
Me llamo Javier Cuchí y soy miembro de la Asociación de Internautas y de Hispalinux.
El conocimiento corre hoy serio peligro como derecho universal que existe desde el alba de la Humanidad. Me preocupan, y mucho, las crecientes maniobras de varios sectores financieros (bajo denominaciones sugerente y falsariamente industriales o artísticas) y de sus factótums políticos, que no pretenden otra cosa que la apropiación ilegítima y fraudulenta de ese conocimiento para convertirlo en un valor puramente especulativo, restringido y escaso, fuente de aún mayores desigualdades y exclusiones de personas, sociedades y pueblos, y causa de pobreza y de subdesarrollo
Un grito de alerta, un silbato que clama «¡Al ladrón!», una voz de protesta, un «no convencéis y está por ver si vencéis»

© Javier Cuchí
Barcelona, 2005-2006
Lunes, 25 de abril de 2005
De la serie: «En profundidad»
Hace un tiempo, unos meses, navegando muy prudentemente por esta espantosa red abarrotada de pederastas, pornografía, timadores, pendejos electrónicos, piratas y demás gentes de mal vivir, encontré una interesante paginita, llamada Malaprensa dedicada no solamente a la caza del gazapo al estilo de aquella entrañable «Comisaría de Papel» de «La Codorniz» sino también -y quizá sobre todo- a las pifias periodísticas basadas en la ignorancia, el analfabetismo tecnológico y científico y la falta de contraste de que adolecen muchos plumíferos del papel, quizá forzados por la perentoriedad mercachifle de sus editores que les obligan a buscar afanosamente el lado escandaloso, llamativo o de otro modo vendedor de la pomposamente llamada noticia. La prensa concebida no como medio y modo de información sino como un espectáculo más, servido en forma de lectura; luego, los empresarios mediáticos y sus corifeos se quejan de que el público pasa de papeles y, a medida que va entrando en Internet, busca medios digitales y busca bitácoras para informarse y contrastar la información. Y ambas cosas se consiguen de forma relativamente fácil, con un poco -no mucho- de habilidad y cordura y otro poco -tampoco mucho- de experiencia navegante.
El editor de Malaprensa, don Josu Mezo, tiene, por demás, unas credenciales de aquí te espero: licenciado en Derecho por la Universidad de Deusto, Máster en Ciencias Sociales por el Instituto Juan March, doctor en Ciencias Políticas por la Autónoma de Madrid y profesor de la Universidad de Castilla-La Mancha, en Toledo. Seguro que gana poco dinero (esto es España, señores...). Pero si sus títulos pesan un quintal, sus razones y sus argumentos pesan tonelada y media; no hay más que ir a su página y verlo, que no hay más cera que la que arde.
Incluso en cierta ocasión tuve el placer de echarle una mano (como uno más de sus muchos colaboradores voluntarios) remitiéndole una noticia de prensa con una buena pifia y hasta tuve el honor de ver publicada en su bitácora la noticia y, además, una cita literal del comentario que yo le había enviado. Mi gran dolor, en este ámbito, es no haber podido todavía documentar una de las más gordas cagadas plumíferas que he visto y que leí allá por 1991 o 1992 (permítaseme omitir el nombre del medio hasta tanto no encuentre la prueba, el corpus delicti): describía el periodista el despegue del avión-estafeta que partía de la base de Zaragoza con destino a Bosnia transportando pertrechos, correo y otros enseres destinados a las tropas españolas allí destacadas en misión de paz y escribía el pobre desgraciado: «es impresionante ver elevarse ciento cincuenta mil toneladas a la luz del amanecer». Impresionante sería, desde luego, porque ciento cincuenta mil toneladas es el registro bruto de un superpetrolero de los grandecitos; el redactor en cuestión, debió considerar poco impresionantes -luego erróneas- las ciento cincuenta simples toneladas (o, si se quiere echarle miles, ciento cincuenta mil kilos) que más o menos pesa un avión Hércules al despegue; o, simplemente, no consideró nada y tiró por lo alto instintivamente porque, para su subconsciente, la cosa no podía ser de otra manera. Un día pillaré el recorte y pondré cabecera, nombre y apellidos a la parida.
Lo de don Josu son las estadísticas, claro, como se deduce de su formación, más arriba expuesta; pero no hace ascos a ninguna ciencia, sea la física, las matemáticas, o lo que se tercie. Hay que pasear, repito, por su página. Y paseando por su página es como, a veces, se encuentran... más que pifias... ejem... omisiones quizá no muy... bienintencionadas... por parte de la mayoría de los medios. Y así, don Josu oyó lo que en un principio tomó por leyenda urbana referida a una buena metedura de remo por parte de... ¿de quién iba a ser? pues de nuestra amada y nunca suficientemente bien ponderada ministra de [in]Cultura, doña Carmen Calvo, que dio una buena derrapada en materia de latines pretendiendo, encima, hacerse la graciosa. Don Josu dudaba porque ningún medio de prensa había dado la noticia, hasta que la encontró en Libertad Digital y entonces sí, la contrastó y la publicó en su bitácora.
La cosa tiene su gracia. En un debate parlamentario celebrado el 9 de febrero de este año, el senador Van-Halen, del PP, defendía a su partido de unas ciertas acusaciones socialistas de inoperancia u hostilidad hacia el cine español con unas cifras obtenidas del propio ministerio de Cultura y lo hacía recalcando la autoría de la ministra sobre esos datos con la muy ortodoxa expresión «Calvo dixit», que repitió en varias ocasiones tras, o antes de, citar conjuntos de datos numéricos. Doña Carmen, ayuna de latines, como veremos, se amostazó y, pretendiendo dictar una lección de cortesía parlamentaria, tomó toda la potencia de su doctorado en Derecho constitucional y su cargo de profesora de la cosa y respondió al maleducado senador de la derecha: «Señoría, usted para mí nunca será Van-Halen "Dixi" ni "Pixi"; será su señoría, el senador Van-Halen, precisamente porque estamos en una Cámara de representación democrática en nuestro país, precisamente porque estamos en el Senado». Glorioso.
No es un bulo, no es una leyenda urbana: consta así de claro en el Diario de sesiones del Senado.
Pero podemos consolarnos: si la cultura latina (y yo diría que la general) de doña Carmen brilla por su ausencia, destaca la ministra, sin embargo, por su profundo conocimiento de la onomástica ratonil de los dibujos animados norteamericanos. Así nos luce el pelo.
Gracias, don Josu, amigo Mezo, por tu trabajo generador simultáneo de tanta risa y tanto llanto. Espero que, en aras a nuestra higiene mental, puedas seguir con esta ilusión y con esta tarea durante mucho tiempo, en el transcurso del cual me propongo estar muy atento en todas mis lecturas para poner mi granito de arena en el suministro de material, por lo demás desgraciadamente abundante, que nutre tu valiosísima bitácora.
Nos iremos viendo por estos [estrechos] anchos de banda hispanos.
Por: Javier Cuchí | Correo ordinario | Comentarios (3) | Referencias (0)
Javier,
Muchísimas gracias por tu texto. Cualquiera que lo lea pensará que somos amigos y nos tomamos cañas juntos cada dos por tres.
En fin, espero ser realmente merecedor de tus elogios, y no defraudarte en el futuro.
En cuanto a lo de la ministra. Aún habiéndolo leído en el boletín del Senado sigo dudando, y buscando resquicios de explicaciones menos rotundas que la que a todos se nos ocurre.
Quizá incluso los que oyeron mal fueron los taquígrafos del Senado.
Un saludo
Josu
Josu | 26-04-2005
Nada de elogios, es lo que hay y a tu página me remito, como ya he dicho.
Lo de las cañas espero que haya ocasión de resolverlo algún día y que no sea muy lejano ;-)
Un cordial saludo
Javier Cuchí | 26-04-2005
Siento no haber encontrado esta página antes, prometo hacerme seguidor en un futuro inmediato
Vicente Dixi
Vicente Millán | 30-09-2005