
Me llamo Javier Cuchí y soy miembro de la Asociación de Internautas y de Hispalinux.
El conocimiento corre hoy serio peligro como derecho universal que existe desde el alba de la Humanidad. Me preocupan, y mucho, las crecientes maniobras de varios sectores financieros (bajo denominaciones sugerente y falsariamente industriales o artísticas) y de sus factótums políticos, que no pretenden otra cosa que la apropiación ilegítima y fraudulenta de ese conocimiento para convertirlo en un valor puramente especulativo, restringido y escaso, fuente de aún mayores desigualdades y exclusiones de personas, sociedades y pueblos, y causa de pobreza y de subdesarrollo
Un grito de alerta, un silbato que clama «¡Al ladrón!», una voz de protesta, un «no convencéis y está por ver si vencéis»

© Javier Cuchí
Barcelona, 2005-2006
Miércoles, 30 de marzo de 2005
De la serie: «En profundidad»
Me escribe un lector del sector ávido de sangre diciéndome que Miguel Ríos ha escrito un artículo en «El País» llamando a la huelga general de músicos. Me dedico a buscarlo, a ver si encuentro su transcripción íntegra por algún lado, porque «El País» es de pago y no me da la gana, y lo encuentro sin demasiado esfuerzo, pero en la búsqueda paso por unos cuantos sitios que están echando sapos y culebras sobre el asunto.
Me entristezco. Miguel Ríos no es un chiquilicuatro imbécil ad usum y aunque ya no es un jovencito, caramba, no me parece tan mayor ni tan cascado como para andar diciendo gilipolleces; si se ha llegado ya a ese extremo es que en la nebulosa $GAE están ya en últimas de pura desesperación (lo que, por otra parte, tampoco me sorprendería). Bien, imprimo el artículo, me repantingo y le doy el correspondiente curso visual.
Voy leyendo y que si cagontó con la manta, que si dichosa manta, que si maldita manta y etcétera con la manta. Bueno. Como internauta, eso de la manta es algo que no me afecta ni poco ni mucho; otra cosa es como ciudadano, y de eso hablaré más adelante. Habla de piratería (ay, ay, ay, que lo veo venir), habla de la huelga, habla de la pasividad de la Administración, y no acabo de llegar a la cuestión que interesa. Pero casi terciada la segunda página de la impresión, se me van los ojos a la expresión clave que, por fin, aparece (ya decía yo): copias privadas. La mano me tiembla, busca ansiosa el 12/70 (así llamo yo al teclado cuando pienso en «El Incordio»), qué pena, coño, Miguel, un tío guay, de la época en que unos hombres y unas mujeres eran músicos, no triunfitos, y los músicos escribían y cantaban música; joder, Miguel, que te voy a tener que poner a parir como si fueras un Teddy cualquiera y tú estás -¿o ya habrá que decir estabas?- a años luz por encima de ese tío...
Pero fiat lux, las aguas vuelven a su cauce y la mano regresa apacible a empuñar el vaso de cerveza. Esto dice Miguel, literalmente: «La posibilidad de clonar nuestro esfuerzo en "copias privadas" nunca me pareció mal. Que alguien se copie mis discos y los regale a quien quiera me halaga. [...]». ¡Ah! Esto ya es otra cosa.
El artículo sigue echando sapos y culebras contra la manta (y me parece muy lógico y plausible, con las matizaciones que después diré) pero solo hacia y contra la manta. No deduzco del artículo el menor ataque a los internautas, no veo la menor animosidad contra el libre acceso al conocimiento. El fragmento de su artículo que he reproducido separa y diferencia perfecta y satisfactoriamente lo que es la copia privada (que aprueba claramente) y la piratería, el top manta, contra el que arremete a dientes prietos. La mano va hacia el teclado, pero no para empuñar la 12/70 sino el reflector del análisis y del pormenor. Vamos a ello...
Miguel acusa del top manta a la pasividad del Gobierno y a la voracidad consumista del ciudadano porque (cito literalmente) «La peña esgrime razones bastardas e hipócritas para justificar su complicidad con los cacos: que si el precio de los discos legales es caro, que si los manteros son pobres emigrantes, que si las mantas ayudan a la difusión de la música, que si los artistas somos unos niños ricos que no hacemos más que quejarnos... Argumentos fácilmente desmontables si la sociedad en que vivimos no fuera hija directa de la picaresca y el consumo irracional». Sigue en otros párrafos (que cito literal pero parcialmente y amontono a mi aire sin torcer -espero- su sentido ni contexto): «Sabemos que los manteros son pobres inmigrantes semiesclavos en manos de las mafias más siniestras y lo lamentamos. [...] Pero si la sociedad está realmente tan preocupada con la precaria situación de los manteros, por qué no pide al gobierno que los legalice y les dé un trabajo digno, como sin lugar a dudas se merecen»
Bueno, vamos por partes. Es verdad -negarlo es negar la evidencia- que el top manta funciona con una impunidad prácticamente total; pero también es más que evidente que el proxenetismo o el fullerismo (en forma de trileros) se mueve con idéntica tranquilidad. Personalmente (y personalmente quiere decir que es una simple opinión mía sin la menor pretensión de universalidad) a mí me joroba y me avergüenza bastante más que el top manta (y, por si no queda claro, insisto en que no apruebo para nada el top manta y sí lo repruebo contundentemente) ver mis preciosas Ramblas abarrotadas de tahúres de la peor calaña (y de la raza local, dicho sea de paso) saqueando a los turistas de los cruceros a pocos metros de un cuartelillo de la Guardia Urbana, para mayor inri; o tener que explicarle -hasta donde puedo- a mi hija de siete años qué hacen esas señoras tan llamativas (prefiero no explicar por qué son llamativas la mayoría de ellas) allí, frente al Centro Aragonés o en la propia Ronda, la calle comercial más informática de Barcelona, y justo frente por frente -entre otros sitios- de un establecimiento de una gran cadena de electrodomésticos y electrónica de consumo frecuentado a todas horas por familias enteras. Me fastidia ver un negrito con la manta o la mochila, no me gusta, me parece un espectáculo tercermundista absolutamente impropio de la ciudad más europea de España, pero, siendo malo, lo otro es aún peor. Y o bien se le exije a la Administración que ponga en circulación ciento cincuenta mil policías más -y no da el presupuesto para tanto, ni mucho menos- o hay que establecer prioridades, y éstas las establecemos los ciudadanos votando. Y cuando las emisoras de radio, las cartas al director o las páginas web de los ayuntamientos reciben quejas sobre seguridad ciudadana que hablan de prostitutas en la calle, de atracos a punta de navaja, de pisos reventados, de coches robados sobre los que no se vuelve a saber, y todo ello por no hablar de estafas, timos choriceos y demás desafueros que el ciudadano sufre un día sí y otro también, deberás comprender, Miguel, aunque ya sé que te cuesta y que tienes tu razón, que los alcaldes no pueden con todo y que el capítulo 1 (en un presupuesto público, el de los sueldos) no les permite ni un urbano más.
Tampoco creo, Miguel, que vayas a solucionar apenas nada con una huelga, pese a que tendría una indudable resonancia mediática. El cliente del top manta no es el ciudadano talludo, es el muchacho joven (muy joven, además) consumidor compulsivo y desaforado; ésta es una característica ancestral del niño y del joven. Pero los niños y jóvenes de otras épocas no sufrían la bárbara presión propagandística (además, estudiada, diseñada y dirigida por los mejores expertos del mundo) a que les someten -entre otras... industrias- las discográficas. Es irresistible. Y los padres poco podemos hacer, aunque queramos. Y muchos de los pocos padres que quieren, se ven pillados cuando el mocito les pregunta por la legalidad del Micro$oft Office que tienen en el ordenador. Como ves -y seguro que ya lo veías, Miguel, sin necesidad de que te lo dijera yo- el problema de la piratería está mucho más extendido que en el mundo de la música; y si no, pregunta a los ejecutivos de la casa "Rolex", por ejemplo. Se crean unas necesidades falsas pero sensible y sensorialmente perentorias, y todo el mundo quiere tener y todo el mundo quiere, cuando menos, aparentar, aunque no llegue. Eso no lo vas a solucionar con una huelga. Pero... ¡adelante con ella! Sentiré mucho no disfrutar de tu música y de la de tres o cuatro más pero, a cambio, podré escuchar la radio tranquilamente sin que me acometa a traición con un berrido del niño de los rulos. Perdona, pero bien pensado y teniendo en cuenta la cantidad de niñatos que nos dan la lata cada día, igual valdría la pena y todo... En todo caso, una huelga de músicos, Miguel, quizá señalaría el camino para otras huelgas mucho más dolorosas para los propios músicos.
Sobre el precio de los discos... ¿qué quieres? Te doy la razón. Es verdad que son caros; es verdad que alguien (no sé quién, pero alguien) se lleva el gran trozo del pastel, pero por lo que deduzco de lo que oigo, respetando la dignidad de todos y con unos márgenes razonables, es imposible vender un disco por menos de 5 euros: no hay competencia posible con los ¿3? ¿2? de la manta. Es verdad y hay que reconocerlo (recatar las verdades es, además de deshonesto, ridículo): el problema del top manta no proviene del precio de los discos en el mercado legal ni se solucionaria con una bajada de precio por grande que sea. El problema, ya tú mismo lo dices en tu artículo, es que el CD es ya un sistema de distribución irremediablemente ineficiente.
Bueno, podríamos discutir mucho sobre todo esto, pero yo creo que más que discutir lo que deberíamos es dialogar. Nuestras respectivas posiciones no están, en absoluto, alejadas. Yo he dicho muchísimas veces que el enemigo de los internautas, nuestro enemigo, no es el músico; el músico es un elemento absolutamente necesario -y deseable- en una sociedad civilizada. El músico tiene que vivir, y vivir dignamente, de su trabajo porque su trabajo es útil y porque con su trabajo presta un servicio imprescindible. Y como tantísimos otros profesionales, el músico puede vivir sin esquilmar a la sociedad o sin que, lo que es peor y más frecuente, haya terceros que especulando con vuestro trabajo y poniendo desvergonzadamente al músico de rehén, esquilmen a la sociedad y saqueen los bolsillos de la gente sin el menor recato, sin tasa ni medida, cuando se consume música e incluso cuando no se consume (los cánones, ya sabes...).
Te veo cabreado, Miguel -se te ha ido un poco la olla pidiendo poco menos que grises a mansalva- y tienes tu razón, mucha razón. Y tú sabes que los problemas no se resuelven a porrazos y tú sabes que los trabajadores del astillero, aunque corten carreteras durante una semana, acabarán en el paro igualmente. Pero tú has de ser -forzosamente, consecuentemente- del grupo de los dialogantes, de los que, una vez se les ha pasado el berrinche, son capaces de ver las cosas con perspectiva. Todos sabemos que esto no puede seguir así: ni los músicos pueden ver su honrado trabajo comprometido al solo albur de si hay más poli o menos poli, ni los ciudadanos pacíficos y honorables podemos ser criminalizados por quienes, encima, nos saquean, por los que verdaderamente se están llenando los bolsillos a costa de todos, de vosotros y de nosotros. Lo he dicho mil veces y lo repito ahora: un acuerdo social es posible; podemos entre todos conseguir que las aguas vayan hacia un cauce civil y normal; no será el cauce clásico, por supuesto (eso tú ya lo ves, aunque otros muchos se empecinen en lo imposible y en lo estúpido), pero puede ser un río amable, tranquilo y soleado por el que todos podamos navegar plácida y agradablemente. Y, por supuesto, saludarnos con el sombrero cuando nuestras barquitas se crucen.
No dejes que caiga tu guitarra, Miguel. Al contrario. Tómala y ven a que te enseñemos nuestra canción. Estamos seguros de que te gustará y de que la cantarás con nosotros.
Fuerte y claro, como tú sabes.
Por: Javier Cuchí | Correo ordinario | Comentarios (2) | Referencias (0)
Juer, me has leído la mente, iba a poner un mensaje con un fondo muy similar al tuyo en mi bitácora (porque la forma estoy a años luz de alcanzarla), ahora creo que "chapurrearé" dos o tres palabras y enlazaré el tuyo.
enhiro | 31-03-2005
El Torres | 31-03-2005