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El Incordio

¿Quién soy yo?




Me llamo Javier Cuchí y soy miembro de la Asociación de Internautas y de Hispalinux.

El conocimiento corre hoy serio peligro como derecho universal que existe desde el alba de la Humanidad. Me preocupan, y mucho, las crecientes maniobras de varios sectores financieros (bajo denominaciones sugerente y falsariamente industriales o artísticas) y de sus factótums políticos, que no pretenden otra cosa que la apropiación ilegítima y fraudulenta de ese conocimiento para convertirlo en un valor puramente especulativo, restringido y escaso, fuente de aún mayores desigualdades y exclusiones de personas, sociedades y pueblos, y causa de pobreza y de subdesarrollo

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¿Qué es «El Incordio»?


Un grito de alerta, un silbato que clama «¡Al ladrón!», una voz de protesta, un «no convencéis y está por ver si vencéis»

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Jueves, 28 de abril de 2005

Del Parlamento, del Liceu, de la Universidad... y del campo

De la serie: «Los jueves, paella»

No pude ayer ver por la tele la enésima bronca que se montó en el Congreso. Me entero de ella hoy, y a través de Libertad Digital, que nadie podrá en absoluto decir que es un medio filosocialista. Y, en directa deducción de lo reportado por este medio, parece que, como siempre, los diputados del Partido Popular siguen comportándose en el hemiciclo como en un campo de fútbol o en una plaza de toros, es decir, como búfalos. Igual creen que convirtiendo el Parlamento en una perrera van a conseguir más votos. Igual tienen, encima, razón; todo es posible en este inaudito país que prefiere la bronca a la reflexión, el rebuzno a la palabra, el garrotazo al debate. Pero que no olviden que en las últimas elecciones la pifiaron precisamente por eso, por la bronca, por el ladrido, por la estampida de bóvido salvaje, más que porque a los ciudadanos nos gustara ese individuo anodino que tenemos como presidente y esa pandilla de impresentables e insolventes que, con dos o tres honrosas excepciones, compone el gobierno.

Personalmente, sin ser precisamente un forofo suyo, tampoco me disgusta Mariano Rajoy como líder; un par de semanas antes de que Aznar me quemara definitivamente los etcéteras con su prepotencia, su ordeno y mando de dictador de opereta y su timo nacional de la estampita, estaba convencido de que un Rajoy en la presidencia del gobierno sin mayoría absoluta, por supuesto, obligado a pactar, obligado a persuadir, obligado a ceder, sería bueno para todos; además, me da la impresión de que Rajoy es un político que disfruta con su oficio y que, por tanto, el pacto, la componenda (en el mejor sentido de la palabra) no serían para él una obligación torturante e insufrible sino, al contrario, las circunstancias que le darían sal y gracia al desempeño y satisfacción a los resultados. Las mayorías absolutas, como desgraciadamente estamos hartos de ver los españoles, no llevan a finezas florentinas sino a la pura y simple brutalidad política.

Pero si Rajoy no se quita de encima a los dos o tres rottweiler en quienes todos estamos pensando y no impone orden, modos y silencio en la perrera, negro futuro le veo.

Y es una lástima.

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Ayer vino Steve Ballmer, el CEO de Micro$oft, a conferenciar en el Foyer del Liceu. Ni Steve Ballmer podía haber llegado tan alto ni el Liceu haber caído tan bajo pero, después de todo, tampoco es el Liceu una institución que me resulte excesivamente simpática, así que aire.

Don Steve dijo las tonterías de siempre: que si el software libre no es un modelo de negocio, que si la excelencia está en Micro$oft... Hasta fue patético: dijo que Micro$oft tenía 50 puestos de trabajo en Catalunya y que próximamente iba a duplicarlos. Menos mal: se ha derrumbado el sector textil como un castillo de naipes, pero las cifras de empleo en Catalunya no corren peligro, pues ahí están míster Ballmer y Micro$oft para salvarnos la vida. No me sorprende que el tripartit esté tan enamorado de esta benéfica empresa.

Sólo dijo una verdad (por otra parte evidente): que Micro$oft tiene muchísima pasta.

No, si ya...

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Jornada de protesta gorda hubo ayer en las universidades españolas -y sobre todo, naturalmente, en las escuelas y facultades más afectadas- contra las patentes de software. Y no sólo en las universidades: se adhirieron también entidades de la sociedad civil como Hispalinux o la Asociación de Internautas y multitud de páginas web y bitácoras como esta misma.

Se contó con el apoyo y la presencia de Richard Stallman, el padre y gurú del software libre, que no acudió a teatros de ópera pero sí a un centro universitario (la Facultad de Informática de la Universidad Politécnica de Madrid); no habló ante un auditorio de encorbatados deseosos de absorber lenguaje geek de cuyo significado -más allá de lo lingüístico- no tienen ni puta idea, sino ante seiscientos de nuestros futuros ingenieros; tampoco habló de cifras ni de modelos de negocio, sino de derechos y de libertades.

La beautiful de la corbata y del tripartit estaba en el Liceu de Barcelona con Ballmer; nuestra gente, los que de verdad van a mover este país a pesar de los del Liceu, estaba en la Politécnica de Madrid con Stallman.

Aún hay esperanza.

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Vuelve mi hija mayor (1º de ESO) de una cosa de esas que llaman ahora crédito variable y que parece consistir en que se va toda la clase, o todo el curso o, en fin, medio colegio, a una casa de colonias y pasan dos o tres días en alegre y juvenil convivencia haciendo cosas al aire libre. Eso, a mi hija, le gusta. De hecho -y siguiendo en este aspecto la tradición y gustos de sus padres- ella es miembro de una asociación juvenil, de una entidad educativa de tiempo libre que incide mucho en la realización de marchas, campamentos, actividades de montaña y, en definitiva, actividades de aire libre y practican estas actividades con asiduidad y durante todas las épocas del año. La niña vuelve muy contenta del crédito en cuestión, pero lo que explica me deja helado: «fui la única -dice- que conocía la diferencia entre el norte geográfico y el norte magnético, para qué sirve y cómo se utiliza una brújula, cómo orientarse mediante indicios o por qué la fachada de una masía mira al sur». Mi hija es del año 1992, o sea que ella y su peña cumplen 13 añitos a lo largo de este 2005.

Ya conocía este síndrome, porque en mis últimos tiempos como monitor (hace casi veinte años) ya se percibía que el aire libre cada vez llamaba menos la atención de la muchachada en beneficio del televisor y, ahora, de la playesteichon. Nuevos tiempos, nuevos modos de vida, no seré precisamente yo quien pretenda que nadie, ni joven ni viejo, viva como hace veinte, treinta o cuarenta años... o días; para esto hay un avance técnico, científico y, en fin, se supone que humanístico (aunque de este último no hay muchas pruebas). Pero esto tampoco es bueno, no es normal esta indefensión cultural -y llegado el caso, material- ya no ante una naturaleza desencadenada en sus más tremendos elementos, sino en un plácido prado primaveral.

Por mí mejor: más anchos estaremos los que aún gustamos de las buenas y agradables caminatas por los senderos de esas montañas, pero no es nada bueno que los jóvenes pierdan totalmente el contacto con la naturaleza, la emoción ante la aventurilla del saco de dormir, o el ambiente de camaradería compartiendo la sopa de sobre bajo un cielo estrellado a la luz del lumogás (ya no dejan hacer fogatas ¡qué pena de fuegos de campamento!) ante la tienda de campaña.

De vez en cuando, hay que dejar en casa el PC, la playesteichon, la palm, el flash USB con o sin MP3 y demás repertorio electrónico, e ir personalmente a ver vaquitas de verdad, de carne, hueso y leche.

En directo, si dicho así se me entiende mejor.

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Hasta la paella de la semana que viene, y salud que haya.

Por: Javier Cuchí | Los jueves, paella | Comentarios (0) | Referencias (0)

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