
Me llamo Javier Cuchí y soy miembro de la Asociación de Internautas y de Hispalinux.
El conocimiento corre hoy serio peligro como derecho universal que existe desde el alba de la Humanidad. Me preocupan, y mucho, las crecientes maniobras de varios sectores financieros (bajo denominaciones sugerente y falsariamente industriales o artísticas) y de sus factótums políticos, que no pretenden otra cosa que la apropiación ilegítima y fraudulenta de ese conocimiento para convertirlo en un valor puramente especulativo, restringido y escaso, fuente de aún mayores desigualdades y exclusiones de personas, sociedades y pueblos, y causa de pobreza y de subdesarrollo
Un grito de alerta, un silbato que clama «¡Al ladrón!», una voz de protesta, un «no convencéis y está por ver si vencéis»

© Javier Cuchí
Barcelona, 2005-2006
Jueves, 27 de octubre de 2005
De la serie: «Los jueves, paella»
Ocho y media de la mañana. Acabo de dejar en el colegio a mi hija menor y, como siempre, continúo andando hacia mi trabajo. En este pequeño paseo matutino casi todos los días me cruzo con uno de mi sobrinos; tiene 14 años, discapacitado, y se desplaza en silla de ruedas acompañado por un monitor. Hoy lo veo en el otro lado de una calle y está chillando. «¿Qué le pasa a este hoy?». me pregunto. Lo que le pasa es sencillo, indignante y, desde luego, como para chillar y para mucho más que chillar: están parados en el bordillo, intantando cruzar la calle... frente a un hermosísimo paso de cebra que los tiparracos del motor pasan olímpicamente de respetar. Ellos tienen prisa y el puto peatón que se joda, que para eso se pasea en vez de trabajar y ganar dinero para comprar un coche de mil caballos al motor (y un burro al volante, como decía Perich). ¿Dónde está la Guardia Urbana? Seguramente recaudando: poniendo multas a los coches mal aparcados (preferentemente a los que, pese a la infracción, causan pocas molestias). Así que me ato a la frente un virtual pañuelo de seda con el sol naciente y en plan kamikaze me lanzo a saco al medio del paso; un cabronazo frena de golpe cagándose -seguro- en mi padre pero pensando que como me toque no hay quien le quite tres meses de carnet (como mucho, que ya hemos visto lo bien que le ha ido al Farruquito después de haberse cepillado a un ciudadano), así que su propio coche sirve de barrera a los capullos que le siguen y, gracias a mi temeraria proeza, puede pasar mi sobrino. Mi sobrino y dos chavales más que van al cole, y una señora mayor, y una señora joven con el carrito de la compra que estaban todos a un lado u otro de la calle cagados de miedo sin atreverse a cruzar por donde tienen perfecto derecho, derecho impune y vilmente atropellado por los cafres de la combustión interna.
Continúo caminando, ya normalizado el índice de adrenalina, y me viene por detrás un ciclista (estoy en zona peatonal) que casi me depila la mitad izquierda del cuerpo. Le increpo -sorprendentemente sin tacos, que ya es raro por mi parte en tales circunstancias- por su manera agresiva de ir por el mundo y por no respetar nada y el hijo de la gran puta me envía a tomar por el saco como si, encima, fuera él el agredido. La agresividad y falta de respeto y de consideración de los ciclistas hacia los peatones es proverbial; y, digan lo que quieran desde sus asociaciones, los incívicos, los irrespetuosos, los agresores y los salvajes del pedal no son excepción y sí legión. Luego se quejan de que los del motor los tratan a la baqueta, pero ellos hacen exactamente lo mismo cuando son la parte fuerte en el asunto. ¿Dónde está la Guardia Urbana? Seguramente recaudando: poniendo multas a los coches mal aparcados (preferentemente a los que etcétera, etcétera). En todo caso, es inútil: los cafres del pedal son los niños mimados de Clos, que ha puesto aceras y zonas peatonales a su libre, unilateral y arbitraria disposición.
Ya me voy acercando a mi trabajo y me queda por cruzar una calle, pero ahí hay pasos de peatones protegidos (cursiva, porque es un decir) por semáforos. Me pongo a cruzar por uno y, justo en mitad de la calle, la luz verde de los peatones inicia la intermitencia previa a su pase al rojo; no es problema porque puedo llegar al otro lado antes de que se dé suelta a la jauría. ¡Iluso de mí! Apenas el moñaco verde se pone a tintinear, montones de motos se lanzan como en salida de gran premio utilizando mi cuerpo serrano como una baliza de slalom. ¿Dónde está la Guardia Urbana? Seguramente recaudando: poniendo multas a los coches mal aparcados (preferentemente etcétera, etcétera). También sería, no obstante, inútil pedir su protección: las manadas de descerebrados con casco son un signo característico de Barcelona, la hacen muy cool y le ahorran al Ayuntamiento mucha pasta en transporte público, así que no vamos a ponernos duros con la muchachada de las dos ruedas, total, sólo porque se dedican a montar corridas de toros con los peatones...
Llego al trabajo y saludo alegremente a mis colegas. Una compañera se admira: «Javier es un tío rarísimo, oye: siempre viene contento al trabajo, aunque sea lunes». Efectivamente, es admirable. Tendría que llegar empuñando un Kalashnikov, echando espumarajos hidrofóbicos por la boca, bilis por los oídos y con los ojos inyectados en sangre.
Pero no por causa del trabajo.
Por: Javier Cuchí | Los jueves, paella | Comentarios (2) | Referencias (0)
El otro día estaba yo en el diván de mi psicólogo, comentándole las ganas de revancha hacia los hdp y similares que piensan que un coche es un Panzar III camino de Varsovia, cuando le comenté mi decision de pasarme a la ofensiva y dedicarme a rayar con una llave a todos los coches que aparcan en vados y pasos de cebra. Como es un profesional, me dijo que mi proceder estaba equivocado, que ese no era el camino, que debia pensármelo dos veces antes de proceder... Que debía hacer como él, coger un anillo barato de cadena cien y mucho más sutilmente marcar los coches de esos ************************s que piensan que las leyes son para los demás y que aún tienen el derecho a decirte algo.
Asi me gustan los profesionales :-)
lamastelle | 27-10-2005
enhiro | 31-10-2005