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El Incordio

¿Quién soy yo?




Me llamo Javier Cuchí y soy miembro de la Asociación de Internautas y de Hispalinux.

El conocimiento corre hoy serio peligro como derecho universal que existe desde el alba de la Humanidad. Me preocupan, y mucho, las crecientes maniobras de varios sectores financieros (bajo denominaciones sugerente y falsariamente industriales o artísticas) y de sus factótums políticos, que no pretenden otra cosa que la apropiación ilegítima y fraudulenta de ese conocimiento para convertirlo en un valor puramente especulativo, restringido y escaso, fuente de aún mayores desigualdades y exclusiones de personas, sociedades y pueblos, y causa de pobreza y de subdesarrollo

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¿Qué es «El Incordio»?


Un grito de alerta, un silbato que clama «¡Al ladrón!», una voz de protesta, un «no convencéis y está por ver si vencéis»

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Viernes, 29 de abril de 2005

Bibliotecas -ahora sí- públicas

De la serie: «En profundidad»

En fin, no todo han de ser desgracias y hoy vienen maduras y dulces. Tras un primer momento de estúpida alarma y más estúpida aún protesta por parte del director de la Biblioteca Nacional francesa, Jean Noël Jeanneney, ante el proyecto de Google de digitalizar un casi increíble volumen de fondos de varias bibliotecas norteamericanas y británicas, parece que, finalmente, va a hacerse lo que cabe hacer: lo propio. A tal fin, cerca de una docenita de bibliotecas nacionales europeas -la española entre ellas ¡milagro!- han escrito al presidente del Comisión para que desarrolle un proyecto que lleve a la digitalización de los fondos ya libres de derechos económicos de autor para su puesta a disposición de la ciudadanía a través de Internet.

No voy a regatear mi aplauso ante esta reacción que, además de sorprendentemente rápida, se orienta en la dirección correcta. Tiempo habrá para que venga el tío Paco con la rebaja, que vendrá, y ya veremos si el senhor Barroso está por esta labor, ocupado como está en que sus tramposos y fulleros muchachos nos metan quieras que no (que no queremos, y esto está más que claro) las patentes de software. No hay idea tan buena que la mohosa y putrefacta burocracia europea no pueda reducir a escombros en un pis pas. Y eso no es nada: espera a que venga esa mierda de Constitución que nos van a hacer tragar tanto si nos gusta como si no (y va a dar igual lo que voten los franceses).

Llevo un rato pensando qué obras españolas pueden estar libres de derechos económicos de autor y, hombre, la cosa no está mal: a fecha de hoy, todo lo escrito por gente que muriera antes del 29 de abril de 1935, lo que nos pone en casi toda la generación del 98 y de ahí hacia atrás. Dentro de poco más de un año -y ojo: que no se me entienda el menor sarcasmo al respecto- el baño de sangre al que sometió a este desdichado país una generación de bárbaros de todos los bandos va a traernos una importante aceleración en la liberación de obras. Este es otro efecto de la exageración en materia de derechos económicos de autor: llegar hasta el extremo de pensar que una guerra, que un buen montón de años de asesinatos en masa (entre pre-guerra, guerra y post-guerra), pueden llegar a tener algún efecto positivo. Por ejemplo: si alguien, rojo o negro, se hubiera cepillado a Ortega y Gasset, no tendríamos ahora que esperar al año 2025 (falleció en 1955) para ver liberada su obra; y esa es una idea terrible, bestial y evidentemente indeseable, pero cierta. Pío Baroja, por otro ejemplo, murió ese mismo año y Azorín, muy longevo, nos abandonó diez o doce años después, así que mira si todavía hay narrativa y ensayo pillados por el apropiacionismo del conocimiento.

Yo nací precisamente en ese año, en 1955, y, si la naturaleza sigue su curso normal, para entonces yo ya tendré nietos; como don José no murió joven (afortunadamente: habrá que decirlo para dejar claro lo que hay que dejar claro), técnicamente yo podría haber sido nieto suyo. Eso quiere decir que mis nietos serían sus tataranietos y que, por tanto, hasta sus tataranietos podrán mejorar su nivel de vida o acaso aún vivir gracias al trabajo de su tatarabuelo, lo que equivale a decir del cuento porque, aunque sea reiterativo decirlo, quien trabajó, quien se lucró con justicia, fue don José y no sus tataranietos (ni sus biznietos, ni sus nietos, ni sus hijos). Nunca he entendido ese privilegio tan desastroso para la sociedad, como si los descendientes del autor no heredaran el patrimonio que éste acumuló (con toda justicia, repito) en vida. ¿Por qué los escritores y los músicos tienen un privilegio que no tienen otros profesionales tan útiles y tan creativos como ellos? Por qué no podré yo medrar un día con los derechos económicos de autor que no se le reconocen (ni los económicos ni, por cierto, los otros) a mi padre, aparejador, sobre los edificios en cuya construcción (y muchas veces proyecto) él participó profesionalmente. ¿Por qué no gozo yo de derechos económicos de autor sobre toda mi producción administrativa para que así mi condición de funcionario se transmita de hecho económico hasta mis tataranietos?

La respuesta es obvia: mi padre ya fue retribuido en su momento por su trabajo y lo máximo a lo que yo puedo aspirar es a gozar algún día, como heredero, del mucho o poco patrimonio que él ha acumulado con el producto de ese trabajo (y aún hay quien objeta, no sin alguna razón, la justicia de las herencias); y a mí se me paga puntualmente cada mes con el dinero de todos los catalanes y mis hijas que se busquen la vida porque, con lo que me pagan todos los catalanes, mucho patrimonio no les va a quedar, pero, en fin, ese ya es otro discurso.

Pero esto puede cambiar; de hecho yo creo que va a cambiar y por una razón que la música nos está demostrando cada día más claramente: porque la gente, la ciudadanía, cambia de filosofía de adquisición del bien intelectual. El disco compacto, por ejemplo, se muere porque la gente ha cambiado el modelo de envasado de la música decantándose hacia el archivo informático adquirido en la red por compra o intercambio; y eso provoca la crisis de todo un modelo: sin entrar ahora en la temática del derecho de copia privada o de las redes P2P, está claro que la gente va a dejar de comprar bloques de canciones para adquirir -aún pagando- canciones concretas, una por una. Esto, seguramente, hará poco o nada rentable la edición musical tal como se conoce ahora y es previsible que la música en lata llegue a regalarse -ya se está haciendo- como promoción de la música que de verdad le gusta a la gente: la música en directo, el intérprete en carne y hueso y a la vista, compartiendo imagen, sonido y sensaciones con los amigos y con centenares o miles de desconocidos que ven, oyen y sienten de la misma forma.

Algo parecido, no exactamente igual, pero sí parecido, va a pasar con el libro. Los editores -pueden empezar desde ya a subirse por las paredes, si gustan- no van a poder vender libros en formato electrónico a veinte o veinticuatro euros; de eso ya se pueden ir olvidando. Quizá puedan seguirlo haciendo en ediciones ordinarias -habrá inercia suficiente para que duren aún muchos años- pero se habrá acabado aquello de vender (en papel) centenares de miles de ejemplares. Además -y eso también le dará la vuelta a la tortilla del negocio- mientras que la edición de música aún supone un cierto gasto -menor, a medida que avanza el tiempo y la tecnología, pero cierto- la edición escrita apenas supone unos minutos adicionales al esfuerzo de su propia creación. ¿Qué diferencia -entre inversión material y trabajo humano- va a haber entre el simple escribir un libro y editarlo electrónicamente? Y, en cuanto a la distribución, la red estará abarrotada -lo está ya- de canales eficientes, libres y gratuitos que permitirán al autor la expansión de su obra.

En pocas palabras: hemos vencido. Aún nos machacarán con cánones; aún llenarán páginas y más páginas de código penal (¿cuántas cárceles más piensan construir?); aún habremos de aguantar insultos (pendejos, piratas, delincuentes...), pero esto no son más que convulsiones de la bestia moribunda, como el tiburón en la cubierta del pesquero, condenado irremisiblemente, pero capaz todavía durante unos minutos de arrancar el brazo de un imprudente. No tienen nada que hacer: se pongan como se pongan, si la Biblioteca Nacional pone todo su fondo libre a mi cómoda disposición, pocos, muy pocos libros compraré a partir de entonces. Y ojo, que hoy soy un buen cliente; pero me han tomado por una gallina ponedora... y la gallina ya ha ido al caldo.

La gallina; pero no yo.

Por: Javier Cuchí | Correo ordinario | Comentarios (0) | Referencias (0)

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