
Me llamo Javier Cuchí y soy miembro de la Asociación de Internautas y de Hispalinux.
El conocimiento corre hoy serio peligro como derecho universal que existe desde el alba de la Humanidad. Me preocupan, y mucho, las crecientes maniobras de varios sectores financieros (bajo denominaciones sugerente y falsariamente industriales o artísticas) y de sus factótums políticos, que no pretenden otra cosa que la apropiación ilegítima y fraudulenta de ese conocimiento para convertirlo en un valor puramente especulativo, restringido y escaso, fuente de aún mayores desigualdades y exclusiones de personas, sociedades y pueblos, y causa de pobreza y de subdesarrollo
Un grito de alerta, un silbato que clama «¡Al ladrón!», una voz de protesta, un «no convencéis y está por ver si vencéis»

© Javier Cuchí
Barcelona, 2005-2006
Jueves, 08 de diciembre de 2005
De la serie: «Los jueves, paella»
Hola, queridos lectores...
Ante el mutismo de «El Incordio» desde el jueves pasado -desde la última paella, precisamente- muchos habréis pensado que este escribidor golferas se ha echado al puente y a la molicie. Bueno, ganado me lo tendría y, de hecho, durante todo este año no he disfrutado de mis funcionariales moscosos reservándomelos en su práctica integridad para este puente larguísimo y absurdo y para unas breves vacaciones navideñas que, en realidad, serán vacaciones epifánicas (ya se sabe quién manda en casa, aparte de la señora, cuando hay niños).
Pero se equivoca quien piense que me he dedicado a descansar y a tumbarme a la bartola. No; desgraciadamente, no. Me he dedicado a alternar en mi domicilio con diversas patrullas de la Guàrdia Urbana, a pasar media mañana dominical en la comisaría de los Mossos d'Esquadra y a echar una tardecita en el Juzgado de Guardia y todo ello... ¿para qué? Pues, según las propias y diversas autoridades, prácticamente para nada.
Me explico: soy víctima de una especie de mobbing vecinal. Resulta que tengo bajo mi casa una vecina -cuyas luces, según todas las apariencias, andan bastante apagadas- que, en sus desvaríos, la ha tomado conmigo y se dedica a pasarse noches enteras (así como suena: enteras) a insultarme (y no veas qué insultos) y a amenazarme a grandes voces a través del patio de luces si no apago el ordenador. Resulta que oye el ordenador, un corriente y moliente Intel Pentium IV y además, hay que joderse, muy silencioso, en comparación con otras máquinas, según sus propios usuarios. Pero eso no es todo: oye el ordenador incluso cuando está apagado (lo apago todas las noches y está apagado también durante la jornada laboral: ¿para qué quiero tenerlo encendido? Como sabéis, no me bajo música ni cine ni prácticamente nada que no caiga en treinta o cuarenta minutos, a lo sumo, o sea, OpenOffice, la familia Mozilla, alguna distro de Linux tipo knoppix, etc.). Total, que desde el inicio del puente, las broncas de la dama en cuestión se han incrementado en cantidad y en calidad. Quienes sufren, sobre todo, son las niñas y mi esposa, enfermera especializada en cuidados paliativos a enfermos terminales, que, lejos de aliviar tensión y carga psicológica en casa, la ve incrementada en su propio domicilio.
Llamadas las autoridades (o sea, los munipas) resulta que no pueden hacer otra cosa, según dicen, que tomar nota de que mi ordenador -encendido a petición suya- no genera ningún ruido que pueda trascender a la vecina de abajo y que no hay otra máquina, salvo la lavadora -obviamente parada a altas horas- que pueda generar queja objetiva alguna. En lo demás, querido ciudadano, jódase usted, porque no existe normativa contra eso; bueno, sí, vaya usted denunciando, vaya usted llamándonos, que ya vendremos, denuncie los insultos y las amenazas en comisaría y al tercer juicio de faltas por esta causa, la vecina podrá ser procesada por estos hechos, pero en grado de delito. Alegría: lo que necesita la vecina no es que la metan en presidio sino la intervención -y más bien urgente- de la asistencia social. Pero la asistencia social no interviene si la interesada no consiente o el juez no lo ordena, y, en las presentes circunstancias, ninguna de las dos cosas es en absoluto fácil; inconveniente que se añade a la dificultad intrínseca de que intervenga la asistencia social pública así, de oficio, como si dijésemos. Otrosí: esto que me pasa a mí parece ser que es frecuentísimo en Barcelona (sociedad de piraos, coño...), pero como el problema no ha salido en los periódicos... no existe; y a burro muerto, la cebada al rabo.
¡Ah! Y que no se me ocurra tomar medidas... fácticas... porque a mí sí que me caería, veloz e inmisericorde, todo el peso de la ley.
Discúlpeme el lector por este desfogue producto de la frustración. De la enésima frustración. Los de la nómina, los del taller, los de la tienda y los de la fabriquita (incluidos dueños, en estos casos) sólo servimos para trabajar como burros, para pagar impuestos que no pagan los multimillonarios, para subvencionar a medio puto país (o al entero puto país) y para que nos esquilmen impunemente las grandes compañías de todas las especialidades comerciales habidas y por haber. Y, encima, cualquier pringado puede hacernos la vida imposible tranquilamente sin que la ley, ni la autoridad, ni nadie, puedan (o, en realidad, quieran) hacer nada por evitarlo. Que se meta Clos en su mismísimo culo sus famosas y absurdas medidas de civismo y convivencia. Contra el creciente agobio ciudadano, palo a los cuatro clientes y medio del top manta y todo arreglado.
Ni con sociatas, ni con peperos, ni con republicanos, ni con convergentes. Estamos en la mismísima e irremediable mierda.
Por: Javier Cuchí | Los jueves, paella | Comentarios (1) | Referencias (1)
¡Ánimo Javier! Yo también las pasé con una vecina. Para mi suerte solo fueron 18 meses, ya que iba a mudarme de casa. Comprendo tu desesperación, pero yo soy de los que creo que el que resiste gana. Claro que con pequeños de por medio la cosa no tiene maldita la gracia.
Miguel | 11-12-2005
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Software preso | 2005-12-14 11:38:48
[...] problema doméstico que vengo sufriendo últimamente pero es que, además (y como le dije), mi opinión sobre los políticos y su honorabilidad está tan bajo mínimos que si los pensamientos fueran punibles por sí mismos no me caía a mí menos que [...]