
Me llamo Javier Cuchí y soy miembro de la Asociación de Internautas y de Hispalinux.
El conocimiento corre hoy serio peligro como derecho universal que existe desde el alba de la Humanidad. Me preocupan, y mucho, las crecientes maniobras de varios sectores financieros (bajo denominaciones sugerente y falsariamente industriales o artísticas) y de sus factótums políticos, que no pretenden otra cosa que la apropiación ilegítima y fraudulenta de ese conocimiento para convertirlo en un valor puramente especulativo, restringido y escaso, fuente de aún mayores desigualdades y exclusiones de personas, sociedades y pueblos, y causa de pobreza y de subdesarrollo
Un grito de alerta, un silbato que clama «¡Al ladrón!», una voz de protesta, un «no convencéis y está por ver si vencéis»

© Javier Cuchí
Barcelona, 2005-2006
Viernes, 17 de junio de 2005
De la serie: «El profundidad»
Aun a riesgo de parecer -y seguramente ser- reiterativo, sigo sin poder evitar el asombro ante el fenómeno «Libertad Digital»; de cómo un medio de comunicación -considerado en su globalidad- puede ser tan falso, tan manipulador y tan poco profesional (la vergüenza torera es lo último que debe perder cualquiera que se dedique a cualquier cosa, y en «LD» muchos de sus escribidores la pierden) y que, al lado de esto, sea un medio de tan progresista concepto y diseño (en términos formales, obviando los contenidos, es una muestra modélica de cómo se debe realizar un medio de comunicación comercial en la red del que deberían aprender muchos, dentro y fuera de Internet, que ostentan un relumbrón no siempre justificado) y, sobre todo, que tenga una sección, «Internet», cuyo equipo sea, en su conjunto, tan riguroso y tan lúcido. Lo he dicho muchas veces y, aunque la progresía se rasgue las vestiduras, mi seguimiento de esa sección es diario y muy atento.
En un plano más ideológico, no deja tampoco de sorprenderme que autores que no disimulan -al contrario, suelen tener bien a gala- su liberalismo a ultranza -ultraliberalismo, lo llamamos algunos-, coincidan tan plenamente, en materia digital, con las posturas de muchos militantes de la extrema izquierda antiglobalizadora. O viceversa, que el orden de los factores no altera el producto. Probablemente, don Teddy y sus secuaces dirán aquello de que los extremos se tocan; otros quizá pensemos que cuando gente tan dispar tiene una coincidencia tan exacta en algún aspecto, será porque alguna razón tendrá.
Estas reflexiones tan hamletianas y, en definitiva, poco operativas, me vienen de la columna de Enrique Dans de esta semana en la que habla del impacto -casi siempre ignorado o despreciado- de la llamada blogosfera. No es la primera vez que se le da gran relevancia a este fenómeno entre el conjunto de columnistas de «Libertad Digital», no es la primera vez que Dans lo comenta y no es la primera vez que a mí me llama la atención. Y Dans, en esta ocasión, da en el blanco espectacularmente.
La blogosfera tiene características temibles para el poder, tanto para el poder político, como para el poder económico, como para el poder mediático. Veamos algunas de ellas.
En primer lugar, la blogosfera es verdaderamente independiente. Es verdad que el poder podría intentar -seguramente conseguir- sobornar a una o a algunas de las más seguidas; pero con esto, como muy bien viene a decir Dans, no se hace apenas nada. Para hacer seguidismo, la gente no monta bitácoras ni se toma el trabajo de irlas nutriendo habitualmente; al contrario, incluso, los que montamos bitácoras solemos hacerlo para decir lo que no vemos en ningún otro sitio o para enfocar un tema o un conjunto de ellos desde una óptica propia. Pero ninguna bitácora es, por sí misma, nada importante, ni siquiera las de más audiencia; es el conjunto lo que pesa y el conjunto es, en este medio, casi por definición, insobornable.
En segundo lugar, y como fenómeno derivado de lo anterior, la blogosfera no sólo no tiene un eje o un punto alrededor del cual girar, es que ni siquiera tiene un centro emisor de doctrina con cuyo control sobrevendría por añadidura el del colectivo entero; ni en lo ideológico -lo políticamente correcto no existe entre nosotros- ni en lo formal, puesto que nosotros mismos, todos y cada uno de nosotros, decidimos independientemente cuál es nuestra temática central -los que tenemos alguna- y qué decimos cada día; configuramos nuestra propia actualidad. No hay un poder fáctico blogosférico al que poder comprar tirando por la tangente.
En tercer lugar es rebelde. Si los medios comerciales de comunicación fueran fiables, la blogosfera sería un fenómeno minoritario. La blogosfera, tecnología mediante, es la respuesta activa al gesto que tantos días hemos hecho todos de arrojar despectivamente nuestro periódico de un euro más [mucha] publicidad a la papelera mientras mascullamos algo así como «¡Embusteros!». La blogosfera nace y se reproduce a velocidad vertiginosa como un corte de mangas ante la moto que nos venden desde los grupos mediáticos entregados bajo precio al poder político o económico o -casi más probablemente- dueños de éstos.
En cuarto lugar, es democrática. Ya lo he dicho alguna vez: la libertad de expresión no era sino un cruel sarcasmo con el que alguien se burló de nosotros echándolo en medio de la Constitución (la nuestra y/o la del vecino, qué más da); un ejercicio prácticamente imposible si no se es dueño de algún medio de difusión, lo que estaba al alcance de poquísimos. Claro que podíamos echar pestes de lo que nos diera la gana y dar el mitin a los compañeros de taberna, pero todos sabíamos que la verdadera libertad de expresión no consiste en la simple posibilidad de hablar sino en la posibilidad real de ser escuchado. Carente de auditorio, concebido éste como realidad o como expectativa razonable, la razón se diluye como una pastilla efervescente. Todos sabemos lo que es hacer encaje de bolillos para comprimir nuestras protestas, nuestras exigencias, nuestros anhelos, en las malditas veinte jodidas líneas; y luego había que pasar la censura de vete a saber quién, de alguien que fiscalizaba, en nombre del editor, el contenido de la carta al director, de forma que fuera, además de políticamente correcta, rigurosamente ajustada a la línea editorial del medio. Desde que tengo una bitácora apenas escribo ya cartas al director: que se meta sus tres o cuatro centímetros cuadrados de papelucho censurado donde le quepan.
En quinto lugar, es potente. Precisamente por ser un conjunto independiente, atomizado, rebelde y democrático, logra que mucha gente bitacorista activa -titular de un blog- o pasiva -lector habitual de ellos- deje de sentirse sola. Mucha gente ha descubierto en estos últimos años que no estaba tan sola como creía y que hay miles de personas que comparten sus mismos problemas y ansiedades. Dans nos dice en su artículo de esta semana que muchas empresas aún son incapaces de comprender la importancia de la blogosfera porque son incapaces de valorarla en su conjunto, estudian cada bitácora como si fuera un medio individual o aislado sin reparar en que su verdadero carácter es el de ser una molécula de algo inmenso; bien, de hecho, muchos de los propios integrantes de la blogosfera -activos y pasivos, repito- aún son incapaces de darse cuenta de la potencia del arma que tenemos entre manos. Aún no hemos entrado en serio -pero entraremos- por los caminos del boicot y ese día los malos analistas de los que Dans habla van a aprender una lección muy dura cuyos honorarios más de uno pagará en moneda de ruina. Paralelamente, los políticos, tendrán que darse cuenta -a un precio similar- del enorme agujero negro que es la blogosfera y por el cual se les escaparán muchos centenares de miles de votos.
Quienes conocen bien esa potencia -ya están pagando su anterior desprecio hacia ella- son las entidades de gestión de derechos económicos de autor, antaño omnímodas en su recóndita existencia, recaudando con impunidad sin la menor contestación. Ahora, todas las miras telescópicas de la opinión pendeja miran hacia ellas. Y son unos cuantos miles de miras telescópicas (además, incrementándose rápidamente en número). Don Teddy sí que sabe lo que le estamos costando -a él y a los intereses de la mohosa élite que representa- y quizá empiece ahora a hacerse una idea de lo que le puede llegar a costar. Y no se ocultó de quejarse de ello amargamente: lo hizo con aquello de los pendejos electrónicos que estamos construyendo la nueva democracia digital. Una definición perfecta, clavada.
Estamos, en efecto, construyendo una nueva democracia -digital, por supuesto- más nuestra, más genuina, más ajustada a su deber ser, más cívica y más ciudadana. También más activa, más combativa, más incontrolable y más irreductible.
La blogosfera es la materialización del viejo sueño de muchos y de la pesadilla más espantosa de unos pocos.
Amén.
Por: Javier Cuchí | Correo ordinario | Comentarios (0) | Referencias (0)