
Me llamo Javier Cuchí y soy miembro de la Asociación de Internautas y de Hispalinux.
El conocimiento corre hoy serio peligro como derecho universal que existe desde el alba de la Humanidad. Me preocupan, y mucho, las crecientes maniobras de varios sectores financieros (bajo denominaciones sugerente y falsariamente industriales o artísticas) y de sus factótums políticos, que no pretenden otra cosa que la apropiación ilegítima y fraudulenta de ese conocimiento para convertirlo en un valor puramente especulativo, restringido y escaso, fuente de aún mayores desigualdades y exclusiones de personas, sociedades y pueblos, y causa de pobreza y de subdesarrollo
Un grito de alerta, un silbato que clama «¡Al ladrón!», una voz de protesta, un «no convencéis y está por ver si vencéis»

© Javier Cuchí
Barcelona, 2005-2006
Viernes, 06 de mayo de 2005
De la serie: «En profundidad»
Me mueve a reflexión -y profunda- una llamada a la meditación que efectúa Josu Mezo en un artículo de su bitácora en el que se escandaliza de que el cierre de más de trescientas páginas web presuntamente promotoras de la anorexia y la bulimia no haya causado el menor revuelo ante lo que, en puridad, no es sino un acto de censura.
Me sorprendo. Coño, pues es verdad y no había caído en ello. Con qué naturalidad y qué alegría celebramos tremendos atentados contra la libertad de expresión cuando los contenidos censurados no son de nuestro agrado. Ayer estaba cenando mientras veía por la tele la noticia, ampliamente glosada, del cierre de esas páginas; y se podían leer algunos contenidos -ciertamente espantosos- de algunas de esas páginas. Padre de dos hijas (13 y 8 años me cumplen dentro de nada), experimenté un gran alivio por ese cierre. En aquel momento, ni en ningún otro hasta que hace unos minutos he leído Malaprensa, no se me ocurrió pensar que cualquier día, mi página, esta página, podría ser una de las trescientas (o quinientas, o mil) cuyo cierre alegrara la cena de personajes como Teddy Bautista, Caco Senante o Teo Cardalda. O sea que la plácida cena se ha trocado por desayuno revuelto.
La verdad es que el tema es duro. Yo, como padre, temo a las drogas; temo a los pederastas (especie que parece reproducirse por esporas, a la vista de cómo prolifera); temo a los cafres que violan y a los que, además, como fin de fiesta, asesinan a la víctima; y temo a la anorexia. Además, mi instinto me dice que (sin desdeñar, en absoluto, las posibilidades de ser galardonado con alguna de las demás putadas) la anorexia es el peligro más claro y más emergente. Para acabar de redondear mis temores (¡terrores!) la visión de alguna de esas páginas induciendo al suicidio, con métodos de bien estructurada explicación, como vía de alivio del tremendo sufrimiento de las [sobre todo, pero no únicamente] muchachas afectadas, me produjo escalofríos. Cuando el terror se materializa en el objeto que lo provoca, sobreviene la diarrea.
Mal asunto el pánico. Llevado por el pánico, privado en una locura de horror de toda racionalidad y de todo control, es decir, por mi simple y salvaje gusto no controlado por ética alguna, seguramente me dedicaría a lanzar granadas de mano en los desfiles de modas o limaría los frenos del coche de los dueños de Zara o de Mango o de Golo-Golo (si es que, encima, no son el mismo, cosa que no sé y que me importa tres pimientos); o participaría con activo entusiasmo en la ejecución -lenta y dolorosa, a ser posible- de los asesinos de las niñas de Alcàsser, cuando fueran habidos y condenados.
Pero no va a haber granadas de mano, ni frenos limados, ni ejecuciones lentas y dolorosas, y no sólo porque me caería un puro de cuidado si cometiera todas esas trapazadas sino porque el mundo ni funciona ni debe funcionar así, al menos el mundo occidental y civilizado (que no siempre son sinónimos). La causa más importante para explicar nuestro desarrollo material ha sido el desarrollo moral en que se ha basado nuestra sociedad, el orden de nuestras relaciones sociales, nuestro concepto del bien y del mal; todo ello ha llevado a un sistema político y económico (no hablo sólo del actual, sino de un entero proceso histórico) que ha permitido, con sus más y sus menos, una serie de libertades: la iniciativa privada, de empresa o la creación intelectual, por ejemplo; y también ha impuesto una serie de limitaciones a estas libertades para que no coarten las del vecino; y, además, aquellos cuya función es la vigilancia de las libertades y, consecuentemente, el arbitraje y la limitación en el ejercicio de las mismas para que éste pueda ser equitativo, también están limitados, también deben atenerse -y muy estrictamente- a unas reglas de juego. Por eso, ni siquiera la defensa sacrosanta de la vida o de la integridad física de mis hijas justifica que yo vaya a mi aire asesinando por las buenas a todos aquellos capullos que a mi unilateral juicio puedan eventualmente resultar peligrosos en el futuro para mi familia o para la sociedad en general.
Lo cual no impide que no pueda actuar de alguna manera contra los meritados capullos. La organización social me da armas: me da la ley; y allá a donde no llegue la ley, me da una molécula de influencia política (el voto, en el actual régimen) para obligar a los políticos a pasar por mis exigencias en tanto que sean compartidas por la mayoría de los ciudadanos. También la organización social, auxiliada, en este caso, por la tecnología (entendiendo por tal hasta la propia imprenta de Guttenberg), me permite divulgar mis ideas y mis exigencias para que puedan ser compartidas, en su caso, por mis conciudadanos en orden a conseguir un fin social o político. Y aquí es a donde quería yo llegar.
Si la ley no me permite ir liquidando en plan rambo a aquellos a quienes yo, a mi exclusivo criterio, considere peligrosos, debe en cambio proteger mi libertad de expresión para que yo pueda, a través de ella, intentar formar una conciencia social que lleve a forzar la existencia de una ley que me proteja de esos peligros ya que no puedo hacerlo yo -como es lógico- por propia mano. Pero esa libertad de expresión tiene un precio: debo tolerar la de los demás, aunque no me guste nada lo que dicen. Y cuando la ley pone límites excepcionales a esa libertad de expresión, de común acuerdo tenida por inviolable, como norma general, también la organización social ha creado unos entes independientes, integrados por personas neutrales que deben juzgar si se produce el estado de excepción previsto y en qué medida debe limitarse la libertad para salvar con suficiencia, pero no con innecesario exceso, el derecho protegido por esa excepción.
Cuando un ministro, un defensor del pueblo, un salvapatrias o cualquier otro ejecutivo con poder material para hacerlo, cercena por la brava la libertad de expresión, sin encomendarse a leyes ni a jueces, comete un crimen conceptualmente tan espantoso como el mío al lanzar explosivos sobre modelos con forma de espingarda.
Es mi libertad la que protege la libertad de los demás; por lo tanto, cuando se atenta contra la libertad de los demás, se está atentando contra la mía propia. Pese al espanto que sentí anoche viendo esas páginas, no puedo menos que sentirlo ahora viendo de qué manera se las ha liquidado. Yo creo que los contenidos -al menos los que yo vi- de esas páginas son constitutivos de delito (el de inducción y auxilio al suicidio, por ejemplo) y que, por tanto, los jueces deben mover el culo y proceder contra sus autores. Y mientras unos jueces proceden contra sus autores, no estaría mal que los otros fueran procediendo a la exigencia de severas responsabilidades a quienes, sin otra legitimidad que el simple poder para hacerlo -es decir, ninguna- han cerrado las páginas dichosas.
Y, en el mismo orden de cosas, otra reflexión que me hago y que ofrezco a los demás padres: antes de lanzar granadas de mano, antes de limar frenos, antes de ejecutar a la gente, estemos pendientes de nuestros hijos, interesémonos por lo que hacen, por lo que hablan, de qué y con quién; analicemos cuidadosamente lo conveniente o inconveniente de sus amistades y actuemos en consecuencia con sabiduría, prudencia y habilidad, pero con firmeza; exijamos a los maestros igual vigilancia en las horas escolares que para eso son, precisamente, maestros y no ingenieros educativos (¿se pilla la diferencia?) . Observemos por qué páginas de Internet navegan, con quién chatean, qué datos van piando por la red. Enseñémosles a ser prudentes, cautos y digitalmente incrédulos y desconfiados. Antes de andar liquidando a los demás, por perros que sean o que nos parezcan, analicemos nuestras propias responsabilidades... e irresponsabilidades.
Nuevamente gracias, Josu. A veces la conciencia nos aparca en el culo y nada como un puntapié ahí para sacudirla.
Por: Javier Cuchí | Correo ordinario | Comentarios (6) | Referencias (1)
Hola Javier.
Gracias por tu referencia, y muchas más por todo lo que escribes sobre el tema, con lo que coincido diría que plenamente. Si hubiera tenido ganas, tiempo y habilidad habría escrito algo más o menos en la misma línea (aunque no tengo, al menos por ese tema, las tentaciones justicieras que tú pareces tener). :-)
De todos modos, tu texto me convence de que debo añadir un sistema de referencias (trackbacks) a mi página.
Saludos
Josu/Malaprensa | 06-05-2005
Zara no hace publicidad, por lo que no muestra modelos delgadas.
Totalmente de acuerdo contigo. Es triste decirlo, pero la autodestrucción de uno mismo (consumo de drogas, no comer,...) también es un derecho igual de importante que el de la libertad de expresión.
Antonio | 06-05-2005
Felicidades por el artículo. Has sido abducido (Atom) por mi lector RSS.
El problema está en la raíz: la dejación de las responsabilidades paternas (falta de tiempo e interés, padres amigos,...) y el miedo a lo desconocido (fruto de la ignorancia).
Días atrás reseñé la conferencia de Miguel Moliné en la I Jornada de Bitácoras y e-derecho, que también hacía referencia a lo mismo:
Almendrón: El impacto de la cultura en el Hombre y las Nuevas Tecnologías, por Miguel Moliné
http://www.almendron.com/politica/editorial/2005/e...
"Afortunadamente, hace tan apenas unas décadas, surgió Internet. Presenta como cualquier otra herramienta, virtudes o defectos pero podemos afirmar que las primeras aventajan a las segundas por cuanto de su uso se han beneficiado desde las empresas a los usuarios particulares, pasando por instituciones científicas o las universidades. Si me preguntaran ustedes por la principal característica de Internet, les remitía a lo escrito por Manuel Castells, sociólogo y profesor de Investigación de la Universitat Oberta de Catalunya: Internet representa la posibilidad tecnológica y cultural de que, por primera vez en la historia, las personas se comuniquen directamente entre ellas sin pedir permiso a nadie ni pasar por los medios de comunicación masiva.
No es de extrañar, por tanto, que los gobiernos, ante la imposibilidad de controlar la información que circula por la Red, realicen desesperados intentos por controlarla.
Las excusas son bien conocidas: contenidos pornográficos, terrorismo, racismo, subversión política."
PD: Bonito diseño bitacoril.
maty | 06-05-2005
Algunas veces, como hijo de político no nacionalista y Guardia Civil, he sentido ese pequeño deseo de tomarme una justicia desmedida y vengadora por mi propia mano.
Pero como persona, toca apretar los dientes y defender a aquellos que te apuñalarían alegremente por la espalda, levantar la voz y decir: "NO ES JUSTO. HAY OTROS CAMINOS".
Suele ser fácil buscar culpables para los males que ocurren cerca. Lo difícil es que uno mismo se haga responsable de lo que está en su mano y actúe en consecuencia.
Te seguiré leyendo.
Light Artisan | 07-05-2005
Zara si hace publicidad quizá no en TV o en revistas pero está presente en todos los Centros comerciales de España, además utiliza la práctica del tallaje mínimo en su ropa, del mismo modo que hacen todos sus competidores.
(no hacer ropa en tallas 40+, sólo en tallas menores, para que quien tenga una talla 40 esté convencida de que es una gorda acabada).
Es un problema que ante el aumento de tamaño de nuestros adolescentes (talla y peso, no estoy hablando de obesidad, sino de aumento debido a la evolución de la sociedad), se reduzca el tamaño medio de las tallas en la ropa.
Si eres adolescente y te quieres comprar ropa y no entras en ella y no existen tallas de tu tamaño ¿te sientes bien? o inicias una dieta rigurosa para intentar comprarte la 38.
Vete a un instituto, y pregunta cuantas tienen una talla 40. La respuesta. Ninguna. Talla 40 es de perdedora.
jaume | 09-05-2005
El precio de la libertad es la eterna vigilancia. Y, la verdad, no veo yo muy vigilantes a mis congéneres.
Uno puede atentar impúnemente contra la libertad de expresión siempre que el consenso social -definido y extendido por las élites- decida que las opiniones censuradas son nocivas.
Bosco Suabia | 10-05-2005
URL para referencias o trackbacks
Mpc Digital : Bulimia, anorexia y libertad de expresión | 2005-10-27 17:52:11
[...] Javier Cuchí escribe sobre este asunto. Justamente lo que hubiéramos esperado hoy unos cuantos artículos de nuestra prensa. Mais non.
Vía malaprensa
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