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El Incordio

¿Quién soy yo?




Me llamo Javier Cuchí y soy miembro de la Asociación de Internautas y de Hispalinux.

El conocimiento corre hoy serio peligro como derecho universal que existe desde el alba de la Humanidad. Me preocupan, y mucho, las crecientes maniobras de varios sectores financieros (bajo denominaciones sugerente y falsariamente industriales o artísticas) y de sus factótums políticos, que no pretenden otra cosa que la apropiación ilegítima y fraudulenta de ese conocimiento para convertirlo en un valor puramente especulativo, restringido y escaso, fuente de aún mayores desigualdades y exclusiones de personas, sociedades y pueblos, y causa de pobreza y de subdesarrollo

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Jueves, 30 de junio de 2005

El revés del derecho

De la serie: «El profundidad»

Con un saludo y cariñoso recuerdo a la memoria de don Fernando: que aquello en lo que creyó, sea lo que haya habido


Nuestro sistema político y económico, nuestro modo de vida, nuestra forma de entender las cosas, ha dado atribuciones inusitadas a determinadas profesiones y a determinados profesionales. Para ello, no han tenido que hacer otra cosa -sin perjuicio del enorme esfuerzo inherente- que acreditar unos conocimientos por encima de lo común en ciertas materias especializadas.

Necesitamos que ciertos actos puedan ser documentados y que la certeza y la veracidad de dicha documentación esté más allá de toda duda, y por eso nos hemos inventado a los notarios, damas y caballeros que saben más derecho civil y mercantil que Lepe, acreditado lo cual, andan dando fe (mentira: cobrándola, como diría Vizcaíno Casas) de todo aquello que se les pide. Qué especie de Espiritu Santo nos garantiza que un notario dirá -en funciones- siempre y contra viento y marea la verdad rigurosa, es un misterio; pero necesitamos creer que la cosa funciona así porque si no no habría documento fiable y ello podría destruir todo el tráfico jurídico civil y mercantil.

También necesitamos que alguien entregue al verdugo a quien vulnera las normas y necesitamos que, de alguna manera, ese alguien esté por encima del bien y del mal. Y por eso nos hemos inventado a los jueces y por ello los hemos colocado en la indemnidad y en la inmunidad -convirtiéndolas, demasiadas veces, en la impunidad más oprobiosa- y les hemos dado un poder enorme, frecuentemente desmesurado. Desmesurado hasta lo inconcebible, con frecuencia. Pero necesitamos creer que esto debe funcionar así y que así funciona la mar de bien, porque si no hacemos ver que lo creemos, que lo acatamos, que lo aceptamos y que le ponemos el culo a la cuestión, el sistema se hunde.

Hace poco, a raíz de una sentencia polémica -cada vez hay más de esas- leía que miembros de la cosa esa llamada Consejo General del Poder Judicial clamaban indignados diciendo que las sentencias son objetables pero que no se puede poner en la picota a sus autores. Y mi pregunta inmediata, formulada en mi fuero íntimo, por supuesto (faltaría más) fue: ¿Y por qué no? Pues por lo dicho antes: si no hacemos ver que nos tragamos a pies juntillas la integridad, la sabiduría y el buen hacer del gremio, la cosa se va a tomar por el saco. Uno puede coger a un político (o a varios, o a todos ellos) y, con la debida precaución lexicográfica, sintáctica, gramatical y demás, para no ser habido por el Juzgado de 1ª Instancia número 42 de Madrid, puede ponerlo a parir y hasta espetarle a las narices un oprobioso tres por ciento. Lo he hecho hoy mismo, sin ir más lejos. Y no me va a pasar nada; no, al menos, por eso. Si me fuera a pasar algo, compartiría pan y agua en el cuarto de los ratones con don Pasqual Maragall, que fue quien empezó la bronca. O quizá no, porque quizá un juez, de esos tan duralexsedlex encontraría un maravilloso, largo y proceloso argumentario, plagado de maravillosas sentencias del Supremo, para establecer que lo que es bueno, justo y necesario si lo hace o dice don Pasqual, es merecedor del fuego del averno si lo digo o lo hago yo. Pues eso que, a reserva de lo dicho, tan alegremente puedo hacer -y hago- con los políticos, puede costarme un serio disgusto -comprendido el pan de mi familia- si se me ocurre hacerlo o decirlo de un indemne e impune juez.

Desde hace unos meses, por poner una experiencia personal y reciente al respecto, mi comunidad vecinal arrastra un pleito. Obviamente, no voy a entrar en detalles sobre el mismo, no tiene importancia, para el caso. Tuve ocasión de observar el comportamiento del juez en su sala. Pude ver como, prácticamente antes de que nadie hablara (¡en la vistilla preliminar!), él ya le había dado carpetazo al caso, ya había formado su opinión y delante de mis narices (no me lo ha explicado nadie) hizo callar a una letrada no porque estuviera expresándose en términos groseros ni impropios, sino simplemente porque a Su Señoría le importaba tres cojones lo que dijera la letrada puesto que él se había ya formado su opinión, ya había prejuzgado el caso. Y a tomar por el culo, no hay más que hablar; el resto de actos procesales es puro trámite. Tuve que remontarme a los tiempos de la mili, veintiséis o veintisiete años atrás, para encontrar, en los clásicos pero en aquel entonces no menos reales sargentos chusqueros, un comportamiento igualmente arbitrario, tiránico e irracional. Si ganamos este pleito, estaré muy contento porque, junto con mis convecinos, me habré salido con la mía, pero no porque este caballero nos haya dado la razón; filosóficamente puedo incluso plantearme la posibilidad de no tenerla, porque que ese señor (¡¡señoría!!) nos la dé o no nos la dé, no nos la confiere ni nos la quita. Si perdemos el pleito resultaré muy contrariado pero, en lo que hace al juego de tener o no tener, que me den o que no me den, la razón, pensaré exactamente igual. De ahí mi poco respeto por la cuestión y de ahí el parangón que hacía con el verdugo al principio del artículo pues, ya es sabido, dice el refrán que a la fuerza ahorcan.

Pero las rencillas vecinales de mi comunidad son lo de menos. Hay cosas más importantes aunque afecten mucho menos a mi cartera, a mi patrimonio o a mi persona. Porque el desarrollo tecnológico de un país en el que aún me queda un cuarto de siglo de vida estadísticamente probable y, sobre todo, en el que van a tener que vivir y desarrollarse como personas y como ciudadanas mis hijas, es mucho más importante. Mucho más importante porque hablamos de un país que, como todos los de su entorno, está perdiendo la industria fabril -desagradable, pero inevitable: signo de los tiempos- y cuya supervivencia y nivel económico desarrollado va a depender del conocimiento, de la tecnología, de la investigación... Y resulta que nuestro país es el paradigma de la ignorancia, de la cutrez a pedales y del estar de vuelta sin haber ido jamás.

¿Sabía el lector que hay una especie de -llamémosla- escuela sociológica de jueces que, para mantener su imparcialidad- se aíslan de la sociedad lo más posible? Sólo se relacionan entre ellos -incluso a nivel privado, familiar- y observan el mundo, en la parte que lo miran, con distanciamiento, con lejano eclecticismo. Pues es verdad, existe esa actitud judicial ante el entorno y no estoy hablando de una tendencia minoritaria, de una pequeña secta de iluminados, no: no me atrevo a dar cifras, pero me estoy refiriendo a un número significativo de miembros de la judicatura. Para ellos, todo lo que se necesita saber está en la ley y en la jurisprudencia, toda experiencia está en el silogismo que pueda derivarse del intercambio intelectual con otros colegas en iguales circunstancias: premisa mayor, premisa menor y en nombre del Rey te la endiño tanto si te gusta como si no. No hay vida más allá. A toda conducta, a todo acontecimiento, a todo hecho, incluso al más fortuito y casual, corresponde un fundamento de derecho. El puro y simple positivismo llevado a los extremos más increíbles. Kelsen convertido en el mismísimo Adolf Hitler de los principios fundamentales del derecho.

De algo así dependen cotidianamente vidas, haciendas, intereses, ansias y aspiraciones. Y menos cotidianamente, pero de igual manera grave, pueden depender cosas tan importantes como la propia economía nacional, como el futuro de una nación entera. Puede parecer todo esto el exabrupto exagerado de alguien no materialmente interesado aunque sí, en la modestísima y microscópica medida de sus posición, muy implicado y afectado; pero resulta que una persona que no tiene una implicación directa con la Asociación de Internautas como José Cervera piensa algo parecido. Parece que en esa adoración, pleitesía y culto a la estricta ley (cosa que, además, aún habría que ver en el caso concreto) y a una visión del derecho, un cuerpo, el de los jueces, que debería -por el carácter de élite social que se le ha atribuido- ser consciente de la trascendencia teleológica, es decir, más allá de sus efectos materiales e inmediatos, de sus decisiones, abandona su tremenda responsabilidad para refugiarse en el cartesiano menfoutisme del «dura lex, sed lex» que, encima, llega al aberrante extremo de convertir, como en la reciente sentencia «putasgae», el quien la hace la paga en un ya que se ha hecho, alguien, quien sea, ha de pagar y huye, en la ceguera de la necesaria cabeza de turco, de la ley y de la razón. El ultraderecho que, en el error más inconcebible, lleva, retroalimentándose, a la arbitrariedad. Da escalofríos. Por encima de unos 36.000 euros que, en definitiva, aún están por ver, da escalofríos.

No sé qué va a pasarle a la Asociación de Internautas. No pude acudir a la última asamblea y no tengo una idea clara de la situación económica. No tengo mucha confianza en la cuestación que se ha organizado, aunque, cuando nos da por ahí, la solidaridad de la red puede darnos sorpresas enormes. Tampoco sé si el recurso que con casi toda seguridad se va a presentar, nos eximirá plenamente, nos hundirá en la más absoluta miseria o si ni sí ni no sino todo lo contrario (cosa que, conociendo el percal, es la más posible). No sé si la AI saldrá de esta. Si sale, estupendo, magnífico. Si no sale, tendremos ya para los restos un icono, una referencia, un grupo de «viejos recuerdascuando», como diría Tom Wolfe, pero aún de ello puede amanecer con un sol aún más radiante y a la muerte de la AI podría suceder el nacimiento del mil asociaciones de internautas mil veces más potentes, mil veces más combativas, mil veces más guerreras. Quién sabe lo que puede pasar...

Pero sí sé lo que hay ahora mismo. Sí sé lo que hay ahora, cayendo la tarde del último día del mes de junio de 2005: lo que hay ahora es que una sentencia que yo, benéficamente, quiero juzgar impremeditada, fruto del desconocimiento, de un eventual -lo desconozco en el caso concreto- aislamiento judicial del acontecer social, le ha propinado un garrotazo a este país, a España, con todas las letras, que tiene pocos precedentes. ¡Y a nosotros que nos preocupaba la copia privada y la ministra Calvo!

Ilustrísimo Señor don Eduardo Delgado Hernández, magistrado-juez del Juzgado de 1ª Instancia número 42 de Madrid: piense fría y distanciadamente (si no es usted de la línea esta, pregúntele a un colega que lo sea cómo se hace) en lo que hecho SSª. Después, a su hora acostumbrada, vuelva a casa y bese a sus hijos, o a sus nietos; o a quien quiera que tenga allí y a quien SSª ame.

Y luego, pensando en ellos y en su futuro, duerma y descanse.

Si puede.

Por: Javier Cuchí | Correo ordinario | Comentarios (0) | Referencias (0)

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