
Me llamo Javier Cuchí y soy miembro de la Asociación de Internautas y de Hispalinux.
El conocimiento corre hoy serio peligro como derecho universal que existe desde el alba de la Humanidad. Me preocupan, y mucho, las crecientes maniobras de varios sectores financieros (bajo denominaciones sugerente y falsariamente industriales o artísticas) y de sus factótums políticos, que no pretenden otra cosa que la apropiación ilegítima y fraudulenta de ese conocimiento para convertirlo en un valor puramente especulativo, restringido y escaso, fuente de aún mayores desigualdades y exclusiones de personas, sociedades y pueblos, y causa de pobreza y de subdesarrollo
Un grito de alerta, un silbato que clama «¡Al ladrón!», una voz de protesta, un «no convencéis y está por ver si vencéis»

© Javier Cuchí
Barcelona, 2005-2006
Lunes, 12 de septiembre de 2005
De la serie: «En profundidad»
Adquirí hace unos días -ya lo comenté aquí- un par de libros en Intermón-Oxfam cuyo tema central es la apropiación del conocimiento. Estoy leyendo el primero de ellos, que es de costosa digestión, no porque sea un mamotreto muy abultado sino porque es una constante sucesión de datos que hay que ir anotando para ir repasando y operar luego con ellos. Pero es que, además, hay que tomarse su tiempo porque leer sobre tanta hijoputez muy seguido envenena la sangre y no está la cosa como para que el encabronamiento te lleve de cabeza a la diálisis.
Todos hemos oído hablar, aunque sea sólo así por encima, del tema de las patentes sobre las semillas transgénicas y el daño que estas patentes causan a la agricultura; eso sin contar el daño -no demostrable al presente, pero tampoco descartable- que puede causar a la agricultura y a la salud humana el propio hecho transgénico. Pero esto último lo dejo a la consideración de mis primos autores de bitácoras del ámbito medioambientalista.
Decía que todos hemos oído hablar por encima de este tema y a pocos nos gusta, pero es que eso no es nada: hay que leer lo que hay por debajo del mismo. En este aspecto recomiento la lectura en la que yo estoy ahora, «El saqueo del conocimiento», de Martin Khor (Icaria Editorial, Barcelona, 2003). Porque claro, creíamos que, a través de las patentes de ingeniería genética se monopolizaba y controlaba el mercado mundial de alimentos, y es verdad, pero es que no es la única verdad.
Hablemos, para empezar de eso, de la llamada ingeniería genética. Quizá haya alguien que crea que la ingeniería genética crea, es decir, logra hacer de una idea un adelanto técnico material y tangible, como la máquina de vapor o el aeroplano. No. La ingeniería genética simplemente reproduce en un laboratorio -de manera, pues, artificial- procesos naturales. Y, como si, efectivamente, se hubiera creado algo nuevo, se permite su patente, así, sin más. Esa patente, al recaer sobre un hecho biológico, tiene el efecto de bloquear, en exclusivo favor de su titular todo ese hecho biológico, incluso si acontece por causas naturales. Eso, ya de por sí, es una cafrada. Pero es que aún hay más. Puede suceder -y sucede- que la patente y el material biológico sobre el que se aplica sean invasivos. Imaginemos un agricultor que planta su maicito de toda la vida en su campo; sin embargo, por razones de comportamiento natural de las especies, parte de su campo se ve invadido por semillas o plantas procedentes del campo vecino, cuyo propietario ha adquirido semillas obtenidas de manipulación genética sometida a patente. Seguidamente viene Monsanto o Dow Agroscience, descubren la infiltración y demandan al primer agricultor por el uso de sus semillas. Esto es grave, muy grave, y seguiremos en ello. Pero antes, dos casuísticas más (y nada raras): en primer lugar, el hecho de que la manipulación genética simplemente ha consistido en la síntesis artificial de un proceso natural preexistente, de manera que un agricultor se vea obligado a pagar derechos por el uso de una patente basada en un hecho biológico que él mismo había logrado con anterioridad por medios tradicionales (y, como tales, integrantes del procomún, del patrimonio de la Humanidad); en segundo lugar, la posibilidad de que la naturaleza, por su propia dinámica y sin intervención alguna del material genético manipulado, llegue al mismo resultado ya patentado, con lo que, mira por dónde, la naturaleza misma habría cometido un acto de piratería contra la sagradísima propiedad intelectual de DuPont, otro de los grandes canallas en la materia.
Pero aún hay más, el apropiacionismo, el bandolerismo del patrimonio común de la Humanidad, no se detiene ante nada: se patentan usos. Imaginemos, por ejemplo, la tila. Son ancestralmente conocidas sus propiedades tranquilizantes ¿verdad? Pues imaginemos ahora que vienen, por ejemplo, Novartis o Aventis, otras que tal bailan, como sus tres colegas citadas arriba, toman el principio activo de la tila y hacen con él una pastillita para los nervios, so pretexto de la cual, registran una patente sobre el uso de ese principio activo en los transtornos leves de ansiedad; o incluso patentan su simple uso medicinal. Bueno, pues esto es real, ha sucedido. No con la tila (o a lo mejor sí y no me he enterado) pero sí con hongos de propiedades antibióticas o anticancerígenas. Gracias a esta historia de la patente de uso, ya no necesitan sintetizar artificialmente los procesos naturales o anticiparse a su existencia o a la noticia sobre la misma: gracias a la patente de uso, expolian directamente al ser humano de su conocimiento ancestral, sin más trámite ni mayor aportación.
Llevemos este mismo ejemplo a las patentes de software, cosa que nos servirá al doble fin de ilustrar la mecánica de las patentes sobre biogenética a los informáticos y la mecánica de las patentes de software a los que de ordenadores, no entienden.
Imaginemos la raíz cuadrada, esa genuina operación aritmética pesadilla de los estudiantes de primaria de mi generación (creo que ahora no se da hasta 3º de Exactas). Evidentemente, patentar o poner de otro modo bajo derechos de propiedad intelectual la raíz cuadrada es, hoy por hoy, un despropósito (dentro de muy pocos años, ya veremos). Y lo mismo, lo mismito, cabría decir, del teorema de Pitágoras. Pero sí sería posible lo siguiente: registrar una patente «sobre el uso digital de la raíz cuadrada en la obtención de la longitud de la hipotenusa de un triángulo rectángulo sobre la base de extraer la raíz cuadrada del resultado de sumar los cuadrados de los dos catetos y sobre las variaciones de este mismo conjunto de operaciones (obtener la longitud de un cateto conociendo la de la hipotenusa y la del otro cateto, por ejemplo)». No se puede patentar la sopa de ajo, pero me pregunto yo si no será posible patentar el «uso culinario de la mezcla o combinación mediante calor de pan, ajo, aceite y agua».
Cuenta Martin Khor que una empresa norteamericana intentó patentar el arroz basmati, una variedad de la India y que sólo la feroz oposición del Gobierno hindú a esta patente en 1998 pudo impedirla. Pero el gobierno hindú es un gobierno fuerte, de un país desarrollado tecnológicamente -aunque subdesarrollado en tantísimas otras cosas- que pudo ver venir el peligro y pudo combatirlo. Pero... ¿podrían ver venir ese peligro gobiernos tecnológicamente -y económicamente- tercermundistas, carentes de estructuras de vigilancia, por simples que sean, para prevenir esos peligros? Suponiendo que terceros -por ejemplo, algunas ONG- les previnieran a tiempo sobre estos peligros ¿se defenderían política o jurídicamente contra esas patentes gobiernos como los de Guinea Ecuatorial o de Marruecos, corruptos y vendidos a los intereses de potencias del mundo occidental? (casi estoy por sugerirle a don Federico Trillo que patente el «uso insular del perejil»). Incluso aunque quieran defenderse, los gastos judiciales en el mundo occidental -y sobre todo, en Norteamérica- son prohibitivos incluso para muchos gobiernos africanos o asiáticos.
Y, en fin, en ese tremendo libro, del que aún no llevo leída ni la mitad (bien es verdad que me llegó este pasado viernes), habla de patentes en listas como esta (y ojo que no es exhaustiva):
- 62 patentes sobre genes o compuestos naturales de plantas que se cultivan tradicionalmente en países en vías de desarrollo: 34 patentes de arroz, siete de cacao, dos de mandioca, una de mijo, otra de sorgo, dos de batata dulce, tres de yoyoba y otras respectivas sobre nuez moscada, alcanfor y Cuphea aequipetala (la llamada hierba del cáncer), y ocho sobre goma.
- 134 patentes sobre genes de cultivos básicos alimenticios: 68 sobre maíz, 17 sobre patatas, 25 sobre soja y 22 sobre trigo.
Y, siempre sin ánimo exhaustivo, según una investigación de «The Guardian», en noviembre de 2000 había pedidos de patente para 2.181 secuencias genéticas de maiz (de las cuales 655 corresponderían a Dow y 587 a DuPont), 1.100 cadenas genéticas de patata, 288 de trigo (117 de DuPont y 78 de Monsanto, en tre otras).
Y sigue, y sigue, y sigue...
Uno se pregunta si llegarán a apropiarse de la especie humana, si llegarán a patentar cadenas genéticas humanas. Uno se pregunta si llegaremos a ver un día colgado de una pared un título de Ingeniero Industrial, pongo por caso, en la parte inferior del cual, en letra pequeña, pero clara, ponga algo así como lo siguiente: «Espécimen humano protegido por la patente U.S. 3258779654. Todo el producto intelectual del trabajo de este ser humano es propiedad de Coca Cola Company».
¿Veis cómo no exagero cuando digo que ese patético Teddy Bautista no es sino un pequeño y molesto sarpullido que forma el síntoma, y no muy importante, de una infección peligrosísima y mortal?
Pues esto es lo que hay.
A seguir bien y a continuar durmiendo tranquilos, que igual la horchata que corre por nuestras venas procede de chufa transgénica patentada por Bayer.
Por: Javier Cuchí | Correo ordinario | Comentarios (1) | Referencias (0)
Caro figlio (mah non genéticco):
Echale un vistazo a esto (patente sobre el método de peinarse ocultando la calva)
http://patft.uspto.gov/netacgi/nph-Parser?Sect1=PT...,022,227.WKU.&OS=PN/4,022,227&RS=PN/4,022,227
y luego me cuantas lo que quieras.
Si esta patente se ha aprobado (en el 67, y renovada en el 69 y en el 74), ¿qué no patentarán?.
Bacci abondanti
Monsignore | 13-09-2005