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El Incordio

¿Quién soy yo?




Me llamo Javier Cuchí y soy miembro de la Asociación de Internautas y de Hispalinux.

El conocimiento corre hoy serio peligro como derecho universal que existe desde el alba de la Humanidad. Me preocupan, y mucho, las crecientes maniobras de varios sectores financieros (bajo denominaciones sugerente y falsariamente industriales o artísticas) y de sus factótums políticos, que no pretenden otra cosa que la apropiación ilegítima y fraudulenta de ese conocimiento para convertirlo en un valor puramente especulativo, restringido y escaso, fuente de aún mayores desigualdades y exclusiones de personas, sociedades y pueblos, y causa de pobreza y de subdesarrollo

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Lunes, 25 de julio de 2005

Moralina, censura, estupidez y educación

De la serie: «En profundidad»

No quisiera inmiscuirme aquí en criterios concretos de lo que es o debería ser moralmente tolerable o no; ni siquiera quisiera entrar en el debate de si debería o no existir una línea clara y precisa, o incluso borrosa y difusa entre lo tolerable y lo intolerable; y menos aún sobre si deberían existir o no los propios términos de tolerable o intolerable. Esto, a lo sumo, podría ser objeto de tratamiento en una paella, pero aún así lo veo difícil.

Y, sin embargo, no sé si voy a poder sustraerme a entrar en ese mundo difícil aunque sea tangencialmente, porque en ese mundo está la base del problema que voy a tratar hoy. Me refiero al juego de videoconsola «Grand Theft Auto», que fue calificado en los inefables Estados Unidos como «Sólo para adultos» la semana pasada.

Daniel Rodríguez Herrera se refería a esto en su anterior artículo semanal y no es la primera vez que escribe sobre la materia, es decir, sobre la censura de los videojuegos. Por supuesto, es partidario de censura cero y alega que pretender que los jóvenes desarrollan comportamientos a partir de los videojuegos -y lo mismo cabe decir de las películas- es absurdo; suele añadir, además, que la censura es contraproducente puesto que sirve a una mayor publicidad del elemento censurado que, además de venderse en versión íntegra en países donde tal censura no exista, circulará igualmente por las redes P2P.

Estoy de acuerdo con este último razonamiento al que añado el ya clásico peligro del precedente: hoy se censura un videojuego por moralmente peligroso, mañana le ponemos un chal al escote de Rocío Jurado y pasado mañana nos cargamos un libro porque a lo mejor dice cosas que no gustan a Gestmusic. Una vez sentado el principio, por más carácter excepcional que se le eche, acaba extendiéndose a multitud de excepciones. Por tanto, aunque a veces la libre circulación de un contenido nos pueda reconcomer los higadillos (y aunque en ese retortijón estemos absolutamente seguros de que la más recta justicia y la más objetiva razón están de nuestra parte), es mejor aguantarlo, contrarrestarlo en la esfera familiar o privada y sufrirlo a beneficio de los otros muchos, buenos y necesarios contenidos que podrían caer en la hoguera si permitiéramos que se encendiera.

Porque en el mismo hecho anecdótico que comentamos ya vemos el peligro y el absurdo: el juego es, de hecho, ultraviolento, sexista y brutal; pero hasta que no se detectó en él un truco para hacer aparecer un escenario de sexo explítico (con los personajes dibujados y vestidos, pero explícito), nadie dijo esta boca es mía.

Sabemos también que ha habido polémica con otros juegos por violentos (como Carmaggedon) o incluso por nazis (casi siempre con, pero también sin, violencia) o racistas, entre otros...

Tiendo a no estar de acuerdo con Daniel Rodríguez, en cambio, cuando insiste en que las películas o los juegos no inducen a su emulación. Es verdad que una película o un juego, por populares que sean, no inducen por sí mismos a la gente normal (los descerebrados son otra cosa) a reproducir en la vida real los acontecimientos o conductas que contienen. Pero sí es cierto que en su conjunto propagan y ayudan a establecer entre los jóvenes (y también en algunos menos jóvenes) un ambiente ético indeseable: el todo vale, la normalización de la violencia (que lleva a su uso incluso sin finalidad, por puro placer), el riesgo absurdo como ejercicio viril, etcétera; personalmente, tengo muy claro que algunas conductas de carretera tienen su origen no en la emulación de Carmaggedon, pongo por caso, pero sí en la progresiva sensación de normalidad con que van pasando a la vida real los acontecimientos o conductas de este tipo de juegos (no Carmeggedon, exclusiva o necesariamente, sino todo el conjunto de juegos de conducción o no: hablamos de éticas). Y lo mismo cabe decir del cine.

¿Cuál es la solución? Ahí volvemos a coincidir Daniel y yo (y muchos otros, afortunadamente, aunque desoídos, desgraciadamente): la educación. Claro que cuando se habla de educación todo el mundo piensa rápidamente en el cole: los maestros deben predicar la no violencia, en las aulas debe impartirse seguridad vial como materia curricular, y toda la cagarela habitual. Nadie parece pensar que la educación tiene mucho que ver con la palabra, ciertamente, pero también con las actitudes y con el ejemplo. Nuestro comportamiento al volante va a determinar la futura actitud de nuestros hijos como conductores, y eso pesará muchísimo más -para bien o para mal- que todas las clases de seguridad vial del mundo: cuando se habla de educación no se habla -pero debería- sobre todo de eso. Comportarnos ante nuestros hijos -al volante y fuera de él- con extremo respeto hacia los derechos de los demás, no supone criar niños tontos sino verdaderos ciudadanos y eso es educación. Cuando privamos a nuestros hijos de ciertos caprichos o les hacemos ganarse duramente los que les damos para que no vivan en una sobreabundancia que les lleve al hedonismo como único objetivo vital y como único statu quo personal aceptable, no estamos traumatizándolos ni nos van a odiar cuando sean mayores, estamos edificando personalidades sólidas que agradecerán haber encontrado una guía firme cuando la necesitaron y eso es educación, no autoritarismo.

O sea que menos censura estúpida y más educación de la buena (de la que les deberíamos dar nosotros con nuestro ejemplo personal y diario, a nuestros hijos y a los que no son nuestros hijos) y que los chavales jueguen con lo que les dé la gana... siempre que tengan el criterio debidamente formado (cosa que está perfectamente en nuestra mano) y que se lo hayan ganado con su esfuerzo personal. La decisión última, en todo caso, de los padres.

No de los gobiernos ni de Hillary Clinton que, como también dice Daniel, tiene mucho que callar.

Por: Javier Cuchí | Correo ordinario | Comentarios (1) | Referencias (0)

Comentarios

Un nuevo dato: al parecer ametrallar, tirotear y bombardear a los enemigos en el juego no provoca ninguna rasgadura de vestiduras. Lo que ha molestado es que con una aplicación que se tiene que comprar aparte los jugadores puedan practicar sexo explícito. Parece que los integristas religiosos hacen estragos.

Juan P. Clemente | 27-07-2005

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