pero en la edición común de ayer no estaba o yo no la supe encontrar. ¿Una inocentada que se le escapó anticipadamente a un redactor? Ya podría ser, ya, porque la tal noticia decía que según un estudio, los ricos viven más y mejor que los pobres. Nos ha jodido mayo con sus flores, para eso hacía falta un estudio...
Esto de los estudios es un cachondeo bien conocido en los medios científicos y largamente denunciado por el amigo Josu Mezo en su Malaprensa, entre otros. Falta de identificación de los autores o de su procedencia, muestras de risa cuando se trata de bases estadísticas, cálculos mal hechos (o mal reflejados por el redactor del medio) y así un etcétera larguísimo.
El estudio al que me refiero, según la fugaz no sé si noticia o inocentada, parece haber sido hecho por catorce científicos de una universidad israelí aunque -disculpadme si me equivoco, la memoria es débil- la muestra de los sujetos presuntamente estudiados era asaz ínfima, creo que rondaba el centenar en cada categoría (o sea, ricos y pobres). Sólo con esto ya bastaría para que Josu descalificara el estudio. Pero es que el estudio se descalifica a sí mismo en su globalidad (insisto: siempre que no fuera una inocentada prematuramente publicada, porque es que cuesta creer que eso pueda ir en serio). Gastar dinero en demostrar que los ricos viven más y con más salud que los pobres es algo que apesta a caza fraudulenta de subvenciones. No creáis que es tan difícil: basta poner en la solicitud de financiación pública un título rimbombante, algo así como «Caracterización de la calidad de vida en distintos grupos sociales por tramos de edad» o cosa parecida, para que mi querido colega, funcionario burocrático, como yo, le dé el pase a trámite. La resolución definitiva pasa por unos elípticos expertos -a quienes no conoce yo diría que ni su padre- integrados en misteriosas comisiones asesoras, tras cuyo dictamen -generalmente también nebuloso y desconocido- otro funcionario burocrático mira la partida presupuestaria correspondiente y, si hay fondos, redacta la propuesta de resolución positiva que el director general competente (o incompetente, en no pocos casos) firmará sin leer. Voilà, ya tenemos subvención.
Aviso: esto no pasa solamente en la administración catalana, extremeña, andaluza o estatal: esto pasa en toda Europa (no veas la mierda que baja de Bruselas) y en los mismísimos Estados Unidos. ¿Y queréis saber otra cosa? También pasa cuando el ente subvencionador es la empresa privada. Palabra: lo sé de muy buena tinta (o sea: lo he visto yo con mis propios ojos).
Y todo esto sin corrupción. Porque lo que seguramente sorprenderá al lector es que todo este escenario no implica necesariamente corrupción política; no estoy hablando -aunque el caso también puede darse y, de cuando en cuando, se da, naturalmente- del director general que le otorga la subvención a un cuñado: estoy hablando de una modalidad obsoleta -la subvención pública a organismos y empresas privadas- y universalmente mal gestionada.
En todo el mundo desarrollado, los resursos para ciencia, investigación e innovación son escasos (en el mundo por desarrollar, inexistentes); uno diría que el principio, ante tanta escasez, es que el dinero público se destinara a los proyectos públicos y el mundo privado que se buscara la vida con sus proyectos de empresa (para eso tiene toda esa mierda de patentes y de propiedad intelectual que le permiten impunemente el gran negociazo). Pero el mundo de la empresa privada, siempre tan celoso en la custodia de la iniciativa privada y tan vendedor de esa presunta -y falsa- mayor eficiencia de lo privado sobre lo público, no renuncia, ni siquiera por mor de sus propios principios, a meterle mano al monedero de la hacienda pública.
Éramos pocos y parió la abuela
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Hace más años de los que me gusta contabilizar, Toni Leblanc tenía un programa televisivo propio en la sobremesa dominical. Paso por alto la calificación cualitativa del programa y de la analfabética aceptación general que tuvo (entre otras cosas, porque no había otra televisión). Uno de los personajes que escenificaba era un ridículo niño llamado -creo recordar-
Cristobalito Gazmoño que siempre cantaba una estupida canción cuyo estribillo decía:
«Mi padre tiene un barco ¡mecachis en la mar!».
Mi padre no tiene un barco, pero todos los españoles tenemos unos cuantos, buques generalmente violentos (no en vano se llaman
de guerra) que se mueven de acá para allá cumpliendo las órdenes emanadas del Gobierno y concretadas a través de lo que se llama
el conducto reglamentario que, en muchas ocasiones, es bastante corto y directo.
Sic stantibus rebus parece que tenemos un barquito... por ahí. ¡Mecachis en la mar! Resulta que ese barquito es del tipo más nuevo y más potente (después del
Príncipe de Asturias) de nuestra flota (la cosita en cuestión desplaza la friolera de casi seis mil toneladas y va armada, entre otras cosas, con un sistema antiaéreo
Aegis que es algo imponente) y este barquito lo tenemos ahora de paseo por el área de guerra de Oriente Medio dando escolta a un portaaviones nuclear norteamericano que se ha dedicado últimamente a dar algunas picadas de cresta a objetivos sirios e iraquíes.
Por partes. En primer lugar, como ciudadanito español, considero que está muy feo participar en una misión de combate que se dedica a cascar a naciones que no sólo no nos han hecho nada sino que mantenemos con ellas relaciones casi cordiales y todo (me refiero a Siria). En segundo lugar, yo creía que Zap I
El Anodino había retirado a todas las fuerzas españolas del teatro de operaciones iraquí y ahora parece ser que no. En tercer lugar,
El Anodino, a través de sus portapartes, se permite burlarse de los españoles diciendo que la fragatita en cuestión
no participa en misiones de combate. Pero ¿qué cojones de idea cree Zap que tenemos de lo que es una
misión de combate? Para su desgracia, todavía somos muchísimos los ciudadanos que hemos hecho la mili y que sabemos (¿le enseño la doctrina, presidente?) que el combate es un
hecho global en el que participan todos los servicios de una fuerza. Un cocinero, por ejemplo, no participa directamente en el tiroteo como lo hace el fusilero de infantería que está batiendo el cobre en un pozo de tirador, pero está incurso en la
misión de combate en la que se halla empeñada la fuerza a la que está adscrito. La prueba es que él y su cocina constituyen un
objetivo militar para el enemigo y nadie procesaría por criminal de guerra al piloto o al artillero del bando contrario que volaran por los aires a nuestro pobre
cocinillas y a toda su instalación.
Sigamos yendo por partes. Zap I
El Anodino está donde está por tres razones: la primera, por el deterioro del aznarismo en el asunto
Prestige, tanto por causa de la negligencia de los gestores de la catástrofe como de la concatenación de mentiras con que se pretendió desinformar a la ciudadanía (recuérdense los
hilillos de Rajoy); la segunda, por el caso omiso que el aznarismo hizo de la masiva protesta contra la guerra en Irak y contra la intervención española en la misma; la tercera, por la intoxicación que el aznarismo practicó -o intentó practicar- sobre la ciudadanía alrededor del atentado del 11 de marzo de 2004 en Madrid, atribuyendo tozuda y dolosamente a ETA el atentado incluso cuando era ya más que evidente que la autoría pertenecía al terrorismo islámico. No sin antes aclarar que lo dicho no supone, en absoluto, culpar al Gobierno de entonces ni por la catástrofe del
Prestige ni por el atentado del 11-M, que hay quien confunde -a propósito- la crítica a la negligencia y a la intoxicación falsaria con la atribución directa de la culpa (cosa que no se ha hecho jamás), habrá que decirle a don Zap que nadie daba un céntimo por su presidencia en 2004 (el PP no luchaba denodadamente por su victoria, que tenía segura, sino por revalidar su mayoría absoluta, que esa sí que peligraba, aunque el 10-M parecía que sí, que iba a lograr mantenerla).
Zapatero jamás ha producido en el ánimo de los españoles otra cosa que conmiseración. No está donde está por mérito propio: llegó a secretario general del PSOE como única solución para que el partido no se fragmentara, no porque nadie creyera en él (la solución tenía que ser un tío anodino, no había otra posibilidad); estando ahí, llegó a presidente del Gobierno porque su partido era la única forma de despedir a Aznar con una más que merecida patada en el culo. Pero todo su mérito ha sido
pasar por ahí -y más bien casualmente- cuando todo a su alrededor se desmoronaba.
Pero va llegando la hora de pasar lista a sus propias mentiras: la retirada de Irak, ahora parece que no incluía (¡mecachis en la mar!) al barquito
que no entra en combate; el estatuto catalán -lo digo sin entrar en el fondo de la cuestión- iba a ser apoyado por el PSOE
tal como saliera del Parlament de Catalunya (y mira la que hay armada a fecha misma de hoy); y su
paraíso de libertades incluye un vasto proyecto de censura que va desde Internet a los medios de comunicación convencionales.
Su única esperanza para el 2008 sigue estando -como siempre en ese pobre hombre- en las cagadas de los demás, en que Rajoy no reduzca al silencio y a la obediencia a esa perrera que tiene ahí desencadenada. Como lo haga, Zap saldrá bien escaldado para los restos.
Hay que joderse: setenta años después, Casares Quiroga cabalga de nuevo.
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El consejero de Industria del Principado de Asturias anunció
para la semana pasada una solución para MENASA, en el bien entendido de que esa solución lo era para la empresa y para sus trabajadores. Pero nada, no fue sino un ejercicio más del mareo de la perdiz: cincuenta familias pasaron las navidades más putas de su vida y, salvo una sorpresa rayana en el milagro, les espera el fin de año más cabrón que quepa imaginarse en nuestro modo de vida. Al ERE le quedan dos mesecitos de plazo -no sé ni si llega- y aquí no sale nada en limpio (ni en claro, porque no hay manera de enterarse de lo que está verdaderamente pasando en esas extrañísimas negociaciones de no se sabe quién con quién ni sobre qué).
Quiero dedicar las últimas líneas de mi
paella en este año de su nacimiento a estas cincuenta familias. Nada, una gota en el mar de la catástrofe social que estamos padeciendo gracias a la progresiva implantación del megaliberalismo que el propio Zap está ayudando a que nos metan sin siquiera vaselina. Un problemilla como hay miles en España, que apenas se conoce fuera de Asturias y que, realmente, apenas trasciende fuera de Langreo o, todo lo más, de la cuenca del Nalón. Me importa, sin embargo, que sepan que desde aquí, desde Catalunya, hay alguien, uno por lo menos, a quien le importan más esas cincuenta familias que todas las putas naciones del universo, legisladas o no. Y que cuando suenen las campanadas, MENASA formará parte de sus pensamientos.
Otra cosa no puedo hacer, pero esta no faltará.
Por: Javier Cuchí | Los jueves, paella | Comentarios (1) | Referencias (0)