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El Incordio

¿Quién soy yo?




Me llamo Javier Cuchí y soy miembro de la Asociación de Internautas y de Hispalinux.

El conocimiento corre hoy serio peligro como derecho universal que existe desde el alba de la Humanidad. Me preocupan, y mucho, las crecientes maniobras de varios sectores financieros (bajo denominaciones sugerente y falsariamente industriales o artísticas) y de sus factótums políticos, que no pretenden otra cosa que la apropiación ilegítima y fraudulenta de ese conocimiento para convertirlo en un valor puramente especulativo, restringido y escaso, fuente de aún mayores desigualdades y exclusiones de personas, sociedades y pueblos, y causa de pobreza y de subdesarrollo

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Martes, 08 de noviembre de 2005

Regular lo irregulable

De la serie: «Correo ordinario»

Con cierta frecuencia, Víctor Domingo me encomienda la comparecencia en algún medio de comunicación catalán en representación de la Asociación de Internautas. Un mes por otro, cada año estoy una decena de veces ante un micrófono de radio o una cámara de televisión. Es una experiencia que me gusta, soy un buen conversador y, generalmente, se trata de programas de de coloquio, más que de debate (aunque tampoco le hago ningún asco a la esgrima dialéctica); pero eso tiene sus servidumbres, la más pesada de las cuales consiste en repetir veces y más veces lo mismo. En ocasiones, me sorprende que para el común de la gente resulten novedosas cosas que, para nosotros, los que además de estar en la red y de usarla, la observamos muy atentamente, ya son antiguas y dábamos por muertas.

Otra de las servidumbres -afortunadamente más ocasional- es la de aguantar a algún político. Pase si es un político del ámbito local y de población mediana o pequeña: suele vivir más los problemas de la calle, aunque sólo sea porque no le queda más remedio, aunque también suele suceder que su procedencia de la propia calle es más reciente, aún no se le han subido los humos del coche oficial; pero si es un político de más altos y severos organismos, la cosa requiere paciencia y gruesa costra hepática.

Hace poco más de una semana coincidí con uno, un parlamentario autonómico del PSC, en la emisora local de una cadena nacional. Habrá que decir en su favor que, según él mismo aseveraba, acudió un tanto engañado, puesto que sustituía a otro que no pudo asistir al coloquio en cuestión y que, al parecer, le vendió que se trataba de una charla de política general y algo de Internet sobreañadido. Se encontró con que, de política general, nada, era sólo Internet y el hombre se reconoció simple usuario sin mayor ciencia que esa. Hasta aquí, bien.

El problema es la mentalidad del político, el cómo proyecta el político su acción frente a cualquier fenómeno. Es muy curioso: parece que todo el análisis consiste en establecer -desde su particular y unilateral óptica- si el fenómeno en cuestión es positivo o negativo. Si es lo primero, la acción a adoptar es regularlo para subvencionarlo; si es lo segundo, regularlo para limitarlo o prohibirlo. No conozco -ni sé por otras referencias- de un solo político que ante una determinada manifestación de la vida civil haya dicho: «en este asunto lo que debemos hacer es no tocarlo; procede dejar que las cosas sigan su curso natural y que la sociedad determine, mediante el comportamiento colectivo, lo que va a ocurrir con esto». No, no, no, para nada: primero, juicio maniqueo sobre la cuestión y, a continuación, regulación quieras que no. En otras palabras: control. Nada puede nacer espontáneamente, desarrollarse espontáneamente y morir espontáneamente; y menos aún si todos estos ciclos son imprevisibles y no sujetos a predicción. Jamás. Hay que tenerlo todo férreamente controlado.

Por eso Internet les calcina los esquemas y ante Internet claman a los siete cielos para regular... lo que es imposible regular.

El día en cuestión se habló, entre otras cosas, del tema inevitable, la sucesión -para muchos, sistemática- Internet-niños-pornografía. ¿Cómo evitamos que los niños accedan a contenidos pornográficos? Cuando les digo que no podemos evitarlo, abren dos ojos como platos: ¡no puede ser! ¡Hay que prohibir, hay que limitar, no se debería poder acceder..! Cerrar, acerrojar, impedir... esta es la respuesta del político. La única contestación de un internauta (que, además, es padre de familia) es que en esta cuestión, los políticos tienen que apartarse y dejar que las familias hagan su función y que los padres (bueeeeeno: y madres) asuman sus responsabilidades, estando encima de los hijos mientras navegan por la red. Y si quieren prohibírselo (cosa que no recomiendo en absoluto y que es tremendamente contraproducente), que lo hagan, pero la prohibición debe nacer del seno familiar no del palacio, por más parlamentario que sea. Afortunadamente, tal día tenía a mi lado a una psicóloga clínica que respaldó al cien por cien y aún amplió -en idéntico sentido- mis argumentaciones.

Si al Farré de la $GAE le aterroriza una Internet sin ley, los políticos no están en absoluto más tranquilos al respecto (por eso se entienden tan bien los unos y los otros). En el mismo programa, el parlamentario socialista clamaba alarmado que si no se regulaba Internet, se podría caer todo el sistema de consumo y toda la protección al consumidor, puesto que gracias a la red puedes, desde España, comprar en Singapur (y lo que no dijo, pero quiso decir, es que el vendedor también podría ser español y montarse en Singapur el chiringuito virtual para burlar leyes españolas o europeas que le resulten antipáticas o inconvenientes). Le contesté que eso era cierto pero que, amigo, hay que estar a las duras y a las maduras y que los flujos de la globalización son para todos. Si las grandes corporaciones deslocalizan y atomizan sus estructuras de producción (compran aquí, montan allá, asientan acullá el domicilio administrativo, más allá el financiero, y en otra parte el fiscal, y, finalmente, venden en aquel otro lado) es normal que haya estados -generalmente pobres- que quieran obtener unos beneficios en divisa fuerte aprovechando para sí mismos el asilo jurídico que sus amables normativas comerciales o fiscales ofrecen a los ciudadanos de países más rigurosos. Y, claro, al diferencial del coste de la vida, para muchos pequeños empresarios, e incluso comerciantes individuales de poca facturación es perfectamente posible y asequible instalar su empresa (virtual, sí, pero... ¿cuál es palpable?) en esos paraísos comerciales. Y los acérrimos reguladores se podrían encontrar, además, con que intentar ponerle trabas al comercio electrónico podría tener importantes efectos secundarios en el comercio presencial, sobre todo en el punto -cada vez más frecuente- en el que se entrecruzan. Y los grandes acuerdos de regulación común siempre tienen las suficientes excepciones como para que haya farol al que agarrarse.

Pero aún así, aunque puedan establecerse acuerdos internacionales más o menos equitativos -que siempre serán menos equitativos-, nada podrá vencer las imposibilidades técnicas. Y, si bien es verdad que las tecnologías limitativas y represoras crecerán y se perfeccionarán, también lo harán a su vez las de apertura y expansión contrarrepresiva.

El problema de fondo es siempre el mismo: no querer darse cuenta de que el mundo está cambiando, de que creyeron que las tecnologías podrían ser un refuerzo ágil y eficaz de las estructuras económicas, políticas y sociales clásicas y que esa caja de Pandora que abrieron lo está volviendo todo del revés. Quieren secar el mar en vez de subirse a una barca y someterse a las -nuevas- leyes de la navegación, quieren torcer el mismísimo signo de los tiempos.

No lo van a conseguir, claro; no estoy preocupado por ese lado. Lo que me preocupa es el daño -todavía enorme- que pueden causar en su inútil empecinamiento en esta época de transición en la que convive el principio de la nueva era con el final de la vieja, ya derrotada. Aún tienen mucho poder y aún muchas cosas funcionan al viejo estilo, si bien por tiempo limitado. Pero los muertos -materiales o virtuales- que queden por el camino, no se levantarán ya.

Quizá sea este el precio de toda revolución. Pero no deja de ser una pena.

Por: Javier Cuchí | Correo ordinario | Comentarios (1) | Referencias (0)

Comentarios

Muy interesante comentario.

Lo malo es que, me temo, la mayoría de los españoles comparte la pasión intervencionista de los políticos. En España hay pocas personas "liberales" en el buen sentido de la expresión. No sólo con Internet, sino con casi cualquier problema que trates, la mayor parte de la gente es siempre más proclive al control, la regulación y la norma, que a la libertad la auto-regulación, la confianza, en definitiva, en que personas adultas y libres puedan escoger lo mejor para sí mismas.

Josu | 08-11-2005

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