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El Incordio

¿Quién soy yo?




Me llamo Javier Cuchí y soy miembro de la Asociación de Internautas y de Hispalinux.

El conocimiento corre hoy serio peligro como derecho universal que existe desde el alba de la Humanidad. Me preocupan, y mucho, las crecientes maniobras de varios sectores financieros (bajo denominaciones sugerente y falsariamente industriales o artísticas) y de sus factótums políticos, que no pretenden otra cosa que la apropiación ilegítima y fraudulenta de ese conocimiento para convertirlo en un valor puramente especulativo, restringido y escaso, fuente de aún mayores desigualdades y exclusiones de personas, sociedades y pueblos, y causa de pobreza y de subdesarrollo

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¿Qué es «El Incordio»?


Un grito de alerta, un silbato que clama «¡Al ladrón!», una voz de protesta, un «no convencéis y está por ver si vencéis»

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Martes, 24 de mayo de 2005

Ética digital, blogosfera y periodismo

De la serie: «En profundidad»

Nuevamente es un articulista de «Libertad Digital» -en su página de Internet, siempre- el que me mueve a reflexión. Hoy es Guillermo Rodríguez quien, alrededor de los calzoncillos de Saddam Hussein, publica en su columna un análisis sobre la tremenda extensión de la libertad de información gracias a la tecnología digital. Lo hace celebrándolo -y es de celebrar, desde luego-, pero echa las campanas al vuelo con unos ejemplos que son más bien la parte negativa de la cuestión. Uno, es el propio caso de Saddam que, como reconoce el propio articulista, es una violación flagrante de la Convención de Ginebra sobre tratamiento de prisioneros; bien, Guillermo se limita a exponer unas posibilidades que son verdaderamente reales contraponiéndolas implícitamente a la imposibilidad o enorme dificultad del acontecimiento -la obtención de esas fotografías- hace un número de años tan corto que parece absurdo; otro es un caso teórico -no quiero decir ficticio porque puede suceder Dios sabe cuántas veces cada día- en el que una pareja de famosos burla a unos tan pacientes como frustrados paparazzi mientras que una persona normal y corriente, sentada a su lado en la mesa del restaurante obtiene mediante el hábil pero simple uso de su teléfono móvil, con una facilidad injuriosa para los reporteros profesionales, esas apetecidas fotografías que estarán en Internet en el tiempo que tarde en llegar a casa. Guillermo Rodríguez celebra eso como el culmen de la libertad de información y ahí es donde yo discrepo.

Para mí, estos ejemplos no son más que el impuesto -inevitable, sí, pero indeseable- que hay que pagar por la verdadera libertad de información que nos ha dado Internet y que yo nunca dejaré de bendecir; pero esa contrapartida indeseable existe y no podemos ocultarla: ni su existencia ni su carácter negativo. No todo lo que ha traído Internet es bueno y aunque lo bueno es lo suficientemente grande y hermoso como para aceptar el pago de los cuantitativamente escasos males, no podemos aceptar ese pago gustosos ni podemos dejar de luchar para que esa ominosa factura se abarate.

Seguramente todos nosotros nos hemos preguntado cosas como, por ejemplo, por qué regla de tres un notario tiene capacidad omnímoda para certificar la verdad... (¿acaso no puede mentir un notario?); o quién nos asegura que un abogado, un médico o un sacerdote guardarán el secreto profesional que afecta a nuestra intimidad; o por qué los datos de los ciudadanos están más seguros gestionados por un funcionario que por otro trabajador cualquiera igualmente obligado por ley a ese secreto. La respuesta no es fácil en términos racionales pero todos sabemos que hay un mandato ético cierto, escrito o no, insoslayable -y poquísimas veces soslayado, en realidad- que está ahí y que se respeta, porque si los notarios falsearan las escrituras, los abogados, los médicos y los sacerdotes no tuvieran la boca cerrada y los funcionarios divulgaran información delicadísima a la que sólo acceden por la necesidad de su desempeño, la sociedad se derrumbaría o correría serio peligro de que eso sucediera, porque esas seguridades -y su palpable realidad- son pilares fundamentales de la organización de la comunidad. Esa ética está ahí como algo taumatúrgico, casi religioso, pero está ahí en muchísimas profesiones. También en la periodística.

En los periodistas concurren muchísimas y muy potentes presiones del poder y por eso están en el punto de mira de la sospecha. Pero... ¿acaso no lo están también con harta frecuencia los abogados, los sacerdotes, los notarios o los médicos? Véase, si no, el refranero... Al igual que en estos últimos, pensamos -hemos de pensar- que los periodistas también hacen de la ética profesional su laica religión y hemos de pensar (yo, por lo menos, pienso) que las faltas de ética de que les acusamos con excesiva frecuencia no se deben a ellos sino a sus empresarios, gente de pocos escrúpulos casi por definición.

De pronto, una posibilidad técnica y un derecho constitucional nos convierte a todos -si queremos, y muchos vamos queriendo, como es notorio- en periodistas de hecho, pero en unos periodistas que no están sometidos a la ética de los profesionales, que no han sido bautizados en esa quasi religión del recto proceder, de la obligación moral de divulgar información veraz, de respetar el secreto de la identidad de la fuente (en tanto nos lo permitan los jueces al no reconocérsenos estatuto profesional y no gozar, por tanto, del derecho formal al secreto; pese a lo cual, entiendo que mantenemos la obligación moral); de respetar la intimidad de las personas que no la divulgan voluntariamente; de respetar la imagen y el honor profesional y familiar, por lo menos de quien se lo respeta a sí mismo.

Porque el bautizo en esa religión de la ética profesional no se imparte en una sola ceremonia por más solemne que sea: se adquiere por el magisterio de los profesores que imparten docencia; se enseña en el magisterio de los colegas con experiencia de quienes se es aprendiz... sólo muy en última instancia del proceso entra en juego la sombra amenzadora de una comisión deontológica colegial.

La mayoría de los bitacoristas, su práctica totalidad, no hemos accedido a ese largo bautizo que supone el aprendizaje académico y el aprendizaje práctico sobre la realidad del día a día y del sueldo a fin de mes; pero moralmente -y muchas veces, jurídicamente- estamos obligados a respetar las normas éticas. La tecnología y la Constitución (cualquiera de las dos por sí misma, sin necesitar a la otra) van a impedir el intento de los buitres de fiscalizar nuestra recién adquirida libertad de expresión verdadera (cuyo control perdieron ellos con Internet) mediante carnets de aptitud expedidos por el sacro colegio de los depredadores mediáticos en función de nuestro sometimiento al Sistema; pero eso no nos libra de responsabilidad moral.

Los ciudadanos tenemos en nuestras manos una herramienta muy poderosa; con ella podemos elevar la altura humana del conjunto de la sociedad o sumirla en el desastre del todo vale. Tenemos que bautizarnos en la ética nosotros solos, ya que no lo va a hacer nadie más -ni vamos a permitir que nadie lo haga si es a cambio de nuestra independencia y de nuestra libertad- pero no podemos dejar de acceder a esa religión, no podemos dejar de tener un código deontológico -especialmente adecuado a nuestra particularidad como modo de comunicación- que nos señale unos límites y que sea respetado y asumido; tenemos que aprender a echar a las alimañas de nuestro lado, de negar el pan y la sal de la camaradería al que no sepa usar el poder (ojo, porque realmente la palabra es poder) que se nos ha dado.

No tenemos ningún derecho a legar a la posteridad, convertida en un axioma, en un hecho histórico, la idea de que la libertad condujo al desastre.

Por: Javier Cuchí | Correo ordinario | Comentarios (1) | Referencias (0)

Comentarios

Caro figlio, hoy toca discrepancia, que es miércoles.

Me confundes las churras con las merinas.

La misión de un periodista no es informar al público, sino fabricar un producto que debe venderse. Y es el editor el que, atendiendo a las directrices de la 'línea editorial', presiona al periodista para que dé un enfoque u otro a su escrito. Y el mismo periodista tiene un producto que vender, su trabajo y su prestigio profesional, en este caso a los editores; un periodista con fama de díscolo, de poco flexible y sin -punto importantísimo- "tirón" para los lectores, mal lo tendrá para encontrar trabajo.

A partir de ahí, la ética profesional sobrevive como puede. Como puede, o como quiere, que tampoco es baladí el mezclar en el mismo saco a los periodistas del Watergate con Jesús Mariñas, que ambos viven del mismo gremio.

La ética, caro figlio, es algo que todos llevemos dentro (todos, menos Carmen Calvo, claro está); es a nosotros a quienes corresponde decidir qué caso hacemos a nuestro Pepito grillo particular.

Anda, rézame cuatro padrenuestros y estamos en paz ;-)

Monsignore | 25-05-2005

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