Jueves, 28 de julio de 2005
De la serie: «Los jueves, paella»
Las siete de la tarde; estoy tranquilamente en casa mamarracheando notas en el ordenador (luego no hay manera de recordar dónde y de quién has leído lo que has leído) y suena el timbre. Abro la puerta de abajo sin preguntar, creyendo que es mi mujer, cuya llegada espero de un momento a otro y, vaya, hombre, dos estúpidas que intentan darme el timo del slamming pretendiendo que les enseñe el recibo del teléfono. Las envío a la mierda y las conmino a que se vayan a la calle; pasan de mí. Otras lo intentaron otro día y fueron a la calle, ya lo creo que fueron a la calle, pero en aquella ocasión tenía testigos entre mis vecinos (algo muy conveniente si luego acaba la cosa en comisaría) y hoy estaba esto solitario, así que han echado escaleras arriba. Hasta aquí, nada del otro jueves, desgraciadamente. Supongo que al final se habrán largado porque en esta época del año, entre jubilados, gente de vacaciones y gente que trabaja a jornada partida todo el año (sí, sí, aún los hay) y aún no ha llegado a casa, apenas queda nadie en la escalera tal día a tal hora.
Lo peor es que llamo a la policía para que eche a esas dos timadoras. Primero a la Guardia Urbana, que en Barcelona era lo único [remotamente] parecido a una policía de proximidad que teníamos y a la que podíamos llamar tranquilamente para casos poco más -pero no mucho más- que domésticos. Me dicen que nanay, que al 091. Bueno, llamo al 091: «Habla usted con la central de policía; en breves momentos atenderemos su llamada». Ay. Esto ya parece Ya.Com... ¿a que han subcontratado la atención telefónica? Seguro. La poca Policía Nacional que nos queda debe estar patrullando las Ramblas para que al «Sunday Times» no le dé por explicar -y sin mentir- que Barcelona es una mezcla de casino de mercadillo de saldos y de patio de Monipodio, donde el timo al guiri es el deporte local, desde la ilegalidad real (trileros) hasta la legalidad aparente (un sector nada pequeño de la hostelería). Y los Mossos d'Esquadra deben estar ocupadísimos recaudando en los controles de alcoholemia, que es su actividad preferida cuando hacen falta en cualquier otra parte (en Berga, por ejemplo...).
Supongo que, efectivamente, las tiparracas se habrán largado porque no hay constancia ni rastro de que hayan pasado la noche en la escalera; quizá antes de irse le habrán dado un palo a algún vecino incauto (y sordo, porque mira que lo he avisado); por otro lado, la poli no sabe, no contesta, parecen un proveedor de Internet. En fin, cada palo que aguante su vela y que la víctima de una preasignación fraudulenta ofrezca su sacrificio en holocausto a la mayor gloria de Clos, de Tura y del delegado del Gobierno que no sé -ni quiero saber- cómo se llama.
Y que no nos pase nada el día que sea una urgencia de aquellas de vida o muerte...
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No, si es que hoy tengo el día. Toca renovar el permiso de conducción. La última vez fue un par de meses antes de cumplir los 45 y tres o cuatro semanas después de tener el nuevo ejemplar me di cuenta de que su caducidad no era la acostumbrada de diez años sino que su fecha límite estaba puesta justito justito -y no por casualidad- para el día de mi cumpleaños, en agosto del corriente, fecha en el cual caen los 50 redonditos. Queda, pues, solemnemente inaugurado mi ingreso en la dinámica administrativo-geriátrica. A partir de ahora, y durante veinte añitos más, hasta cumplir los 70, tendré que renovar cada lustro. Eso si no cambian las normas, que seguro que cambian, porque a esto de tocarle la pera al ciudadano de mierda se apuntan los políticos con rara unanimidad y mal disimulado entusiasmo.
Con ocasión de la renovación anterior, tuve que obtener por primera vez eso que llaman (más o menos)
certificado de aptitud física y psíquica. Se ve que este curiosísimo papelote no puede expedirlo un médico normal y corriente, debidamente colegiado y mediante el modelo de certificado
ad hoc de toda la vida, no; ha de hacerlo uno adscrito a una entidad debidamente
homologada. Ya se sabe: cosas del
3 por 100. Me sometieron a un examen de audiometría, optometría, toma de tensión y me hicieron jugar con una especie de videojuego en el que se manejan dos palancas con sendas manos a fin de mover unas especies de porquerías virtuales de forma indefinida manteniéndolas dentro de los márgenes de unas teóricas carreteras que iban pasando; naturalmente las carreteras tenían recorridos distintos y nada simétricos. Bah, me entretuvo, me hubiera gustado jugar más, pero el tío aquel (que no médico: el médico sólo aparece para firmar el certificado y poner debajo el número de colegiado y aún así... nunca les he pedido la credencial colegial) dijo que lo había hecho genial y que a la calle. Por cierto: tuve la bronca correspondiente porque querían cobrarme las seis mil pelas (entonces eran aún pesetas) por adelantado; les dije que no, que les pagaría cuando me entregaran la papela y ellos me respondieron que el servicio me lo prestaban igualmente, a lo que tuve que responderles, a mi vez, que servicio una mierda, que yo ya me cuido la salud con los médicos que yo elijo y no con los que me designa la Dirección General de Tráfico, que venía simplemente a
comprar un papel, para lo cual, ya que no había otro remedio, estaba dispuesto a someterme al examen reglamentario, pero que la pasta, contra el papel que ponga «apto», hasta ahí podríamos llegar, encima de puta, pagando la cama...
Esta vez la cosa ha sido más sencilla. Para empezar, no han pretendido siquiera cobrar por adelantado (o sea que no he debido ser el único en armar follón por el tema este). Y las pruebas han consistido en la audiometría y la optometría. Nada de toma de tensión. ¿Y el videojuego? Me han dicho que la máquina se había roto y yo he hecho ver que me lo he creído. Me han preguntado si tomaba alguna medicación, he contestado lo que me ha dado la gana (cubro con un velo de misterio si he dicho la verdad o he soltado una trola) y el doc -ese sí era doc, que tenía una papela con careto colgada de la pared y era él, sólo que más jovencito- ha puesto una raya sobre el cuadrito de
no se medica (y sigo sin aclarar lo que le he dicho yo a él) y nos hemos quedado los dos ambos como si hubiésemos cagado. El precio ha sido el mismo de hace cinco años, así se explica que las pruebas se hayan reducido a la mitad: se las ha tragado la inflación. Como he resultado «apto», he pagado religiosamente y, hala, listos.
A Correos a poner el giro postal...
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La administración (ahora
empresa pública) de Correos siempre había sido la cosa más cutre al norte de Gibraltar. Hasta que hice de
turronero en dos o tres vacaciones de Navidad cuando estudiaba la carrera y vi la realidad
in situ, siempre había pensado que los funcionarios de Correos estaban allí como castigo: a lo mejor, en un destino anterior en Hacienda, pongo por caso, le habían metido mano al cajón; o en una inspección de Industria habían violado a la secretaria del gerente de la empresa inspeccionada; cosas así de gordas tenían que ser, porque no había otra explicación para su presencia en ese infierno de la nacionalburocracia. Más sí que la había: resultó que eran funcionarios tan dignos como cualquiera, sólo que amargados hasta la depresión entre unos sueldos de verdadero asco (circunstancia a la que todos los funcionarios públicos estamos regresando más bien al galope) y una jerarquía de mayor asco todavía. Uf, qué cosa. Recuerdo aquel sótano del edificio central de Correos de Barcelona, pintado de verde
años 40 (aunque ya estábamos entrados en los 70), con unos -pocos- fluorescentes plagados de cacas de mosca y bastante mortecinos, con una maquinaria -inservible- de la época del jurásico; funcionarios macilentos y malhumorados ataviados con guardapolvos grises y, encima, de vez en cuando, llevaban pegado a la ropa de trabajo el rombo con la "M" blanca sobre fondo rojo, que no era señal de raza infamante (aunque casi se acercaba a ello) sino el símbolo de que estaban militarizados, que era una de las gracias del
Invicto cuando las huelgas se le iban de las manos. En esa circunstancia, la falta más pequeña catapultaba de cabeza a un consejo de guerra, cuya sensibilidad hacia las garantías jurídicas del procesado es de todos bien conocida.
Estoy seguro de que el bloque de Alcatraz que daba cobijo a la silla eléctrica y otras instalaciones al efecto, debía ser más alegre que el sótano aquel.
Hoy son felices trabajadores públicos -en régimen laboral más o menos basura: hay de todo-, ejercen en edificios algo más alegres -sin excesos, por supuesto- y los jefes ya no son polvorientos megaburócratas sino encorbatados aliñados a la gomina apestando a escuela de
management que tira de espaldas (o sea que no sé qué es peor).
Así que voy a poner el giro. Sólo tengo dos o tres personas delante mío, pero dos de ellas traen unos carromatos de paquetería y unas listas de certificados como para parar un tren. No hay ventanillas especiales para estos
abusacolas que guardan el turno común, así que pasa como cuando en el peaje de la autopista vas a ponerte detrás del gilipollas que no se aclara con la máquina, ni con la tarjeta, que seguidamente se le cae al suelo y, para terminar, cala el coche que, encima, luego no le arranca. Claro que tampoco puede haber ventanillas especiales: poco personal, incluso cuando está la plantilla al 100 por 100, mes de julio (vacaciones), once y algo de la mañana (desayuno) más una previsible baja y otro previsible permiso por exámenes, asuntos personales o el niño, que han llamado de la guardería diciendo que está malito. Casi me dan las doce y era el tercero o cuarto de la cola.
Pero como todo llega, al fin es mi turno. Le indico a la empleada la cantidad y el destinatario, la Jefatura Provincial de Tráfico.
- ¿Es para renovar el carnet de conducir?
- Pues sí...
- Haberlo dicho. Déjeme la documentación.
- ¿La documentación?
- Sí, para el envío.
- Bueno, es que necesito fotocopiar el resguardo del giro y mi DNI
- Claro, pero aquí se lo hacemos todo.
- Pues es una pena, porque la documentación que me envió Tráfico la tengo en casa. Pensaba volver mañana, con las fotocopias, para mandar todos los papeles certificados.
Lástima que el Espíritu Santo no me anunciara por ciencia infusa que en Correos me harían todo el trámite, porque aún actuaba bajo el... estímulo... del Correos salchichero.
Alguien tendrá que decirle al de la gomina que la prestación de un buen servicio no sirve para nada si el usuario no la conoce. Siempre la vamos a cagar en lo más tonto. Esto debieran explicarlo en los primeros cinco minutos de los cursos de
management y mantenerlo por siempre estampado en el nudo de la corbata.
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Y con esta, se terminan las
paellas del presente curso laboral/académico. Pero volverá el arroz, y pronto. Tras unas breves vacaciones, estará aquí de nuevo el próximo 18 de agosto.
Hasta entonces, feliz descanso.
Por: Javier Cuchí | Los jueves, paella | Comentarios (0) | Referencias (0)