
Me llamo Javier Cuchí y soy miembro de la Asociación de Internautas y de Hispalinux.
El conocimiento corre hoy serio peligro como derecho universal que existe desde el alba de la Humanidad. Me preocupan, y mucho, las crecientes maniobras de varios sectores financieros (bajo denominaciones sugerente y falsariamente industriales o artísticas) y de sus factótums políticos, que no pretenden otra cosa que la apropiación ilegítima y fraudulenta de ese conocimiento para convertirlo en un valor puramente especulativo, restringido y escaso, fuente de aún mayores desigualdades y exclusiones de personas, sociedades y pueblos, y causa de pobreza y de subdesarrollo
Un grito de alerta, un silbato que clama «¡Al ladrón!», una voz de protesta, un «no convencéis y está por ver si vencéis»

© Javier Cuchí
Barcelona, 2005-2006
Jueves, 22 de diciembre de 2005
De la serie: «Los jueves, paella»
El asesinato brutal de una mendiga en la zona alta y elegante de Barcelona a manos de tres pijos ha conmocionado la ciudad. La ciudad, la región y quizá el país. Es uno de aquellos hechos que sacude conciencias, las conciencias de todos; bueno, al menos, las conciencias de quienes la tenemos.
En primer lugar, por la víctima. Una mendiga, un infraente, un nadie (porque lo de don nadie es una categoría superior dentro de los pringados) que, de pronto, cobra presencia, visibilidad; súbitamente, se convierte en un ser humano: de cuerpo presente (apaleado y quemado), pero humano. Y todos adquirimos una cierta sensación de culpabilidad, como si nuestra indiferencia hacia esa no presencia, ahora brutalmente materializada, nos hiciera en cierto modo cómplices de la animalada.
En segundo lugar, por los asesinos. No son los típicos pseudonazis con la berza tan limpia de pelo como de inteligencia; no forman parte de la no menos típica escoria de los campos de batalla europeos que manejan pistolas y subfusiles como cualquiera un bolígrafo y que viven del atraco y del asesinato a sueldo; no son desgraciados a quienes la pobreza y el analfabetismo han reducido funcionalmente a la discapacidad mental y que un día pierden el oremus y se cargan a escopetazo limpio a la esposa, a los hijos y hasta a la suegra si les pilla de camino. Son unos chicos de familias estructuradas, digamos que normales y corrientes -un poquito montadas en el dólar, pero normales y corrientes- con sus estudios, con sus oportunidades al cien por cien... con todo.
En tercer lugar, por los padres de los asesinos. Leía esta mañana las declaraciones del padre de uno de los mayores de edad, ingeniero y profesor en una de las universidades barcelonesas (no dice cuál, pero, además de que es fácil de adivinar, ya nos enteraremos más temprano que tarde) y para otro padre, como el que suscribe, es relativamente fácil (sólo relativamente) imaginar (sólo imaginar) por lo que estará pasando este hombre: desde el shock a la desesperación, pasando por una inconmensurable estupefacción. Ya no sólo por la consciencia de que, con casi toda seguridad, su hijo va a pasar unos cuantos años en prisión -muchos, por pocos que sean- y de que ha enviado su vida a la mierda, sino porque un acontecimiento así no cabía en su imaginario vital. Uno puede imaginarse sufrir un accidente de automóvil, puede ver -en atroces pesadillas- a sus hijos, a su pareja, muertos en ese accidente; uno puede imaginarse, a sí mismo o a sus seres queridos, víctima de un cáncer o de cualquier otra enfermedad luctuosa; uno puede verse, por más segura que sea su posición, en la ruina, en la necesidad, quizá incluso en el hambre. Será más o menos difícil -pensamos- pero en el fondo del cajón de nuestros temores ese cálculo existe, está ahí. Pero... ¿cómo puedo someter siquiera a remotísimo cálculo que cualquiera de mis hijas, que alguna de mis dos princesitas, que uno de esos dos bebés que tuve orgulloso en mis brazos, suave, dulce y amoroso, pueda convertirse en un momento dado en una especie de bestia espantosa, cometer una atrocidad tan enorme y afrontar, en consecuencia, un castigo no por merecido menos terrorífico? No, no, eso está completamente fuera de mi cultura, fuera de mi capacidad de previsión, por más que la fuerce. Y a ese hombre, a ese padre, su capacidad de previsión no le ha sido forzada, le ha sido reventada por los acontecimientos. Nunca lo concibió (nadie lo concibe) y la realidad le ha estallado en la cara. No lo entiende y, probablemente, nunca lo entenderá.
Ha muerto de manera brutal -no solo físicamente brutal sino también conceptualmente brutal- un ser humano al que jamás habíamos dispensado tal consideración. Esos muchachos, conviene que lo asumamos, simplemente llevaron al paroxismo, a su extremo más inconcebible, algo que todos sentimos y que asumimos de manera cotidiana. Los nazis no surgieron por generación espontánea ni pasó lo que pasó por casualidad: no fueron más que la exacerbación de un sentimiento común entre los alemanes y que llevaron a sus últimas e inconcebibles consecuencias.
O tomamos nota muy seria de la cuestión o no harán falta muchos años para que el problema ni sea sólo de un muerto ni de sólo tres muchachos.
Ya lo dijo Ivà: la verdad jode, pero curte.
Por: Javier Cuchí | Los jueves, paella | Comentarios (1) | Referencias (0)
Javier, pregúntales a tus princesitas, averigua si ellas consideran a un indigente o un inmigrante más como una no-persona que como un ser humano. Una vez respires más tranquilo, empieza a indagar entre la muchachada que te rodea y sigues con los más viejos. Esperemos que no te lleves la misma sorpresa que me llevé yo.
el espía | 22-12-2005