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El Incordio

¿Quién soy yo?




Me llamo Javier Cuchí y soy miembro de la Asociación de Internautas y de Hispalinux.

El conocimiento corre hoy serio peligro como derecho universal que existe desde el alba de la Humanidad. Me preocupan, y mucho, las crecientes maniobras de varios sectores financieros (bajo denominaciones sugerente y falsariamente industriales o artísticas) y de sus factótums políticos, que no pretenden otra cosa que la apropiación ilegítima y fraudulenta de ese conocimiento para convertirlo en un valor puramente especulativo, restringido y escaso, fuente de aún mayores desigualdades y exclusiones de personas, sociedades y pueblos, y causa de pobreza y de subdesarrollo

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¿Qué es «El Incordio»?


Un grito de alerta, un silbato que clama «¡Al ladrón!», una voz de protesta, un «no convencéis y está por ver si vencéis»

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Lunes, 24 de enero de 2005

Los falsos amigos

De la serie: «El profundidad»

La verdad es que, cualquiera que sea el centro de interés principal para cada ciudadano, yo envidio mucho a los que, sin ser militantes ni fanáticos de un partido en concreto, pueden llegar a decidir a quién votar en un momento determinado. Yo soy incapaz. Voté en 1977 y me sentí estafado; no volví a votar jamás hasta que en el 2004 tuve muy claro que expulsar al aznarismo (ya que no a Aznar, que se fue él solo) era una simple cuestión de higiene colectiva, por lo tanto recuperé, aunque de forma tan excepcional como las circunstancias mismas, mi ejercicio del voto.

Ya veo que, al parecer, el jabón está caro. Sí, porque nos quitamos de encima un modo chulesco y brutal de hacer política -y sigo aún pensando que era necesario hacerlo-, pero nos hemos echado a la espalda otro marrón que no es manco. Por muchas razones, pero en esta bitácora sólo nos va a interesar el ámbito para la cual ha sido creada, el del conocimiento.

La historia del socialismo ha estado plagada desde muy antiguo de expresiones tales como «cultura popular», «acceso universal e igual a los bienes culturales», etcétera. El acceso de todas las capas sociales a la cultura, ha sido siempre una aspiración de la izquierda, quizá porque en sus orígenes obreros había sed de ella y sólo era asequible a las clases acomodadas; o quizá porque los teóricos del socialismo vieron en la universalización de la cultura el cimiento imprescindible para el desarrollo humano, para su revolución o para ambas cosas. Todavía hoy, los militantes de izquierda dan un valor preponderante a la cultura dentro de sus aspiraciones políticas. Me refiero, claro está, al militante de base, al humilde trabajador voluntario de la política, al ciudadano de buena fe, no al pisacharcos del aparato del partido.

¿Cómo se explica, pues, la rendición incondicional del PSOE ante los dictados de don Teddy y sus muchachos, de la abominable $GAE y, a través de ellos, ante las órdenes incntestables de un sector industrial multinacional y poderosísimo? Bueno, tal como está y cómo es el PSOE del fin del siglo XX y comienzos del XXI, diría que por eso mismo, porque el sector es multinacional y poderosísimo y el PSOE se ha caracterizado en los últimos 30 años por ser especialmente amable con ese tipo de sectores. Pero creo que hay explicaciones mucho más próximas.

Cuando el PSOE llega al poder por primera vez después de Franco, a finales de 1982, es evidente que se propone un cambio en los usos culturales de los españoles, todavía impregnados por los modelos del régimen anterior. Para ello, cuenta no sólo con el poder central que le confiere una amplia mayoría absoluta sino con una no menos amplia implantación municipal, especialmente importante porque las administraciones locales son las esencialmente competentes para la subvención directa en algunos ámbitos; así, mientras el gobierno socialista dispone de la televisión y de las subvenciones a la industria cinematográfica, los ayuntamientos tienen en sus manos la música, no tanto por la capacidad de subvención propiamente dicha, que también, sino por su capacidad de contratación. Quien no ve la maniobra es porque no quiere: desde ese momento, se disparan las contrataciones de ejecutantes y de autores afectos y el destierro mediático y presupuestario de los contrarios y aún de los indiferentes. Sólo así se explica que un petardo como Ramoncín triunfe, aunque su triunfo se base simplemente en actuaciones en directo contratadas por organismos públicos y empresas de la cuerda (por supuesto, generosamente subvencionadas) y en reproducciones incesantes en medios radiofónicos que ídem de ídem. Las ventas de discos del tal Ramón nunca han dejado boquiabierto a nadie. Naturalmente, y sólo para que esto no parezca Cuba, se establecen unas poquísimas y muy controladas excepciones: algún que otro grupo como Hombres G, liderado por el hijo de Summers, cineasta de filmografía electroencefalográficamente plana y próximo a la ultraderecha, unos muy poquitos como Julio Iglesias (franquista confeso, pero fuera del alcance de las zarpas socialistas por su éxito rotundo en todo el mundo) y, por supuesto, la colección habitual de folklóricas con las que parece existir una especie de pacto -explícito o implícito, esto ya no lo sé- de no agresión: ellas se proclaman reiteradamente apolíticas y el PSOE se ahorra una persecución que podría costarle muy cara en votos de gente sencilla.

Todo esto genera un juego de créditos y deudas muy interesante. Por una parte, el PSOE saca de la miseria a unos cuantos pelagatos que, de otra forma, jamás se hubieran comido un rosco, como lo prueba el hecho de que, terminado el proteccionismo (con y sin PSOE), se terminaron sus andanzas por el panorama público pero, al mismo tiempo el propio partido socialista se convierte en deudor de sus deudores, ya que ese mismo colectivo que antes del PSOE estaba listo para el descabello artístico se convierte en un pilar importantísimo del socialismo y en su vector de propaganda más incisivo (precisamente por mejor disimulado). A donde no llegaban los cien años de honradez llegaba el abuelito de don Víctor, de una forma mucho más subliminal y más efectiva.

El partido popular, poco amigo de las subvenciones en materia cultural, no quiso, o no supo, jugar a lo mismo que el socialismo reinante anteriormente y, por tanto, no alimentó una generación de artistas que contrapesara a la intelectualidad presuntamente izquierdosa. La mitad de ésta se hubiera cambiado de camisa con tan sólo oir el tintineo del saco de las monedas, pero no hubo tintineo y por eso el PP tuvo que tragarse el no a la guerra que le endilgaron a saco en los premios Goya. «No a la guerra» sobre el que habrá que decir, en el caso de los listillos en cuestión, que fue posterior a las manifestaciones millonarias a las que acudimos los ciudadanos precisamente porque no las habían convocado ni los políticos ni sus cipayos intelectuales. La taquilla es sagrada (supongo que, sobre todo, porque es paupérrima) y no conviene cabrear al parroquiano por un quítame de allá esta pegatina... hasta que sepamos que la pegatina es del gusto del parroquiano.

La mayoría de los triunfadores de los ochenta, desalojado el PSOE del poder, terminada la sinecura y, por tanto, mucho menos triunfadores, se refugiaron donde pudieron. Unos cuantos de los más caracterizados fueron a dar y hacerse con el poder de la $GAE, fracasados la mayoría de ellos, con la sola excepción -lo que es, es- de don Víctor y señora, y otros tantos, algo menos afortunados, cedieron su imagen en la feroz cruzada antipiratería por un plato de lentejas.

Mediada la primera década del tercer milenio, ya tenemos a los socialistas de nuevo en el poder, en un éxito que sorprendió a la propia empresa. Bien, cada cual hará su análisis: el mío es que la mayoría de los españoles no deseaba tanto el socialismo como odiaba el aznarismo y esta y no otra es la clave de que Zapatero esté donde está. El gobierno se considera ahora deudor de don Teddy y de lo que representa. Grave error: no lo es en absoluto. El hartazgo contra el gobierno de Aznar lo establecimos millones de ciudadanos en la calle, no cuatro rascatripas acampados en los antros de una intelectualidad falsa, cutre y salchichera. Es malo valorar mal al enemigo, pero son peores aún los falsos amigos.

Si Rajoy logra quitarse de encima la sombra siniestra de su antecesor en el partido, Zapatero va a necesitar amigos de verdad.

Y si las cosas siguen por el camino que lleva, en la red no los va a encontrar.

PD - Por una vez, discrepo del sentimiento corporativo de la Asociación de Internautas: yo no quiero que dimita la actual ministra de Cultura. Igual en su lugar nos ponen a Carme Chacón

Por: Javier Cuchí | Correo ordinario | Comentarios (2) | Referencias (0)

Comentarios

Gracias por ofrecer un rincón donde llorar.

qgil | 25-01-2005

La verdad sólo tiene una cara, por mucho que la maquillen.Estupenda exposición de la Verdad.

Un saludo.

Rita B | 07-02-2005

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