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El Incordio

¿Quién soy yo?




Me llamo Javier Cuchí y soy miembro de la Asociación de Internautas y de Hispalinux.

El conocimiento corre hoy serio peligro como derecho universal que existe desde el alba de la Humanidad. Me preocupan, y mucho, las crecientes maniobras de varios sectores financieros (bajo denominaciones sugerente y falsariamente industriales o artísticas) y de sus factótums políticos, que no pretenden otra cosa que la apropiación ilegítima y fraudulenta de ese conocimiento para convertirlo en un valor puramente especulativo, restringido y escaso, fuente de aún mayores desigualdades y exclusiones de personas, sociedades y pueblos, y causa de pobreza y de subdesarrollo

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Lunes, 31 de enero de 2005

El cambio de un modelo

De la serie: «En profundidad»

Mucha gente, gente razonable, reflexiva, compuesta por ciudadanos probos y trabajadores (no los habituales sinvergüenzas de todos bien conocidos), nos pregunta si no estaremos yendo demasiado lejos con este tema de la gratuidad y de la barra libre en materia de música, de literatura, de arte, en general, o de programario. En el mismísimo Barrapunto aparecen con cierta habitualidad programadores e ingenieros informáticos que se preguntan, en el contexto del software libre, cómo van a vivir si tienen que regalar su trabajo; y no es raro que ante un artículo sobre software libre aparecido en cualquier periódico se publiquen días después varias cartas al director expresando similares temores y reservas.

Bien, es comprensible que alguien que se gana honradamente la vida mediante un determinado modelo retributivo, se ponga nervioso cuando ve que algo ataca por la base esa manera de generar ingresos. Yo imagino que muchos médicos se echaron a temblar cuando, en su momento, se habló de asistencia sanitaria gratuita, por ejemplo. ¿Cómo iban a ganarse la vida si la asistencia médica resultaba gratuita? ¿Cómo se las arreglarían los médicos que no ingresaran en la maquinaria estatal de la asistencia médica pública, teniendo tamaña competencia gratuita? La respuesta, hoy, ya la conocemos. Estas inquietudes reponden a que, muchas veces, con la adquisición de una profesión se adquiere también, como si fuese indeleble, una determinada forma de retribución. Y cuesta asumir que hay modelos alternativos que frecuentemente acaban resultando mejores que los primitivos. El ser humano es conservador por naturaleza, y ese conservadurismo adquiere un plus de lógica cuando se trata de la economía familiar.

Pero ese temor -ese pánico, a veces- se convierte en un árbol tan enorme que no deja ver el bosque, y si miramos el bosque vemos que el panorama podría ser incluso hermoso.

Empecemos por la gratuidad. Se habla de la gratuidad como si fuera, simplemente, una apropiación golfa y por via de hecho de algo ajeno. Esto es un error. La gratuidad, para empezar, no es un objetivo primario; realmente, ni siquiera secundario. La gratuidad puede ser una característica inherente a ciertas formas de libre acceso al conocimiento. En otras ocasiones, no será una característica tan esencial e incluso puede no existir como tal característica, pues bien puede suceder que, alguna vez, la libertad de acceso al conocimiento consista más -o únicamente- en la imposibilidad de que exista un control político, económico o de otra naturaleza que prive del acceso a una parte del conocimiento a un grupo social, étnico, religioso, civil, etcétera, que en la gratuidad estricta (siempre es posible que haya que pagar un soporte físico, una línea de distribución, o que debido a alguna rara e infrecuente causa que lo justifique, haya que pagar por el conocimiento mismo; los propios partidarios del software libre admitimos que el software de licencia propietaria es un modelo al que en ocasiones muy excepcionales cabe acudir). La gratuidad, pues no es la característica esencial del libre conocimiento ni lo define por sí sola. Otra cosa es que en algunos casos pueda ser así por la propia naturaleza del objeto cultural (la música grabada o la literatura editada), pero, insisto, ni siquiera en estos casos la gratuidad es el elemento que define la cualidad de libre acceso al bien, que puede sufrir, y de hecho sufre en los casos citados, descatalogaciones y otras formas de verse fuera del mercado. Para mucha gente, las redes P2P no significan una ocasión de bajarse música gratis sino una oportunidad de encontrar música ya descatalogada que sólo puede adquirirse (cuando puede adquirirse) mediante la adquisición de su soporte, ya pieza de coleccionista, a un precio absolutamente desproporcionado e insufrible cuando se quiere, simplemente, poder disfrutar de la obra y no adornar la vitrina y el patrimonio con una valiosísima pieza de colección.

A este respecto, propongo un simple ejercicio: intente el lector bajarse un libro de Tintín digitalizado con cierta calidad mediante Kazaa, e-Donkey, o cualquier otro. Seguramente lo encontrará a una hora u otra, o un día u otro, pero encontrará pocos archivos y si de alguna forma el programa de P2P incorpora un contador de descargas verá que a ese archivo se ha accedido más bien poco. Pero descárguese el lector ese archivo y verá seguramente que tiene una peculiaridad que lo hace especial. Por ejemplo, si se trata de «Tintín en el país del oro negro»; el lector observador se habrá dado cuenta de que mientras que en los ejemplares que pueden comprarse hoy en cualquier librería Tintín es detenido por la policía local de un país árabe y liberado por terroristas árabes que lo confunden con uno de los suyos, en el archivo que hallará en el programa de P2P Tintín es detenido por las fuerzas británicas de ocupación de Palestina, que lo desembarcan detenido en el puerto de Haifa y en un traslado es liberado por terroristas judíos (el «Irgoun») que lo confunden con uno de los suyos.

Nuestro querido y difunto Hergé era un hombre débil a las presiones y respondió a las exigencias sionistas cambiando el guión y los dibujos de las primeras ediciones; se dijo que su debilidad quizá le llevó a ser demasiado sensible a las peticiones de los alemanes que ocupaban Bélgica, su país. Esto es interesante para curiosos, estudiosos y demás; pero encontrar una edición de Tintín con «Irgoun» sólo es posible en alguna biblioteca o en tiendas especializadas con una Visa bien cebada en las manos. Y quizá ni aún así.

Hay mucha, muchísima gente buscando por la red ese tipo de materiales no para enriquecer su bolsillo sino su cultura, y, en muchos casos, la cultura de otros; no buscando gratuidad alguna sino valor de conocimiento que le ha sido hurtado por los tiburones de siempre, porque ya no es rentable para ellos (pero si se enteran de que un ciudadano se lo descarga de Internet, pondrán el grito en el cielo y clamarán «¡piratería!»). ¡¡Fariseos!! ¡¡Sinvergüenzas!!

En otro orden de cosas, que una obra artística, literaria, musical, técnica o audiovisual se divulgue gratuitamente no significa que su autor no sea retribuido ni significa que la divulgación no constituya un ámbito de negocio integrable en un proyecto de empresa. No me parece que IBM, Hewlett Packard y ya muchas otras empresas enormes sean lo que llamaríamos hermanitas de la caridad y sin embargo está implementando muchos de sus proyectos con software libre. ¿Es que no cobran por su trabajo los programadores o los ingenieros de esas empresas?

Parecería, por otro ejemplo, que esto de ver películas gratis sólo está al alcance de abominables piratas que descargan cine de Internet, pero me parece a mí que, en España, la televisión ya lleva casi cincuenta años ofreciendo cine gratis al espectador. ¿No cobran, acaso, los autores de las películas que se proyectan por una cadena de televisión? Y en cuanto al modelo de negocio, en Antena 3 TV y en Tele 5 nos podrían explicar que se puede ganar dinero (¡y mucho!) ofreciendo contenidos gratis.

El modelo de retribución por propiedad intelectual es un modelo que -además de ya fracasado y caduco- es excepcional; muy pocas profesiones lo tienen. Hay arquitectos muy ricos, y la mayoría de los demás vive en condiciones económicas más que dignas y todos ellos nos ofrecen buena parte de su arte gratis dejando a nuestra vista magníficas fachadas, maravillosos edificios, que podemos fotografiar libremente y podemos publicar no menos libremente esas fotografías sin que arquitecto alguno pretenda cobrar por su propiedad intelectual. Al contrario: si nuestro trabajo está bien hecho, el arquitecto se enorgullecerá del realce que damos a su obra, además de por legítimo orgullo personal y profesional, por un cierto interés material: si su obra adquiere mayor prestigio, en el futuro recibirá más encargos y ganará más dinero. La arquitectura, por su propia esencia, es punta de lanza del conocimiento libre. Y, en cuanto al modelo de negocio, que nos hablen de lo mal que les va a las inmobiliarias regalando fachadas...

Ninguna profesión deja en herencia el producto del trabajo, la obra realizada. Se heredan los beneficios económicos obtenidos con el trabajo, los ahorros, para entendernos, pero no se hereda propiedad intelectual alguna. Un señor fabrica una silla, la vende por 50 euros y ahorra estos 50 euros que, con sus intereses y tal, llegan al hijo, fallecido el padre, convertidos en 80 euros. ¿Y la silla? En la silla se sientan los hijos del comprador y no tienen por qué pagar nada a los hijos del fabricante. El porqué los biznietos de un señor que canta tienen más derechos sobre ese trabajo que mis biznietos con el mío es un misterio.

En fin, modelos los hay de sobra, vigentes, patentes y comprobados. Y aún está por ver lo que se llegará a inventar. Nadie debe tener miedo de no poder vivir de su trabajo (siempre que lo haga bien, claro), ni artistas ni ingenieros informáticos; al contrario, yo me aventuro a pronosticar que, a medida que vayan cambiando y racionalizándose los modelos retributivos, habrá más trabajo y habrá una prosperidad mucho mayor. Sobre todo en colectivos como los autores musicales y audiovisuales, a la inmensa mayoría de los cuales -fuera del paraíso de las beautiful de las entidades de gestión- no les va nada bien con este fastuoso modelo propietario y soportan unas estrecheces que deberían avergonzar a quienes tanto se llenan la boca con sus presuntos y muy elípticos... salarios.

Por: Javier Cuchí | Correo ordinario | Comentarios (3) | Referencias (0)

Comentarios

Como siempre muy inspirado. Permiteme añadir, que la reducción de los precios en el software, traerá mas negocio, ya que pondremos software hasta en la sopa. Y en este mercado mayor habrá mas empleo, (mas competencia) y mayor calidad.

Vamos, lo mismo que sucede en la mayoría de los casos cuando se liberaliza un monopolio

Alberto Abella | 01-02-2005

En el mismísimo Barrapunto aparecen con cierta habitualidad programadores e ingenieros informáticos que se preguntan, en el contexto del software libre, cómo van a vivir si tienen que regalar su trabajo

En el sentido que apuntas, nunca estará de más leer una vez más el artículo de Ricardo Galli:

¿De qué viviremos los informáticos?, y tú ¿por qué no enseñas gratis?


Ismael Fanlo | 01-02-2005

Me parece que está my bien traído el ejemplo de los arquitectos.

Es necesario racionalizar, como se hace en este artículo, un movimiento más bien visceral (lo digo por experiencia) como el del software libre.

Luis Claudio Pérez Tato | 10-02-2005

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