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El Incordio

¿Quién soy yo?




Me llamo Javier Cuchí y soy miembro de la Asociación de Internautas y de Hispalinux.

El conocimiento corre hoy serio peligro como derecho universal que existe desde el alba de la Humanidad. Me preocupan, y mucho, las crecientes maniobras de varios sectores financieros (bajo denominaciones sugerente y falsariamente industriales o artísticas) y de sus factótums políticos, que no pretenden otra cosa que la apropiación ilegítima y fraudulenta de ese conocimiento para convertirlo en un valor puramente especulativo, restringido y escaso, fuente de aún mayores desigualdades y exclusiones de personas, sociedades y pueblos, y causa de pobreza y de subdesarrollo

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¿Qué es «El Incordio»?


Un grito de alerta, un silbato que clama «¡Al ladrón!», una voz de protesta, un «no convencéis y está por ver si vencéis»

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Jueves, 08 de diciembre de 2005

Locuras

De la serie: «Los jueves, paella»

Hola, queridos lectores...

Ante el mutismo de «El Incordio» desde el jueves pasado -desde la última paella, precisamente- muchos habréis pensado que este escribidor golferas se ha echado al puente y a la molicie. Bueno, ganado me lo tendría y, de hecho, durante todo este año no he disfrutado de mis funcionariales moscosos reservándomelos en su práctica integridad para este puente larguísimo y absurdo y para unas breves vacaciones navideñas que, en realidad, serán vacaciones epifánicas (ya se sabe quién manda en casa, aparte de la señora, cuando hay niños).

Pero se equivoca quien piense que me he dedicado a descansar y a tumbarme a la bartola. No; desgraciadamente, no. Me he dedicado a alternar en mi domicilio con diversas patrullas de la Guàrdia Urbana, a pasar media mañana dominical en la comisaría de los Mossos d'Esquadra y a echar una tardecita en el Juzgado de Guardia y todo ello... ¿para qué? Pues, según las propias y diversas autoridades, prácticamente para nada.

Me explico: soy víctima de una especie de mobbing vecinal. Resulta que tengo bajo mi casa una vecina -cuyas luces, según todas las apariencias, andan bastante apagadas- que, en sus desvaríos, la ha tomado conmigo y se dedica a pasarse noches enteras (así como suena: enteras) a insultarme (y no veas qué insultos) y a amenazarme a grandes voces a través del patio de luces si no apago el ordenador. Resulta que oye el ordenador, un corriente y moliente Intel Pentium IV y además, hay que joderse, muy silencioso, en comparación con otras máquinas, según sus propios usuarios. Pero eso no es todo: oye el ordenador incluso cuando está apagado (lo apago todas las noches y está apagado también durante la jornada laboral: ¿para qué quiero tenerlo encendido? Como sabéis, no me bajo música ni cine ni prácticamente nada que no caiga en treinta o cuarenta minutos, a lo sumo, o sea, OpenOffice, la familia Mozilla, alguna distro de Linux tipo knoppix, etc.). Total, que desde el inicio del puente, las broncas de la dama en cuestión se han incrementado en cantidad y en calidad. Quienes sufren, sobre todo, son las niñas y mi esposa, enfermera especializada en cuidados paliativos a enfermos terminales, que, lejos de aliviar tensión y carga psicológica en casa, la ve incrementada en su propio domicilio.

Llamadas las autoridades (o sea, los munipas) resulta que no pueden hacer otra cosa, según dicen, que tomar nota de que mi ordenador -encendido a petición suya- no genera ningún ruido que pueda trascender a la vecina de abajo y que no hay otra máquina, salvo la lavadora -obviamente parada a altas horas- que pueda generar queja objetiva alguna. En lo demás, querido ciudadano, jódase usted, porque no existe normativa contra eso; bueno, sí, vaya usted denunciando, vaya usted llamándonos, que ya vendremos, denuncie los insultos y las amenazas en comisaría y al tercer juicio de faltas por esta causa, la vecina podrá ser procesada por estos hechos, pero en grado de delito. Alegría: lo que necesita la vecina no es que la metan en presidio sino la intervención -y más bien urgente- de la asistencia social. Pero la asistencia social no interviene si la interesada no consiente o el juez no lo ordena, y, en las presentes circunstancias, ninguna de las dos cosas es en absoluto fácil; inconveniente que se añade a la dificultad intrínseca de que intervenga la asistencia social pública así, de oficio, como si dijésemos. Otrosí: esto que me pasa a mí parece ser que es frecuentísimo en Barcelona (sociedad de piraos, coño...), pero como el problema no ha salido en los periódicos... no existe; y a burro muerto, la cebada al rabo.

¡Ah! Y que no se me ocurra tomar medidas... fácticas... porque a mí sí que me caería, veloz e inmisericorde, todo el peso de la ley.

Discúlpeme el lector por este desfogue producto de la frustración. De la enésima frustración. Los de la nómina, los del taller, los de la tienda y los de la fabriquita (incluidos dueños, en estos casos) sólo servimos para trabajar como burros, para pagar impuestos que no pagan los multimillonarios, para subvencionar a medio puto país (o al entero puto país) y para que nos esquilmen impunemente las grandes compañías de todas las especialidades comerciales habidas y por haber. Y, encima, cualquier pringado puede hacernos la vida imposible tranquilamente sin que la ley, ni la autoridad, ni nadie, puedan (o, en realidad, quieran) hacer nada por evitarlo. Que se meta Clos en su mismísimo culo sus famosas y absurdas medidas de civismo y convivencia. Contra el creciente agobio ciudadano, palo a los cuatro clientes y medio del top manta y todo arreglado.

Ni con sociatas, ni con peperos, ni con republicanos, ni con convergentes. Estamos en la mismísima e irremediable mierda.

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Conflicto asturiano en relación a los pantanos del parque natural de Redes, el de Tanes y el de Rioseco (Rusecu, en la vernácula bable), ya que el Principado ha decidido blindarlos a ambos contra su uso lúdico, lo que ha generado contrariedad e indignación en los concejos (municipios) afectados, Caso y Sobrescobio, que comparten orillas del primero, siendo de Sobrecobio exclusivamente el territorio del segundo, si no recuerdo mal.

Pasé este verano en un alojamiento rural del Parque Natural de Redes; en mi artículo de rentrée podéis ver incluso un par de fotografías de la zona (y aquí tenéis algunas más). Para mí fue un descubrimiento porque, aunque conocía el lugar y los alrededores (estoy vinculado a Asturias y a la cuenca del Nalón por vía materna), nunca había hecho propiamente turismo por él. A veces hay que hacer turismo en el propio entorno, lo que yo llamo turismo de lo obvio, ejercicio que recomiendo muy calurosamente a mis conciudadanos barceloneses garantizándoles bellezas magníficas e inéditas. En fin, un problema de espacio y de oportunidad en el domicilio familiar de Sama nos llevó a Sobrescobio y al descubrimiento de lo que siempre había estado ahí.

El Parque Natural de Redes es una maravilla, pero en el más estricto sentido literal de la palabra, sin exageración alguna. No sé si debiera callarme, porque esa maravilla, hoy por hoy, está en un estado de conservación natural prácticamente perfecto. Y ese es el problema: el de Redes y el de todos los espacios naturales, la filosofía, o doctrina, o ética, o quiera llamársele, del uso de la naturaleza.

Cerrar el acceso al medio natural significa lo mismo que meter un cuadro de Velázquez en una caja fuerte primorosamente acondicionada: se conservará a la perfección, pero no podrá ser disfrutado por los seres humanos, es un valor cultural que se hurta al conocimiento (drama no menor por más que sea habitual en muchos ámbitos). Pero, claro, si su disfrute humano significa su deterioro y llevar éste al punto del peligro de pérdida, estamos igual o incluso peor, ya que siempre se está a tiempo de sacar el cuadro de la caja fuerte, pero nunca se podrá recuperar un ecosistema paradisíaco que se ha ido al guano. Tristes ejemplos de ello podemos verlos en la otrora encantadora costa asturiana, especialmente en la occidental, completamente destrozada por la rapiña industrial turística y por la complicidad política de mentalidad desarrollística (también postfranquista, no todo va a la cuenta del viejo). Y tampoco lleva una buena carrera, por lo mismo, el Parque de los Picos de Europa.

Pero la cosa tiene aún mayores consecuencias. El Parque Natural de Redes es uno de los puntos de apoyo con que podría contarse para una recuperación económica -a medio y largo plazo- de la cuenca del Nalón, una vez hundida su minería y casi también su industria. No es broma, estamos hablando del pan de muchas familias e incluso de la supervivencia de comarcas enteras. Hace poco, leía en «La Nueva España» que la cuenca del Nalón había perdido una cantidad de habitantes equivalente a la del concejo de Caso, pérdida atribuible, en su práctica totalidad, a la emigración. Aquel no future que fue tanta moda en los 80, es una desgarradora y muy dramática realidad para gran parte de la juventud asturiana y para casi toda la de las cuencas (no sólo la del Nalón).

Uno se pregunta si los habitantes de una zona bellísima no tienen derecho también al aprovechamiento de esa belleza, como lo tendrían al aprovechamiento de una tierra fértil, de unos pastos extensos, o como lo tuvieron al aprovechamiento de la hulla.

Yo creo que sí, que lo tienen. Pero el problema no radica en la existencia de este derecho ni de su ejercicio. Yo creo que sería fácil -y ventajoso- un pacto social de aprovechamiento y disfrute de los bienes de la naturaleza (porque el disfrute, recordemos, es también un derecho de todos los ciudadanos). El problema no está entre los ciudadanos que aprovechan y los ciudadanos que disfrutan, sino en los terceros interpuestos, en la voracidad de las grandes empresas -que asomarían sus asquerosas narices tan pronto oliera la cosa a dinero fresco- y en los tresporcientos merced a los cuales, como vemos con harta y cansina reiterancia, los políticos traicionan canallescamente a los ciudadanos a quienes se deben.

Este es, en suma, el problema: organizar la cosa sin otra intervención que la de pequeñas y medianas empresas locales y apartar de enmedio -a puntapiés, si es necesario- a los políticos.

Y como este es, en suma, el problema, esta es, en suma, la solución: organizar un potente y combativo movimiento ciudadano y local que regule el uso, el aprovechamiento y disfrute de una forma verdaderamente democrática, no con los putrefactos instrumentos con los que en la actualidad nos timan las maquinarias de partido. Ninguna industria local matará a su gallina de los huevos de oro, al pan de su familia, a la supervivencia misma de su comarca; los visitantes, los turistas, por nuestra parte, sabemos ser respetuosos -mayoritariamente- si se nos instruye, se nos induce y se nos limita únicamente en lo necesario: no somos bestias descerebradas (aunque, en régimen de excepcionalidad, pueda haber algún lamentable caso). Por el contrario, a la gran empresa financiera le importa un bledo la tierra quemada y apunta directa y despiadadamente al pelotazo: mirada en Bolsa y full speed.

Es como en todo: echa al político y líbrate de la gran corporación y podrás vivir dignamente de tu propio trabajo o de tu legítimo negocio. No es tan difícil.

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Sólo dos ítems, hoy, en vez de los tres acostumbrados. Pero también han sido más largos. Y también más iracundos, lo reconozco. La vida diaria es cada día más frustrante, sobre todo a medida que vas viendo que ellos van ganando, van avanzando y que en gran parte lo consiguen no por la cobardía de la población (que también, pero no es tan importante) sino, aún peor, por su conformismo, por su apego a la molicie más exagerada.

Lo decía un antiguo compañero mío de trabajo: tenemos lo que se merecen.

Hasta el próximo jueves.

Por: Javier Cuchí | Los jueves, paella | Comentarios (1) | Referencias (1)

Comentarios

¡Ánimo Javier! Yo también las pasé con una vecina. Para mi suerte solo fueron 18 meses, ya que iba a mudarme de casa. Comprendo tu desesperación, pero yo soy de los que creo que el que resiste gana. Claro que con pequeños de por medio la cosa no tiene maldita la gracia.

Miguel | 11-12-2005

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Software preso | 2005-12-14 11:38:48
[...] problema doméstico que vengo sufriendo últimamente pero es que, además (y como le dije), mi opinión sobre los políticos y su honorabilidad está tan bajo mínimos que si los pensamientos fueran punibles por sí mismos no me caía a mí menos que [...]

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