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El Incordio

¿Quién soy yo?




Me llamo Javier Cuchí y soy miembro de la Asociación de Internautas y de Hispalinux.

El conocimiento corre hoy serio peligro como derecho universal que existe desde el alba de la Humanidad. Me preocupan, y mucho, las crecientes maniobras de varios sectores financieros (bajo denominaciones sugerente y falsariamente industriales o artísticas) y de sus factótums políticos, que no pretenden otra cosa que la apropiación ilegítima y fraudulenta de ese conocimiento para convertirlo en un valor puramente especulativo, restringido y escaso, fuente de aún mayores desigualdades y exclusiones de personas, sociedades y pueblos, y causa de pobreza y de subdesarrollo

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¿Qué es «El Incordio»?


Un grito de alerta, un silbato que clama «¡Al ladrón!», una voz de protesta, un «no convencéis y está por ver si vencéis»

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Jueves, 30 de junio de 2005

Primera paella de este verano

De la serie: «Los jueves, paella»

Leí hace pocos días, quizá una semana o semana y media, que la Magistratura de Trabajo de Castellón había obligado a una empresa a readmitir a un trabajador que había sido despedido por ser seropositivo. Bien, hasta aquí todo normal: una empresa comete un despropósito y la Justicia pone las cosas en su lugar; no siempre es así, desgraciadamente, más el sistema sí ha funcionado en esta ocasión. Pero no es esta la cuestión principal.

El meollo del asunto es: ¿cómo se enteró la empresa de la condición de seropositivo del trabajador? Pues, según el medio (que lamento no recordar ni poder, por tanto, enlazar), la afección se descubrió cuando el trabajador se sometió a una intervención quirúrgica en la mutua patronal. Y cómo pasó esa información de su historia clínica a la empresa, es un misterio. Lo cierto es que la noticia no decía nada de que director médico alguno de mutua patronal alguna haya sido expedientado por el Colegio de Médicos por tan gravísima falta contra la deontología profesional. ¿O no? ¿O resulta que las mutuas sí pueden chivarse a los patronos sobre el estado de salud de los trabajadores? Hombre, ya sabemos que la salud del trabajador, en realidad, importa un ardite, se trata de una simple cuestión de mantener la productividad en alto cuidando la salud del currante igual que cuando llevamos el coche al cambio de aceite cada 15.000 kilómetros, pero de eso a enseñarle al gerente los resultados de los análisis, no sé yo...

Me ha venido la noticia a la memoria porque acabo de recibir un mensaje por correo electrónico en el que mi empresa (una administración pública) me ofrece la periódica revisión médica (hoy por hoy, voluntaria) a cargo de no quiero ni saber qué mutua patronal. Muchísimas gracias, pero no. Mi salud ya me la cuido yo encomendando su vigilancia a buenos médicos y enfermeras, profesionales rigurosos y serios que, además de su eficacísima acción preventiva, curativa y paliativa, mantienen la boquita estrictamente cerrada sobre la presencia o no y el estado químico de mis distintos humores corporales y sobre mi salud en general.

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Releo -creo que por tecera vez- «La rabia y el orgullo», de Oriana Fallaci. Siempre he admirado a esta periodista y cuando era muy jovencillo y mis quimeras aún no habían madurado en sueños, pensaba que el triunfo total, la apoteosis final, el doctorado de un político, debía consistir en ser entrevistado por Fallaci. Crecí, mis quimeras se convirtieron en sueños y pensé que no había para tanto con Oriana pero que sí, que era una periodista genial y una referencia indispensable cuando se estudiara el tercer cuarto o incluso el último tercio del siglo XX. «Entrevista con la historia» fue para mí -y sigue siéndolo- un libro de referencia. Ahora que ya no soy jovencito -ni siquiera joven-, ahora que ya no me quedan sueños -pero me sobran objetivos- Oriana Fallaci recobra un valor que no me equivoqué al adjudicar y que sí erré cuando se lo disminuí.

«La rabia y el orgullo» no engaña en su título porque es precisamente eso y no otra cosa: rabia -odio cerval más bien- hacia el mundo fanatizado y obtuso del islamismo, y orgullo de los logros sociales, culturales, políticos, económicos y tecnológicos de un mundo occidental que, aunque tan frecuentemente nos parezca lo contrario, también ha sabido elaborar -y mejor que nadie- una ética, una doctrina del bien.

La señora Fallaci canta las verdades del barquero, dice su verdad y le importa todo una higa; son las ventajas de ir sobrellevando una enfermedad que sabe que a la larga o a la corta la llevará al cementerio. La procesan por injurias al Islam (eso de procesar por injurias veo que está de moda en todas partes) y le importa tres cojones. Ella ha dicho lo que tenía que decir y lo demás se la trae floja, empezando por ese concepto repugnante, pringoso y rastrero que suele expresarse como lo políticamente correcto.

Aquellos a quienes todavía nos importa que nos procesen hemos de ser más cautos que la admirable y admirada Oriana pero, aún a riesgo de no asumir lo políticamente correcto con la exigida suficiencia, hay que sacar de donde se pueda un poquito de valor y asumir «La rabia y el orgullo» como el testamento intelectual de una gran dama.

Un patrimonio que no podemos dilapidar porque nos va en ello quizá nuestra supervivencia: y no sólo la cultural.

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Primera página de cualquier periódico español de hoy mismo: se inicia la política social de Zapatero: tribunales especiales para los delitos contra la mujer, divorcio rápido y barato y matrimonio y adopción para los homosexuales. De las tres cosas sólo dos son necesarias; de ellas, sólo una algo perentoria. Las tres, en todo caso, son secundarias. ¿Por qué? Nos basta abrir ese mismo periódico para encontrarnos, apenas dos o tres páginas más allá, que si no se pone remedio, la Seguridad Social será inviable a partir del 2015, dentro de diez años.

¿Quién y por qué nos entretiene con elementos de muy pobre cuantía -con magnificas alternativas los que aún así tienen una cierta trascendencia- mientras se nos derrumba ante nuestros propios ojos el sistema de verdadera protección social?

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A algunos les miden los enanos cerca de metro noventa. Después de la «Zona Cero del Carmel (y no olvidaremos el tremebundo y vergonzoso apagón informativo del President), resulta que una encuesta de la Generalitat indica que a los ciudadanos catalanes nos importa la reforma del Estatut casi menos que los resultados de la 2a división de la liga de aficionados. Por supuesto, al asqueroso victorianismo de lo políticamente correcto no le ha gustado nada la cosa. La reforma del Estatut es prioritaria y punto pelota, da igual lo que piense el mierda del ciudadano.

Se reprocha a los políticos que no han sabido vender la necesidad de un nuevo estatuto, pero nadie se plantea que, por más que reconozcamos que, efectivamente, los catalanes nos sentimos (y creo que estamos) injustamente tratados en materia económica en relación con nuestras necesidades y con el trato que se da a otras regiones españolas, la gente queremos ir al meollo de la cuestión, a lo que nos preocupa, los transportes públicos (ese tango del AVE...), autovías buenas, abundantes y gratuitas, una red ferroviaria regional decente, un transporte urbano que llegue siquiera a la décima parte de cualquier otra capital europea millonaria en habitantes, buena calidad en la educación y la sanidad públicas, etc. En cambio, nos venden humo, nos mienten diciendo que sólo conseguiremos eso con boludeces escritas en un texto legal y mucha nació y mucha coña marinera.

A ver cuándo hacen una encuesta en la que los ciudadanos podamos decir con todo lujo de detalles -y sin que el Juzgado de 1ª Instancia número 42 de Madrid nos condene por injurias- lo que pensamos de nuestros políticos. Y lo que pensamos de esos treses por ciento que por más que los políticos hayan callado en un bochornoso e ignominioso pacto de silencio, sabemos que existen, sabemos que están por todas partes y sabemos que muchas veces son mucho más que treses.

Un día, los ciudadanos nos cabrearemos de verdad y ya veremos qué pasará.

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Hasta el jueves que viene, que será 7 de julio, San Fermín.

Por: Javier Cuchí | Los jueves, paella | Comentarios (0) | Referencias (0)

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