
Me llamo Javier Cuchí y soy miembro de la Asociación de Internautas y de Hispalinux.
El conocimiento corre hoy serio peligro como derecho universal que existe desde el alba de la Humanidad. Me preocupan, y mucho, las crecientes maniobras de varios sectores financieros (bajo denominaciones sugerente y falsariamente industriales o artísticas) y de sus factótums políticos, que no pretenden otra cosa que la apropiación ilegítima y fraudulenta de ese conocimiento para convertirlo en un valor puramente especulativo, restringido y escaso, fuente de aún mayores desigualdades y exclusiones de personas, sociedades y pueblos, y causa de pobreza y de subdesarrollo
Un grito de alerta, un silbato que clama «¡Al ladrón!», una voz de protesta, un «no convencéis y está por ver si vencéis»

© Javier Cuchí
Barcelona, 2005-2006
Sábado, 22 de octubre de 2005
De la serie: «Correo ordinario»
Vía Nacho Escolar llego a este artículo de John Le Carré en el suplemento dominical de «El País» del domingo pasado y veo que prepara uno de sus best sellers ambientado en el sucio mundo de la industria farmacéutica y de sus patentes.
¡Ah, por cierto! Antes de que se me olvide... Un saludo muy cordial y mis deseos en el sentido que cabe imaginar a los señores de Du Pont, junto con mis más efusivas gracias, porque desde sus servidores se han pasado esta semana siguiendo esta modesta bitácora, un día sobre otro, llegando incluso a las cuatro y seis entradas diarias. Así da gusto escribir.
Decía, volviendo al asunto, que Le Carré va a publicar una novela basada en el mundillo este y que ha escrito un artículo sobre el mismo.
Antes que nada, vale la pena hacer unas consideraciones previas. En primer lugar, los escritores de best sellers, dan por agotados los temas de la guerra fría, la de Vietnam (por más que insistan en fabricar superhéroes y robomarines retroactivos en versión veterano-decadente, sabemos, gracias a la terquedad de la Historia, que esa guerra la perdieron; ellos solos, pero la perdieron) y la del Golfo. La primera del Golfo, porque parece que la segunda, la actual, es mejor no menealla. Si el ejemplo de John Le Carré cunde, bien podría ocurrir que las guerras en las que se basaran los best sellers fueran las de las grandes corporaciones transnacionales y multinacionales. Los feroces ex-boinas verdes veteranos de Vietnam a la caza tremenda del terrorista irlandés -también liquidado como modelo novelesco, por cierto- o moruno, podrían verse sustituidos, en el nuevo imaginario novelesco, por pacíficos -pero no menos tenaces y temibles- activistas de Greenpeace, de Médicos sin Fronteras o de Oxfam a la caza de deforestadores, especuladores, promotores de maquilas y demás encarnaciones de la brutalidad y del genocidio. Esto sería un avance espectacular. Va por el mundo muchísima gente con cultureta de best seller y no estaría mal que toda esa fantasía apuntase a un lugar más útil que hasta hoy ha vivido tan rica y rentablemente agazapado en el anonimato que proporciona la pública ignorancia.
En segundo lugar, si algunas de estas novelas -y no digamos la primera- incide directamente en el tema de la apropiación del conocimiento, en el turbio asunto de las patentes y, especialmente, en el genocidio que, con esa apropiación, están cometiendo la industria farmacéutica y química, privando a dos terceras partes del mundo de la alimentación y de los medicamentos, queridos lectores, al movimiento pro-conocimiento libre, en sus distintas manifestaciones, le está empezando (sólo empezando) a llegar el éxito muchísimo antes de lo esperado (aunque demasiado tarde para millones de muertos de hambre y de las más espantosas enfermedades y de los otros millones que aún han de morir antes de que ese éxito sea total; y hasta llegar a ese éxito total hay para años).
En tercer lugar, siempre hay que dejar un lugar pequeño o grande -más bien grande- para la desconfianza. No nos engañemos: los best sellers lo son por obra y gracia de las grandes corporaciones editoriales y las grandes corporaciones editoriales amasan fortunas ingentes precisamente a base de apropiarse a su vez del conocimiento en su propio ámbito de actuación. Quizá permitan un libro o dos, si ese par de títulos apenas cosecha unos pocos miles de nuevos convencidos pero les genera millones y más millones de dólares, mas no dejarán que el antiapropiacionismo genere una amplia moda en el mundo de la literatura popular porque esos muchísimos e inmediatos millones de dólares se les podrían atragantar muy seriamente a plazo medio. Si la presión de sus colegas directamente acusados no es muy fuerte, tolerarán que se hable de patentes; quizá, como una gracia retrechera, de conocimiento, pero de ningún modo permitirán -y censurarán férreamente- la expresión propiedad intelectual y mucho menos asociada a masacres masivas.
El artículo de Le Carré, cuya lectura recomiendo muy calurosamente, nos transporta a un mundo -el mundo real- en el que los médicos son sistemáticamente sobornados por la industria farmacéutica (¿qué tal recordar ahora las colas de visitadores médicos a las puertas de los ambulatorios públicos?) y no precisamente con carpetitas y boligrafitos; en el que muchas universidades privadas financian su investigación con capital de la industria farmacéutica, obviamente con resultados a gusto del pagano; en el que la opinión y la divulgación médica es comprada por la industria y la que no cede al soborno es, sencillamente, liquidada (incluso destrozando mediante manipulaciones la carrera profesional y la vida social del disidente y no es esa la práctica peor que se ha llegado a efectuar); en el que se compran -o, de lo contrario, se neutralizan- medios de comunicación enteros; y, en fin, en el que se compran -o, simplemente, se derriban- gobiernos.
Asusta ver en qué manos estamos. Asusta ver como se compra la traición de quienes nos gobiernan (y eso parece ya una constante). Asusta ver que los ciudadanos, los habitantes del globo, no somos otra cosa que o consumidores o consumibles y el que no se aviene a ser una cosa o la otra es echado al fuego mediante mil procedimientos distintos que van desde el mobbing social -suficiente para la inmensa mayoría- hasta el puro y simple asesinato de los recalcitrantes de verdad.
Pero asusta más el que muchos no quieran verlo para no asustarse. Sólo lo ven y sólo lo lamentan, eso sí, a gritos, cuando les intoxican [dicen que] con aceite de colza, cuando enferman -o mueren- porque han comido carne de vacuno alimentado con piensos adulterados, cuando se les caen las casas encima porque se construyeron utilizando materiales defectuosos, o cuando sufren horribles malformaciones porque un benéfico medicamento tenía unos efectos secundarios que los laboratorios negaron cínicamente contra la más clara evidencia, quizá porque no querían que se supiera que obligaron a investigadores e instituciones a archivar en la «P» ese incómodo inconveniente cuando fue descubierto mucho antes de la puesta del fármaco en el mercado.
Me temo, sin embargo, que seguiremos así incluso cuando no haga falta alumbrado público en las calles porque todos irradiemos una hermosa luz verde fosforescente.
Por: Javier Cuchí | Correo ordinario | Comentarios (3) | Referencias (0)
Sin quitar nada al articulo de Le Carré tengo que decir que pensé: la trama del libro me suena de algo. Y es cierto, prueba a mirar la fecha del articulo.... no es precisamente del domingo pasado ;-)
Muy buen libro, por cierto.
luca | 23-10-2005
El espía que vino del frío | 23-10-2005
Es cierto, no me había dado cuenta de la fecha del artículo y he vendido como novedad una noticia de hace cuatro años. Pido disculpas por el error, causado, entre otras cosas, por el hecho de que apenas leo nada de narrativa y la poca que toco está, desde luego, lejos de Le Carré.
De todas formas, ese desajuste cronológico no invalida en absoluto el fondo del artículo salvo para considerar que he sido profeta a toro pasado porque, efectivamente, el argumento antiapropiacionista de Le Carré no ha tenido continuidad, tal como temía o pronosticaba en la tercera consideración.
Por lo tanto, el principio del triunfo antiapropiacionista soplado a gloria en el segundo punto... queda más bien en el aire, aunque no del todo invalidado, a la luz de los hechos recientes.
Seguiremos incordiando.
Javier Cuchí | 23-10-2005