
Me llamo Javier Cuchí y soy miembro de la Asociación de Internautas y de Hispalinux.
El conocimiento corre hoy serio peligro como derecho universal que existe desde el alba de la Humanidad. Me preocupan, y mucho, las crecientes maniobras de varios sectores financieros (bajo denominaciones sugerente y falsariamente industriales o artísticas) y de sus factótums políticos, que no pretenden otra cosa que la apropiación ilegítima y fraudulenta de ese conocimiento para convertirlo en un valor puramente especulativo, restringido y escaso, fuente de aún mayores desigualdades y exclusiones de personas, sociedades y pueblos, y causa de pobreza y de subdesarrollo
Un grito de alerta, un silbato que clama «¡Al ladrón!», una voz de protesta, un «no convencéis y está por ver si vencéis»

© Javier Cuchí
Barcelona, 2005-2006
Domingo, 28 de agosto de 2005
De la serie: «En profundidad»
Leí por primera vez «El nombre de la rosa» hace unos dieciséis años. Y, como a muchos millones de lectores, me entusiasmó. Sospecho, no obstante, que la causa de mi entusiasmo fue compartida por muchos menos y ello puede explicar el éxito más limitado de sucesivas obras de Umberto Eco, cuya dificultad de fondo -pero también su verdadera gracia- ya no queda oculta tras una fácil trama muy inspirada en sir Arthur.
Consciente de ello, nunca tuve mayor interés en la película, estrenada muy pocos años después de esta primera lectura mía, pese al insistente «te gustará» de varios amigos míos. Es muy difícil llevarme a mí al cine. Me disuade mi pereza, me disuade el precio (entrada más diversos: transporte, copitas a la salida y demás) y me disuade, sobre todo, mi escasa disposición a pagar por aguantarle una catarsis psiquiátrica a cualquier imbécil con acceso al celuloide, que es supuesto excesivamente frecuente desde que pasaron de moda las películas de indios y vaqueros (si el imbécil cualquiera es español, mi negativa es radical, taxativa, automática e innegociable). Anuncio, ya que estamos en estas, una excepción a mi actitud hacia el cine hispano: la película, actualmente en fase de rodaje, sobre el Capitán Alatriste, aunque también vaticino sapos y culebras sin cuento como resulte un fraude, cosa que, conociendo el paño nacional, no me sorprendería ni aún con el aval de la solvencia de Pérez Reverte y de su para mí magnífica obra literaria.
Pero, pasado un tiempo, ofrecieron la película por televisión y, no pudiendo verla en el momento de su emisión, la grabé en vídeo. Unos días después, tuve tiempo y ganas y me la pasé y, hombre, no estuvo nada mal, no voy a decir una cosa por otra. Aunque, como ya me temía, el mensaje de fondo quedaba apenas visible, levemente insinuado -es muy difícil, por no decir imposible, pasar la socarronería intelectual de Eco al lenguaje cinematográfico-, la película estaba exquisitamente ambientada y soberbiamente protagonizada por un Sean Connery que de macarrón al servicio de Su Chistosa (o sea, como un vulgar donsimón) ha pasado a ser, con el transcurso de los años, un actorazo enorme (o sea, como un Mouton-Rostchild de 1924).
Ayer encontré en un hipermercado esa misma película en DVD a precio de saldo y pensé que por ese precio valía la pena la ganancia en calidad de una película que, una vez al año, bien puede volverse a ver para disfrutar del espectáculo visual de su buena factura: en el cine, como en la música, cualquier tiempo pasado fue mejor, y en estos ámbitos me alimento casi exclusivamente de revisiones y de reaudiciones. Como viene siendo costumbre últimamente, en un intento -creo que vano- de combatir el intercambio por Internet, se ofrece con la película un cierto valor adicional, con las típicas escenas que no sobrevivieron al montaje, tomas falsas, entrevistas con este y con el otro... generalmente, sandeces de relleno, por lo que llevo visto (aunque bien es verdad que no he visto mucho) pero, en este caso, el valor adicional tiene su importancia. Es una entrevista con el director de la película, Jean Jacques Annaud, en la que explica de pe a pa la génesis, la preparación y el rodaje de la misma. Tan de pe a pa, que la entrevista dura dos horas, en francés original (que he complementado con unos prudentes subtítulos dadas las carencias de seis años de francés de bachillerato, plan de 1958) y me la he tomado de un trago que, además se me ha pasado en un vuelo. A través de la misma, he podido constatar los enormes esfuerzos de documentación desplegados por el director y por un no pequeño ejército de especialistas, de escritura del guión -la película se rodó con el guión número 17-, de decorados (obras de verdadera arquitectura, casi podría decirse, o sin el casi), de vestuario, de atrezzo, todo ello supervisado milimétricamente por no sé cuántos asesores en diversas y puntualísimas ramas de la historia y del arte medieval (sobre todo, de la Baja Edad Media). Ni que decir tiene que el presupuesto para todo esto fue enorme, enorme en términos absolutos y enorme en términos relativos, pues hay que tener en cuenta que se trata de una producción europea y en Europa no se manejan habitualmente las cifras del otro lado del charco.
Es otro motivo para la reflexión. En un ámbito de libre acceso al conocimiento... ¿serían posibles producciones de este tipo, con presupuestos tan enormes? La respuesta de los apropiacionistas parece clara: no. Por supuesto que no. Si la Guardia Civil no protege manu militari el paso por taquilla, producciones cinematográficas de alto costo no serán posibles.
Esta objeción parece real, pero también me parece real esta otra: pese a las redes de intercambio -impacto directo bajo la línea de flotación del apropiacionismo- las buenas producciones (y muchas no tan buenas), por costosas que sean, siguen generando pingües beneficios. Habrá que convenir, evidentemente, que las redes de intercambio suponen una merma en estos beneficios, pero, vistas las propias cifras, no parecen tan importantes, en términos relativos (ya quisiera yo que me tocara una primitiva premiada con el equivalente de una merma de esas). O sea que, pese a toda la cagarela apropiacionista, los beneficios siguen siendo enormes, pese a una cierta y pequeña disminución en los mismos.
Y es que volvemos otra vez a lo de siempre: estamos ante un problema de modelos. De modelo retributivo, ya lo he dicho -y no sólo yo, por supuesto- muchas veces; pero es que, además, podríamos estar también ante un cambio en el modelo del negocio y en el modelo de producción. No puedo saber con precisión cuál es la alternativa (ni tampoco me he propuesto como misión vital hallarla: ese va a ser problema de los que se van a forrar con ella), pero cada vez tengo más claro que ésta pasa por lo digital. La televisión digital terrestre va a configurar nuevos modelos de negocio; la publicidad, por ejemplo, seguirá financiando contenidos que serán entregados gratuitamente al consumidor, como ha hecho hasta ahora la televisión convencional, pero quizá la publicidad incluso llegue a constituir un escalón financiero secundario; una pista en versión analógica: la cantidad de dinero que se genera mediante programas que promocionan -o, simplemente inducen sin dar nada a cambio- llamadas a números de teléfono remunerados. Cada vez, por ejemplo, que un espectador entusiasta envía un SMS jaleando al putón verbenero que está ocupando los correspondientes minutos de la salsa reglamentaria, sea rosa o de tomate, la cadena televisiva productora recauda... ¿cuánto? ¿veinte céntimos? ¿cincuenta céntimos? Pues cabe imaginarse lo que pueden hacer los innumerables canales digitales aprovechando la interactividad del sistema mediante encuestas, concursos... y un sinfín de posibilidades más. Si yo, que no tengo nada que ver con el mundo de la publicidad y de los media, soy capaz de verlo, cabe imaginar -quizá con cierto horror- lo que pueden estar pergeñando ahora mismo los más conspícuos acróbatas de las agencias de publicidad o de medios de comunicación o de productoras de contenidos de entretenimiento.
Ahora mismo, la televisión ya rentabiliza por sí sola producciones de bajo y medio coste; incluso se produce muchísimo exclusivamente para televisión. Y, aunque muy de vez en cuando, hay calidad, no todo son salsas: yo no recuerdo haber pagado nada por series como «Retorno a Brideshead» (creo que se escribía así, no recuerdo), buenas adaptaciones literarias como «El Conde de Montecristo», excelentemente interpretada por Gérard Depardieu o producciones estupendas -y costosas- como «Hermanos de sangre» que Tele 5 nos dispensó a los noctámbulos del agosto del 2003 (eso sí: con un cargamento de publicidad de difícil digestión, pero, claro, alguien tiene que pagar). Estoy convencido -y los productores también, aunque lo callen- de que la evolución del modelo llevará a que las televisiones libres (libres de pago, se entiende) puedan financiar grandes producciones y rentabilizarlas por sí solas.
¿Televisiones? Bueno, hablamos de televisión como por inercia. La tecnología que ya tenemos encima no tendrá apenas que ver con la alumbró la palabra; ya a estas alturas poco tiene que ver como medio en sí mismo ni como modelo de gestión. Como medio de transmisión, el cable, Internet, con todas sus enormes posibilidades de interacción van a determinar más modelos, mucho más y muy distintos.
Hay mucho dinero a ganar sin que el usuario tenga que pagar y sin que los presupuestos públicos tengan -al menos, necesariamente- que financiar. En esto estoy absolutamente convencido de que el tiempo me dará la razón y, además, en plazo razonablemente breve (si no me la está dando ya ahora mismo). Por eso creo que seguirá habiendo grandes y buenas (y también grandes y malas) producciones, quizá gestionadas de otra forma, pero seguiremos teniendo espectáculos de alto valor añadido y seguiremos pudiendo acceder todos (en cuanto el señor ministro se digne apretar las tuercas a las telecos para que se suprima de una vez la brecha digital en lo tecnológico y en lo social; el remedio de la otra, de la brecha intelectual, está en manos del propio interesado, que habrá de acabar pasando por el aro, tanto si le gusta como si no, y si piensa huir recluyéndose en un monasterio, que vaya con ojo).
Y llegamos, en definitiva, a donde siempre: el terror ante el derrumbamiento de la taquilla es propio de mentes estrechas. Y de algún que otro sinvergüenza.
Por: Javier Cuchí | Correo ordinario | Comentarios (2) | Referencias (0)
Sólo mencionar que no me espero nada de la película del capitán alatriste. Y no es que sea uno de esos caballeros apocalípticos del cine español. De vez en cuando me sorprendo con algo que vale la pena ver y está hecho aquí (aunque sucede poco). La verdad es que ninguna de las adaptaciones cinematográficas que he visto de obras de Pérez-Reverte estuvieron a la altura. "La Tabla de Flandes" era una patética simulación de lo que el libro fue, destrozando todo lo bueno que el libro tuvo y la adaptación de "El Club Dumas" no me digné verla, y eso que estaba avalada por Roman Polansky. Sólo "Territorio Comanche" me gustó, y creo que se debe a que no había leído el libro, de haber leído el libro seguramente tampoco me habría parecido merecedora de tal opinión...
Así no creo que con esta la cosa cambie. Siempre ví, salvando las distancias, en Pérez-Reverte al Stephen King español: Dos escritores de éxito, de los dos devoré libros hace años para pasar a aburrirme tiempo después, los dos muy adaptados al cine, y los dos FATALMENTE adaptados en la mayoría de ocasiones...
Se acabó el comentario :P
Un saludo.
Versvs | 29-08-2005
De Alatriste (blasfemo, hereje, jaque, lapidadlo y dejadlo a las buenas noches con una mojada de toledana y un Dios os guarde) me gustan la ambientación y los personajes. Pero no puedo evitar sacarme de la cabeza que no son novelas, sino cuentos largos. Me encantan sus artículos y cuentos cortos, pero en Alatriste (serie que leo -uso el presente a propósito- y cuyo juego de rol dirijo) no me acaba de convencer. Hasta que lees cosas como El oro del Rey, claro, donde la acción sí parece adecuada y bien dosificada.
P.D. King solo sabe escribir cuentos. Nunca supo cuando parar al hacer una novela, me temo. Eso sí, qué cuentos. Ese procesador de palabras de los dioses...
lamastelle | 31-08-2005