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El Incordio

¿Quién soy yo?




Me llamo Javier Cuchí y soy miembro de la Asociación de Internautas y de Hispalinux.

El conocimiento corre hoy serio peligro como derecho universal que existe desde el alba de la Humanidad. Me preocupan, y mucho, las crecientes maniobras de varios sectores financieros (bajo denominaciones sugerente y falsariamente industriales o artísticas) y de sus factótums políticos, que no pretenden otra cosa que la apropiación ilegítima y fraudulenta de ese conocimiento para convertirlo en un valor puramente especulativo, restringido y escaso, fuente de aún mayores desigualdades y exclusiones de personas, sociedades y pueblos, y causa de pobreza y de subdesarrollo

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¿Qué es «El Incordio»?


Un grito de alerta, un silbato que clama «¡Al ladrón!», una voz de protesta, un «no convencéis y está por ver si vencéis»

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Jueves, 18 de agosto de 2005

Un fenómeno y un par de cabronadas

De la serie: «Los jueves, paella»

Nuevamente me sacude las legañas un artículo de Enrique Dans en «Libertad Digital» hablando de la brecha digital sosteniendo la algo más que teoría -que suscribo totalmente- de que la brecha digital no es simplemente una cuestión económica sino más bien de mentalidad. Digo que lo suscribo, pese a que en la Asociación de Internautas no dejamos de clamar -con nuestra razón, también- por el hecho de que estos precios de conexión son un abuso que ahonda la brecha digital; sin embargo, la realidad de la alegría con que se venden pisos de 300.000 euros, automóviles de más de 20.000 y los mares de gasolina que se queman diariamente a más de un euro el litro por no utilizar el transporte público (cosa sólo justificable en Barcelona, visto su transporte público), parecen desmentir que la cosa sea disuasoria por 35 o 40 euros mensuales.

Hay casos, en efecto, en los que el precio de la conexión es dirimente; otros casos -alucinantes, en un país europeo- de simple imposibilidad técnica porque a las señoras telecos no les sale de los cataplines; pero todos estos casos, a los que hay que prestar muchísima atención, son, sin embargo, minoritarios, aún sumados. La gran masa de excluidos de la red son autoexcluidos, son gente que de eso de los ordenadores ni entiende ni quiere entender; y lo gordo es que muchísimos de ellos no son gente anciana, ya fuera de los circuitos laborales y profesionales (al contrario, en los hogares del jubilado hay tiros, bombas y puñaladas para hacerse con una plaza en un curso de iniciación) sino personas a las que aún les quedan diez o quince años de vida activa por delante. No me extiendo, remito al lector al muy clarividente artículo de Dans.

Pero es que esta actitud (yo de ordenadores no entiendo) me recuerda un poco a ese esconder la cabeza bajo el ala que caracteriza a sectores nada pequeños ni excepcionales del mundo agrario. Todos los urbanícolas nos hemos cruzado más de una vez con la sonrisa malévola del hombre de pueblo (en Cataluña nos llaman pixapins -meapinos- y camacus, sarcasmo fonético del inocentón «¡qué bonito!» exclamado ante la vista de un simple árbol o de una vulgar cabra); todos hemos tenido que escuchar pacientes los discursos pueblerinos de lo mal que vivimos en la ciudad, de esa manera de correr a todas horas pendientes del reloj y del minuto, y eso tan lleno de coches, y ese aire irrespirable. No les falta cierta razón, pero con toda su razón, sus propios hijos pierden el culo y las témporas para coger los bártulos y largarse a lugares tan horribles. Y en no pocos casos, su maravillosa y bucólica vida pueblerina va a consistir en vender las tierras por cuatro duros (por no saber gestionar las explotaciones, que muchos de ellos ni saben ni quieren saber: yo, de papeles, no entiendo) a una multinacional que los contratará por un par de euros mensuales para barrer las naves de maquinaria que antes fueron de ellos (y fichando a las siete de la mañana, ojo). Y comerán, como los urbanitas, pollos criados con piensos transgénicos (ya lo hacen ahora, digan lo que quieran: compran en el súper, igual que yo).

La evolución de los tiempos puede gustarnos o no; pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, con razón o sin ella, es un derecho que tenemos todos. Pero lo que no podemos -por nuestra propia supervivencia- es ignorar la realidad de presente en la que vivimos y menos podemos aún figurarnos que el futuro se construirá a la medida de nuestro gusto y de nuestras ganas (y menos si, como es habitual, no movemos ni un dedo para intentar que ese futuro sea, en lo posible, como queremos que sea).

Esto de Internet sólo está empezando. Ahora mismo, no estar en la red va siendo como hace treinta años no tener teléfono: una incomodidad, acaso grave, importante, pero incomodidad, a fin de cuentas; y algo impensable en el trabajo, claro. Pero es que dentro de muy poco -en materia tecnológica, los años cunden como siglos- no estar en red va a ser como ignorar la electricidad: sin Internet no podremos gestionar nuestra economía familiar (no habrá oficinas bancarias), no podremos gestionar nuestro ocio (cine, música, radio, televisión...), desde luego -esto es absoluto- olvidémonos de tener un trabajo y, en definitiva, probablemente no podamos gestionar ni nuestra propia casa (la domótica no será una virguería sino algo común). No estoy hablando de un futuro remoto, como podía serlo el año 2000 en 1960 (aunque los futuros remotos también acaban llegando): este panorama podría estar aquí en diez o quince años.

Tal vez entonces yo mismo me ría de lo largo que lo fié.

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Cuando llegué a Asturias el 1 de agosto, a Langreo, concretamente, estaba candente el tema Menasa. Cuando me fui, el 13, estaba más candente todavía. He leído periódicos asturianos estos últimos días y este asunto se está calentando cada vez más, con cortes de vía férrea, de tráfico urbano y ay, ay, ay...

Pero... ¿qué es Menasa? Menasa (Metalúrgica del Nalón) es una pequeña o mediana empresa que, al parecer, funcionaba razonablemente bien, y cuyos talleres están ubicados en una zona de Langreo ya muy próxima al ensanche urbano del concejo; esto hace que los terrenos en los que está enclavados sean muy apetecibles. Naturalmente, como la voracidad inmobiliaria no descansa, surgió el apaño. Una entidad con sede en Cataluña, Binertrón Ibérica, se hizo con el poder en la empresa, aunque ésta sería propiedad de un señor llamado Adolfo Carrocera Villa, titular del 76 por 100 de sus acciones. Pero según CCOO, UGT y USO, Carrocera -para las mismas fuentes, un parado langreano hasta no hace mucho- sería un hombre de paja de Binertrón, puesto ahí para echar abajo la empresa, liquidarla y culminar la operación de especulación urbanística. De hecho, Menasa acumula ahora mismo una deuda de seis millones de euros (mil millones de las antiguas).

Tanto el Principado de Asturias como el Ayuntamiento de Langreo han propuesto soluciones diversas, llegando a ofrecer la compra de las acciones de Menasa pero, pese a que el Ayuntamiento de Langreo ha asegurado que no recalificará esos terrenos -lo cual, teóricamente imposibilitaría la operación especulativa- Carrocera no vende. Es evidente que la realidad, la simple contemplación del paisaje en el que está enclavado Menasa, desactiva la amenaza municipal: más temprano que tarde, esos terrenos habrán de ser recalificados como zona urbana apta para vivienda.

La cosa pinta fea para cincuenta trabajadores, bastantes de ellos ya mayores y con mucha antigüedad en la empresa. Por eso el asunto está encabronado.

Y ahora el lector se preguntará por qué el plasta de Cuchí nos trae aquí el asunto este, cuando asuntos como este los hay -desgraciadamente- por decenas en toda España. ¿Porque pasa en su medio pueblo?

Pues casi. Resulta que Adolfo Carrocera formaba parte de la pandilla veraniega de mis años de adolescencia y primera juventud en Sama, así que lo conozco. No lo conozco a fondo, no es, hablando con propiedad, amigo mío (de hecho, hace casi treinta años que no le veo), pero tenemos compartidas algunas risas, algunos chapuzones y algunos paseos por el parque. Mi hermano y yo recordamos juntos con frecuencia una anécdota que nos hace mucha gracia, cuando sentados todo el grupito en un banco del parque en alegre cháchara, de pronto Fito (así le llamábamos) nos interrumpió:

- Oye... ¿cómo se dice «joder» en catalán?
- Hombre, pues así, literalmente, fotre...
- ¡Pues vámonos, fotre, que ya son las nueve!

Lo recuerdo menudo, magro, muy moreno, de ojos muy grandes y oscuros y un tío realmente simpático, siempre sonriente, siempre presto al chiste y al comentario jocoso.

Espero que no sea verdad, que los sindicatos se equivoquen o resulte que hayan manipulado los hechos, que a Fito simplemente le hayan ido las cosas mal en la empresa y que acepte una solución razonable; sobre todo, sobre todo, que salve esos puestos de trabajo o que de otro modo (recolocaciones, prejubilaciones...) solucione dignamente el problema de esas cincuenta familias.

No me gustaría que fuera cierto que Fito le ha tomado gusto a lo de fotre. No me gustaría que cincuenta familias enviadas a la mierda formaran parte, por efectos retroactivos, de mi hasta ahora rosado imaginario juvenil.

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Llevo un tiempo mosqueado por esta moda de meterle soja a todo como si fuera una especie de ungüento amarillo que sirve para todo, desde curar unas fiebres cuartanas hasta reducir la celulitis del culo. Soja en la leche, soja en el yogur y hasta soja por sí sola en mil presentaciones distintas.

En términos gastronómicos, la cosa me preocupa relativamente poco; la historia de la alimentación no es sino la historia de nuevos productos incorporados a la dieta común, traídos por la mejora de las comunicaciones y la agilidad del comercio, que han acabado tomando carta de naturaleza tras más o menos tiempo: la patata, el cacao, el tomate... Si ahora le toca a la soja, pues bueno. A mí, en particular, no es cosa que me llame la atención, aunque reconozco que me hace cierta gracia meterle a la ensalada los brotes esos que parecen espermatozoides.

No sé o no recuerdo que la soja haya sido un producto tradicional en España; sé que desde hace algunos años -es una proteaginosa- se utiliza para alimentar al ganado, ignoro si al natural o formando parte de piensos; y también que algún enemigo de la Humanidad hace grasa con ella y encima osa llamar a eso aceite. Para mí no hay más aceite que el de oliva y todo lo demás son lubricantes de tractor soviético.

Pero como en esto de la soja veo metidas las puercas narices de las multinacionales, me decido a emprender una pequeña investigación doméstica -Google mediante-, a ver si adquiero una culturilla en la materia. Ya iré comentando. Hasta ahora, aflora un dato interesante: por ejemplo, que el 97 por 100 de la producción mundial de soja está en manos de muy pocos países: EE.UU., China, Brasil, Argentina y uno o dos más -americanos, también- que olvido en este momento. Y otro dato: la mitad larga de la soja que se cultiva, es transgénica, o sea, tratada mediante ingeniería genética. ¡Ah, coño! Patentes habemus.

Efectivamente. Me entero de que Monsanto -que tiene todas las patentes habidas y por haber en la materia- reclama a la República Argentina -entre otras, imagino- una pasta por el uso de dichas patentes. El gobierno argentino responde que esas patentes no las tiene reconocidas en su jurisdicción y que lo que sí existe es el derecho ancestral de los agricutores a reservar parte de las cosechas en semillas para ulteriores siembras.

Ya estamos en lo de siempre, el bandidaje, la apropiación -el robo- del conocimiento. Ingeniería genética es una expresión de carácter tecnológico que permite la dialéctica apropiativa; pero la ingeniería genética no crea nada que no esté en la naturaleza. La ingeniería genética no crea genes, los pasa de acá para allá. La ingeniería genética, en definitiva, no es más que la versión megatecno de una práctica que existe desde que existe la agricultura: el injerto, la mejora de especies mediante la aportación de otras. Y eso es impatentable.

Solemos creer que todo esto del robo del conocimiento es algo que sólo afecta a la música, como si la vida empezara y terminara con don Teddy. Y no. Lo de la música es lo de menos. A mí, el niñato de los tirabuzones no me levanta el culo de la silla ni para bien ni para mal; si hay quien le paga, que le pague; si hay quien le copia, que le copie; si a eso se le va a llamar piratear, que se le llame piratear. En sí mismo, todo eso me trae al fresco. No me lo trae, en tanto en cuanto esto se inscribe en un atraco muchísimo más amplio al patrimonio de la Humanidad: la patente sistemática de procesos naturales por el simple hecho de poder realizarlos artificialmente, y lo que esto conlleva; entre otras divertidas cosas, la apropiación de alimentos y de medicamentos.

Como digo siempre: o paramos esto o esto nos para a nosotros.

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Hasta el próximo jueves, que será el último de mis vacaciones. Esto de las vacaciones es tan bueno que cualquier día lo patentará una multinacional americana. Al tiempo.

Por: Javier Cuchí | Los jueves, paella | Comentarios (3) | Referencias (2)

Comentarios

Me parece muy importante lo de los autoexcluidos de Internet.
Conozco mucha gente de edad "joven" (últimos 30 y primeros 40) que también "pasa" de Internet, y me sorprendo con los jóvenes de verdad (primeros 20) que también lo usan de manera limitadísima (chat y descargas, y poco más).

Mi impresión, totalmente subjetiva e indemostrable: el "vicio" de Internet es un vicio de lectores. Y aún más de lectores en inglés.
Desafortunadamente, en ambas cosas andamos un poco flojos en este_país. Y creo que eso influye mucho en el relativamente lento desarrollo de Internet en España.

Malaprensa | 22-08-2005

Mas vale tarde que nunca.

6 de los trabajadore de Menasa llevan encerrados en la misma 126 dias, menudo fallo del tal Fito, por decir algo que ya van dos empresas que este señor (por decirlo de alguna manera) ha cerrado en Langreo, juega con la vida de la gente, creo que no es el Fito que tu conociste

Jorge | 21-11-2005

Felicidades por la pagina.

Comentar que he sacado al mercado un CD muy interesante y económico, relacionado con marcas comerciales, esta recomendado y se puede adquirir en:
www.historiademarcas.com
Gracias

jesus | 18-04-2006

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Salteado de otoño | 2005-10-06 12:54:37
[...] recuérdese, sigue in albis. Pese a los buenos vientos que llegaron hace un par de semanas, la cosa no parece que prospere. Los sindicatos acusan al Ministerio de Industria de entorpecer la operación de compraventa de la empresa, Fito Carroc [...]

Premios y... distinciones | 2006-01-26 10:20:05
[...] como ya expliqué en cierta ocasión, he hecho de MENASA algo mío -dentro de mis pobres posibilidades- y me interesa todo lo que suceda alrededor de este pequeño y lejano -aunque no para mí- drama postindustrial; por otro lado, por intenta [...]