
Me llamo Javier Cuchí y soy miembro de la Asociación de Internautas y de Hispalinux.
El conocimiento corre hoy serio peligro como derecho universal que existe desde el alba de la Humanidad. Me preocupan, y mucho, las crecientes maniobras de varios sectores financieros (bajo denominaciones sugerente y falsariamente industriales o artísticas) y de sus factótums políticos, que no pretenden otra cosa que la apropiación ilegítima y fraudulenta de ese conocimiento para convertirlo en un valor puramente especulativo, restringido y escaso, fuente de aún mayores desigualdades y exclusiones de personas, sociedades y pueblos, y causa de pobreza y de subdesarrollo
Un grito de alerta, un silbato que clama «¡Al ladrón!», una voz de protesta, un «no convencéis y está por ver si vencéis»

© Javier Cuchí
Barcelona, 2005-2006
Miércoles, 30 de noviembre de 2005
De la serie: «Correo ordinario»
Nuevamente -a raíz de una conversación entre amigos- me viene a la memoria el programa radiofónico en el que intervine recientemente y en el que participó también, entre otros invitados, un diputado socialista del Parlamento catalán que puso de manifiesto su obsesión por prohibir y limitar como forma de resolver los problemas en Internet.
Internet, la Red, preocupa. Preocupa más a los que la desconocen que a los que la habitamos o visitamos con frecuencia, pero, en fin, el caso es que quita el sueño a algunos.
¿Es peligrosa la Red? Hombre, hay riesgos... Es verdad que a través de la Red uno puede ser estafado, que puede ser sometido a prácticas indeseables e ilegales -como que le cambien por la cara la compañía telefónica o la suministradora de Internet-, que puede encontrarse -sin buscarlos y sin desearlos- contenidos desagradables o inconvenientes e incluso nocivos para menores, que mediante su conexión a Internet alguien puede acceder a datos obrantes en el ordenador e insuficientemente protegidos y hacerse con cuestiones claves para la propia intimidad, intereses o patrimonio personal, o que puede ver la capacidad de su sistema comprometida por un volumen excesivo e inconsentido de correspondencia electrónica. También hay que mencionar el no menos cierto riesgo de que algunas agresiones pueden proceder precisamente de los órganos y sistemas públicos que, teóricamente, están al servicio de nuestra protección y seguridad.
Ante este cúmulo de riesgos, mucha gente se desespera de impotencia, sobre todo al ver que Internet va pasando -desde su punto de vista- de indeseable a inevitable: empresas, centros de enseñanza, administraciones públicas... aunque todavía están en plena vigencia los canales tradicionales, poco a poco -pero incesantemente- Internet se va extendiendo y pronto, muy pronto, será el canal real de nuestras comunicaciones telefónicas (VoIP) y llegará a gestionar, también a plazo cortísimo, incluso nuestros electrodomésticos más comunes, como está gestionando ya ahora mismo muchos de nuestros soportes de ocio.
Es esa desesperación y esa impotencia la que conduce a reacciones disparatadas. Cuando hablé por primera vez del diputado prohibicionista hubo un comentario al artículo reflejando el temor de que hubiera una cierta democraticidad en ese prohibicionismo, vamos, para no decir palabros, que mucha gente estaría de acuerdo con esa tendencia restrictiva. Esa gente, que existe, que es ciertamente mucha, ignora que tanta prohibición es técnicamente irrealizable muchas veces y que, aún donde es posible, la falta de fronteras reales en Internet hace que la prohibición o la limitación sean fácilmente soslayables en la mayoría de ocasiones. Y que aún siendo técnicamente posibles y geográficamente insoslayables, serían de todo punto indeseables.
Yo creo que hay que restablecer el imperio de la cordura. La sociedad ha tenido problemas desde que existe; unos, causados por la propia estructura social; otros, cuya raíz reside en la innata dificultad humana y colectiva para afrontar nuevos fenómenos, dificultad que se incrementa en sumo grado cuando la sensación -real o falsa- de seguridad y de comodidad en el estatus de presente provoca un rechazo a los cambios del futuro.
Pongamos un ejemplo asequible a todo el mundo: la carretera. A nadie se le oculta que tenemos un problema con las carreteras, consistente en una cierta tasa (que, convencionalmente, consideramos elevada) de mortalidad (y de morbilidad, que esa es otra de la que se habla mucho menos). La autoridad competente ya no sabe qué hacer: sistemas de detección cada vez más perfectos (radares, láser...), multas, tipos penales (si seguimos así, no tardaremos mucho en llegar a la pena de muerte), prohibición de todos los elementos discapacitantes para la correcta conducción (alcohol, teléfonos móviles, seguro que pronto el fumar...) y nada parece dar un resultado sensible. Bueno, aquí, como en Internet, también podría decirse que no se hace todo lo que se podría hacer por causa de los intereses de la industria. Por ejemplo, si se considera que la velocidad excesiva es una de las causas de la accidentalidad, podría prohibirse la fabricación de vehículos con más de X caballos por 100 kilos de peso o cualquier modo eficiente de limitar materialmente la velocidad máxima de un automóvil; por otro ejemplo, se podrían radicalizar los requisitos psicofísicos para obtener la cualificación de aptitud necesaria para el permiso de conducción. Pero todo ello chocaría con la oposición de sectores económicos evidentemente perjudicados: en primer, pero no único, lugar, el de los fabricantes de automóviles. Digo no único porque aún recuerdo que cuando la consellera Tura (competente en Catalunya sobre la cuestión) expresó su intención -o deseo- de exigir el 0 absoluto en el alcoholímetro, se topó con la protesta y oposición frontal de sectores como el de los vinos y cavas y el de la restauración.
Así las cosas, parece que la postura racional -si bien reconozco que dramática- consistiría en asumir que la carretera tiene un riesgo y un coste, que hay que intentar llevar al mínimo, por supuesto, y que hay que admitir y asumir algunas razonables medidas restrictivas, pero que nunca se conseguirá, se haga lo que se haga, que la mortalidad descienda por debajo de un indeterminado punto. La única alternativa que funcionaría, es social, política y económicamente impensable: prohibir el tránsito por carretera.
Tenemos un problema grave con los jóvenes y la droga. Intentamos combatir este problema con medidas policiales, penales, educacionales... con ciertos resultados, desde luego, pero lejos, lejísimos de una dimensión -vamos a decir, solamente para entendernos- tolerable. ¿Qué hacemos? Como las discotecas son un nido de drogas hay quien propone prohibir las discotecas. A mi gusto personal, resultaría una medida simpática; muy bien: prohibimos las discotecas. ¡Ah! Pero resulta que también se vende droga en los colegios. ¿Qué hacemos? ¿Prohibimos también los colegios? ¿Realmente cree alguien que vamos a terminar con la droga y con su tráfico a base de ir prohibiendo los lugares en los que se expenda? ¿Realmente cree alguien que es materialmente posible prohibir todos los lugares en los que pueda llegar a traficarse con droga?
Con las lacras de Internet -que, repito, está claro que las hay- ocurre exactamente lo mismo. Es una tecnología tremendamente beneficiosa, deseable... va a contribuir por lo menos en la misma medida que la imprenta al desarrollo de la Humanidad. Todo ello la hace inevitable y hace indeseable evitarla. Hay que asumir sus riesgos, aunque no sin intentar minimizarlos, por supuesto. Pero intentarlo en la medida de lo posible y de lo razonable. Tenemos que asumir la parte dañina de la Red y asumir lo que tiene de inevitable en la medida en que verdaderamente lo sea.
Por otra parte, es necesario considerar que la Red, en sí, no es dañina, aunque a veces así lo expresemos para una mejor intelegibilidad; son dañinos algunos actos de algunas personas que utilizan la red para sus propósitos delictivos o de otro modo pérfidos. Por lo tanto, hay que ir a por las personas, no a por la red; cuando había estafas por teléfono, a nadie se le ocurrió pedir que se prohibiera o que se limitara la red telefónica.
Hay que eliminar, por otra parte, el componente de pereza que nos hace más vulnerables que la perfidia misma del agresor: debemos tomar medidas técnicas defensivas (antivirus, cortafuegos, antispam, antispyware...), debemos aprender una mínima teoría sobre la tecnología que manejamos (¿acaso no aprendemos a conducir?), debemos comportarnos en la Red sin paranoias pero sin imprudencias (¿usted sale del banco contando los billetes de 50 a la vista de todos?) y debemos estar pendientes (sí: eso es trabajo y molestia) de lo que hacen nuestros hijos cuando navegan, de la misma manera que no les dejamos ir solos por la calle, quedarse solos en casa o salir solos con los amiguetes hasta que tienen una cierta edad (pese a que estas prohibiciones son fuente frecuente de incomodidades para los padres). De la misma forma que conducimos cotidianamente y que procuramos por nuestra propia seguridad hacerlo con cuidado, debemos hacer lo propio con Internet.
Prohibirle al ladrillo que se caiga, es inútil. Aunque no sea del todo seguro, es mejor ponerse el casco y mirar hacia arriba de cuando en cuando.
Por: Javier Cuchí | Correo ordinario | Comentarios (0) | Referencias (0)