Jueves, 21 de abril de 2005
De la serie: «Los jueves, paella»
Los llamados papeles de Salamanca ya están un paso más cerca de aquí. Un paso... pero faltan aún centenares de kilómetros porque parece ser que va a haber tiros, bombas y puñalaes para ser el primero en presentar un recurso de insconstitucionalidad contra la ley que, de aprobarse, traería a Catalunya los papeles en cuestión. Un plus de popularidad para la ministra de [in]Cultura, doña Carmen Calvo, cada día haciendo más amigos: primero los internautas, después los industriales de lo tecnológico, ahora los salmantinos. Hace mala cara, doña Carmen; será porque de tanto vudú que le propinan desde tantísimos y tan amplios sectores, su faz parece ya el retrato de Dorian Grey. Quizá, para animarla, la asamblea general de la $GAE, constituida en sesión extraordinaria a ese único efecto, debiera cantarle a coro «Chiquitita». Pagando a Abba los derechos correspondientes, supongo.
Volviendo a lo de los papeles, la verdad es que la cosa no me emociona demasiado. Y si tengo que ser aún más sincero, diré que me importa un rábano donde estén. Porque estén donde estén, allí o aquí, tengo muy claro que no les voy a poder echar la vista encima. Si, al menos, hubiera la opción de llevarlos a la Biblioteca Nacional norteamericana, tendría la seguridad de que, a no mucho tardar, Google los pondría a mi entera disposición y a la de seis mil millones de ciudadanos del mundo... en esta pantalla y en otros muchos miles de ellas. Pero ni doña Carmen, ni el alcalde de Salamanca, ni Pasqual Maragall van a estar por la labor. Una vez solventado el follón de la manera que sea, los papeles, en Castilla o en Catalunya, seguirán su firme camino hacia la putrefacción... o serán enterrados en archivos blindados sagradísimos.
Que, para el caso, es lo mismo.
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Habemus Papam. Anteayer, al caer la tarde, nos llevamos la sorpresa de que no hubo sorpresa, casi por primera vez en la Historia, y resultó Papa el
papable previsto. Ahí es nada la meticulosidad teutona a la hora de preparar candidaturas y más en un cónclave lleno de italianos e hispanos; latinos, en definitiva, gente pringosilla y dada a la improvisación, poco afecta a prepararse con tiempo la tarea, partidarios máximos del
todo a última hora, que es la versión laboral del
todo a cien.
Quizá por estar todo tan bien preparado y previsto, algún maledicente ha llegado a divulgar la especie de que el Espíritu Santo se había pedido
pase pernocta a la vista de la poca falta que iba a hacer (y de que, por si las moscas, el gabinete pro-Ratzinger se lo había concedido de buena gana).
Bueno, al menos cabe esperar de Joseph Ratzinger, ahora Benedicto XVI, que le ponga a la cosa seriedad kantiana y que cuando vaya por ahí haga de dirigente, que es lo que toca, y no de astro rockero. Después de todo, y bien mirado, Karol Wojtyla no ha sido un Papa de grandes resultados: en un cuarto de siglo largo (y un tanto inacabable) ha vaciado parroquias y seminarios y no sé yo si eso habrá podido ser compensado por el seguidismo -más bien compulsivo y un tanto consumista- de centenares de miles de jóvenes mucho más dispuestos a recorrerse media Europa dos o tres veces al año para asistir a los
Papa happening que les montaba el Opus, que a concurrir humilde, modesta y regularmente a misa cada domingo.
No parece que don Joseph, Papa Benedicto, vaya a estar por la labor de estos números, pero quizá nos obsequie con algún que otro interesante estudio sobre, pongo por caso, el disciplinado pero firme reformismo erasmista como alternativa al laicismo -en realidad a la
desideologización- traída por la ola ultraliberal que nos apesta. Ya sería de agradecer, porque parece que don Joseph sabe de esto un huevo.
Y no hay nada tan prestoso en cualquier ambiente como habérselas con un buen profesional del ramo.
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El Ayuntamiento de Barcelona se pasa a Güindou$ XP con armas y bagages. No contento con eso, nuestro triste
achuntament (¿no hará Clos una a derechas, madre mía?) ha publicado en su revista
técnica un artículo al respecto que hasta escrito por la
Rosa de España hubiera sido más ecléctico y más moderado sobre el software del monopolio. Por supuesto, los
sites, listas y foros del escenario del software libre están que trinan y muy particularmente los catalanes, claro.
Hace ya tiempo, cosa de nueve o diez meses, más o menos, con motivo de un
artículo muy duro que escribí contra la administración catalana por cuestiones como esa, que publicó la
Asociación de Internautas y que de ahí fue, además, muy leído, citado y reproducido, un compañero participante en
Puntbarra, la versión catalana de
Barrapunto, decía -con mucha educación y de muy buen rollo- que no esperaba oir o leer jamás de mí que los políticos o los partidos hicieran algo bien. Nunca se puede decir
de esta agua no beberé, pero tiendo a estar de acuerdo con él y creo que cada vez son más obvias las razones que lo explican. En todo caso, desafío a dicho compañero -con idéntica amabilidad y el mismo buen rollo- a que me muestre algo que los políticos hayan hecho bien y que yo haya olvidado mencionar con lágrimas de gratitud anegando mis globos oculares.
Porque si los hechos me dan la razón, así, en general, en lo concerniente a Catalunya mi razón se convierte en dogma casi evangélico, porque lo de Catalunya es para mear y no echar gota, porque en Catalunya es donde los políticos han prometido más y más concretamente que en todo el resto de España, en Catalunya es donde han incumplido más notoria y flagrantemente y en Catalunya es donde más sangrante y desvergonzadamente han tomado el pelo a los ciudadanos y a la sociedad civil del sector, simulando hallarse estudiando con meticuloso cuidado y doctoral profundidad la mejor forma de implantar un mísero navegador y un simple paquete ofimático, cuando tantísimas veces se ha hecho a saco, sin tanto estudio y sin tanta cagarela. Cualquier funcionario que lleve diez años en la administración de la Generalitat ha pasado por tres o cuatro tratamientos de texto distintos, cambiados de la noche a la mañana sin tanto cuento ni tanta historia. Cuento, cortinas de humo y timo de la estampita, que no hay otra cosa.
¡Ay, Barcelona!
Cap i casal de... Micro$oft Ibérica.
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Leo -y casi no me creo, pero no es 28 de diciembre- que Pasqual Maragall quiere meter a Catalunya en la Organización Internacional... ¡de la Francofonía!
¿Nos estamos volviendo todos locos? Hombre, es verdad que los catalanes siempre hemos tirado un poquito hacia el norte, sobre todo en las épocas en que la cantidad de caspa que llegaba de allende el Ebro era insufrible; pero hemos tirado al norte mirando no sólo a París sino también, por ejemplo, a Milán. Y, por demás, en la actualidad no nos llega desde la Iberia ulterior una cantidad de caspa sensiblemente mayor de la que generamos desde la Iberia citerior y en este mismo jueves de paella tenemos dos hermosos ejemplos de ello.
Pero de todo esto a proclamar
francófona a Catalunya va un mundo, una exageración (si no un redondo fraude) y un despropósito, por más que sea moneda de cambio para lograr que el catalán sea cooficial en la Unión Europea, para lo cual resulta imprescindible el apoyo de Francia. Para acabarlo de arreglar -siempre según «El Periódico»- Maragall sostiene, sin que se le caiga la cara de vergüenza, que la entrada en la OIF es
«un deseo profundo de los catalanes desde hace tiempo» y me atrevo a decir que la OIF es una realidad ignorada por el noventa por ciento de los catalanes y objeto de total indiferencia por la mayor parte del diez por ciento restante.
Llevo ya muchos años llevando a cuestas el cabreo de que, para el común de España, los catalanes seamos los malos de la película, siendo así que ese sentimiento responde a una catalanofobia tan cierta como injustificada. Dar tres cuartos al pregonero, es decir, dar motivos racionales y de peso para alimentar esa catalanofobia, es una estupidez que costará mucho contrapesar. Cuando algunos pierden el norte y el justo equilibrio de las cosas, cuando a base de querer ser más europeos que Carlomagno olvidan que, más a gusto o menos a gusto, la realidad es que estamos incardinados en España (como Estado, pero también como realidad histórica, geográfica y política), y que nuestras relaciones primeras ordinalmente y prioritarias cardinalmente lo son con el resto de España, es cuando se hacen tonterías que los catalanes -todos y cada uno de los seres humanos catalanes, no el
institucionalismo catalán- acabamos pagando y a veces muy caro.
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El jueves que viene, más. Pero espero que mejor... vaya, de mejor humor.
Por: Javier Cuchí | Los jueves, paella | Comentarios (1) | Referencias (0)