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El Incordio

¿Quién soy yo?




Me llamo Javier Cuchí y soy miembro de la Asociación de Internautas y de Hispalinux.

El conocimiento corre hoy serio peligro como derecho universal que existe desde el alba de la Humanidad. Me preocupan, y mucho, las crecientes maniobras de varios sectores financieros (bajo denominaciones sugerente y falsariamente industriales o artísticas) y de sus factótums políticos, que no pretenden otra cosa que la apropiación ilegítima y fraudulenta de ese conocimiento para convertirlo en un valor puramente especulativo, restringido y escaso, fuente de aún mayores desigualdades y exclusiones de personas, sociedades y pueblos, y causa de pobreza y de subdesarrollo

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¿Qué es «El Incordio»?


Un grito de alerta, un silbato que clama «¡Al ladrón!», una voz de protesta, un «no convencéis y está por ver si vencéis»

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Jueves, 22 de diciembre de 2005

Animales, rebeldes y quinarios

De la serie: «Los jueves, paella»

El asesinato brutal de una mendiga en la zona alta y elegante de Barcelona a manos de tres pijos ha conmocionado la ciudad. La ciudad, la región y quizá el país. Es uno de aquellos hechos que sacude conciencias, las conciencias de todos; bueno, al menos, las conciencias de quienes la tenemos.

En primer lugar, por la víctima. Una mendiga, un infraente, un nadie (porque lo de don nadie es una categoría superior dentro de los pringados) que, de pronto, cobra presencia, visibilidad; súbitamente, se convierte en un ser humano: de cuerpo presente (apaleado y quemado), pero humano. Y todos adquirimos una cierta sensación de culpabilidad, como si nuestra indiferencia hacia esa no presencia, ahora brutalmente materializada, nos hiciera en cierto modo cómplices de la animalada.

En segundo lugar, por los asesinos. No son los típicos pseudonazis con la berza tan limpia de pelo como de inteligencia; no forman parte de la no menos típica escoria de los campos de batalla europeos que manejan pistolas y subfusiles como cualquiera un bolígrafo y que viven del atraco y del asesinato a sueldo; no son desgraciados a quienes la pobreza y el analfabetismo han reducido funcionalmente a la discapacidad mental y que un día pierden el oremus y se cargan a escopetazo limpio a la esposa, a los hijos y hasta a la suegra si les pilla de camino. Son unos chicos de familias estructuradas, digamos que normales y corrientes -un poquito montadas en el dólar, pero normales y corrientes- con sus estudios, con sus oportunidades al cien por cien... con todo.

En tercer lugar, por los padres de los asesinos. Leía esta mañana las declaraciones del padre de uno de los mayores de edad, ingeniero y profesor en una de las universidades barcelonesas (no dice cuál, pero, además de que es fácil de adivinar, ya nos enteraremos más temprano que tarde) y para otro padre, como el que suscribe, es relativamente fácil (sólo relativamente) imaginar (sólo imaginar) por lo que estará pasando este hombre: desde el shock a la desesperación, pasando por una inconmensurable estupefacción. Ya no sólo por la consciencia de que, con casi toda seguridad, su hijo va a pasar unos cuantos años en prisión -muchos, por pocos que sean- y de que ha enviado su vida a la mierda, sino porque un acontecimiento así no cabía en su imaginario vital. Uno puede imaginarse sufrir un accidente de automóvil, puede ver -en atroces pesadillas- a sus hijos, a su pareja, muertos en ese accidente; uno puede imaginarse, a sí mismo o a sus seres queridos, víctima de un cáncer o de cualquier otra enfermedad luctuosa; uno puede verse, por más segura que sea su posición, en la ruina, en la necesidad, quizá incluso en el hambre. Será más o menos difícil -pensamos- pero en el fondo del cajón de nuestros temores ese cálculo existe, está ahí. Pero... ¿cómo puedo someter siquiera a remotísimo cálculo que cualquiera de mis hijas, que alguna de mis dos princesitas, que uno de esos dos bebés que tuve orgulloso en mis brazos, suave, dulce y amoroso, pueda convertirse en un momento dado en una especie de bestia espantosa, cometer una atrocidad tan enorme y afrontar, en consecuencia, un castigo no por merecido menos terrorífico? No, no, eso está completamente fuera de mi cultura, fuera de mi capacidad de previsión, por más que la fuerce. Y a ese hombre, a ese padre, su capacidad de previsión no le ha sido forzada, le ha sido reventada por los acontecimientos. Nunca lo concibió (nadie lo concibe) y la realidad le ha estallado en la cara. No lo entiende y, probablemente, nunca lo entenderá.

Ha muerto de manera brutal -no solo físicamente brutal sino también conceptualmente brutal- un ser humano al que jamás habíamos dispensado tal consideración. Esos muchachos, conviene que lo asumamos, simplemente llevaron al paroxismo, a su extremo más inconcebible, algo que todos sentimos y que asumimos de manera cotidiana. Los nazis no surgieron por generación espontánea ni pasó lo que pasó por casualidad: no fueron más que la exacerbación de un sentimiento común entre los alemanes y que llevaron a sus últimas e inconcebibles consecuencias.

O tomamos nota muy seria de la cuestión o no harán falta muchos años para que el problema ni sea sólo de un muerto ni de sólo tres muchachos.

Ya lo dijo Ivà: la verdad jode, pero curte.

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Cambio de tercio y -vaya por Dios- de talante. Los empresarios hosteleros vascos abren un resquicio a la esperanza declarándose en estado de resistencia cívica ante la llamada ley antitabaco por causa de las dificultades que esta ley -más bien un ukase zarista- causa en el sector. Alegan que el problema no es el antitabaquismo sino el que no se haya establecido un período transitorio razonable y el que se constituya a las empresas en gendarmes de la prohibición. En resumidas cuentas, y como viene siendo costumbre en los políticos, se hacen las leyes a lo franquista, pasando de los intereses de los ciudadanos y de los sectores afectados (cuando éstos no forman parte de las grandes corporaciones multinacionales o de los aparatos de propaganda cultural del partido de turno).

La resistencia va a consistir en que buscarán el menor resquicio legal para saltarse la normativa de forma, valga la redundancia, asimismo legal. Es una manera como cualquier otra. Lo importante es que se ponga manos a la obra en materia de subversión de las leyes dictatoriales.

A ver si las cosas van como deben y obtienen resultados, porque si los obtienen estarán señalando un camino, un buen camino que aquí no hemos cesado de propugnar: el de la resistencia civil, el de la subversión, el de la insumisión. Si fueron buenos contra la mili no veo por qué no van a serlo contra las zapatadas (o contra las closadas, por otro interesante caso).

Y cuando se hayan quitado de encima el marrón antitabáquico, espero que emprendan el mismo camino ante el marrón al que les somete la $GAE, que ha tomado al sector como la vaca lechera de sus ingresos.

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Mi amiga quinaria


No, no, no es ninguna cosa fea (ni guarra, so mal pensado), aunque sí rara como un perro verde. No mi amiga, sino la coña marinera esa de lo quinario. Pero vamos por partes...

Mi amiga es una compañera de trabajo; se llama Rosa y es una joven y brillante economista empleada en el sector público. Recientemente se ha visto implicada en diversos estudios y jornadas que tratan sobre el sector quinario, un palabro que suena a cachondeo y que muy probablemente lo sea porque, entre otras cosas, anda un invento de Clos por medio, o sea que temeos lo peor.

Yo no conocía muy bien -es decir, seamos claros: desconocía absolutamente- el mundo de la quinaridad y ni siquiera una búsqueda en San Google me aclaró las cosas, porque pude ver un sinfín de alusiones a la palabrota pero ninguna definición de la misma; es algo común en el mundillo de la corbata y la gomina, eso del uso de palabras rarísimas que no hay cristiano capaz de entender (ni siquiera los engominados mismos, con hartísima frecuencia). De modo que en mi cultural desesperación me fui al último recurso, a la más matada de las fuentes de conocimiento: el Rincón del Vago. Pues, mira: bingo. En el Rincón del Vago pude encontrar un trabajillo -anónimo, sentiré no poder citar a su autor- en el que se dice: «Otras clasificaciones han tratado de aislar dentro del sector servicios, al subsector del terciario superior o cuaternario, referido a las actividades de investigación científica, gestión, profesionales liberales, altamente cualificados y especializados. Incluso hay algunos que hablan del sector quinario, con actividades relacionadas con la toma de decisiones en aspectos técnicos u organización del territorio, con una especialización extrema» (la negrita de la cita es mía). Consultada esta definición con Rosa la encontró, en su parquedad, bastante aproximada y, en todo caso, de una calidad sorprendente, dada la fuente.

O sea que eso: que esto de formar parte del sector servicios es algo que algunos no digieren del todo bien. Mira que, con lo que se gastan en fardar y en aprenderse palabrejas raras que no suelen significar nada, correr el riesgo de ser confundidos con simples camareros... ¡No lo quiera Dios!

Y, efectivamente, la gentecilla de Clos se lo ha echado a la espalda con singular entusiasmo. Con el rollo de lo quinario igual epata a los ciudadanos y los convence de que pese a que la ciudad está hecha una mierda por su gestión abarrotada de negligencia, estamos en una urbe cool y tope chupi guay... siempre que no seas un puto mendigo okupa de los cajeros de Santa Caixa.

Y en cuanto a mi amiga Rosa, ella sabe mucho de quinarismo, pero ella de quinaria, nada: es una chavala que trabaja como una burra, que en este momento está gozando de unas merecidísimas y tardías vacaciones, que sabe cien veces más y gana diez veces menos que muchísimo imbécil que hay por ahí suelto.

Que descanses, Rosa, y que pases unas felices fiestas. Y a lo quinario le haces como al tió.

Tú ya me entiendes...

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Bueno, pues ya está. Ya está por este primer jueves -casi, casi primer día- de invierno (entró ayer a las siete y media de la tarde, hora peninsular española). El próximo jueves será un nuevo hito: el último del año y enclavado justo en mitad de las fiestas.

Veremos qué nos deparará de aquí a entonces este desgraciado país.

Que nos sea leve.

Por: Javier Cuchí | Los jueves, paella | Comentarios (1) | Referencias (0)

Comentarios

Javier, pregúntales a tus princesitas, averigua si ellas consideran a un indigente o un inmigrante más como una no-persona que como un ser humano. Una vez respires más tranquilo, empieza a indagar entre la muchachada que te rodea y sigues con los más viejos. Esperemos que no te lleves la misma sorpresa que me llevé yo.

el espía | 22-12-2005

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